Suzanne Césaire: “Esta tierra, la nuestra, solo puede ser lo que nosotros queramos que sea”

julio 16, 2026
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Agradecemos enormemente a Gabriel González Castro y a la Colección Amerindia de la Editorial USACH por compartir los textos “El malestar de una civilización” y “1943: el surrealismo y nosotros”, que son parte del libro El gran camuflaje: escrituras de disidencia (1941-1945), de Suzanne Césaire, quien fue escritora, ensayista, profesora y activista feminista de Martinica. Una de las intelectuales más prolíficas del movimiento de la Négritude.

Su influencia y su prosa vibrante son parte de los derroteros que el movimiento anticolonial ha continuado. En sus textos se alberga una esperanza que se materializa a través de la praxis: “Qué lástima por los que nos creen soñadores. La más conmovedora realidad es nuestra. Vamos a actuar. Esta tierra, la nuestra, solo puede ser lo que nosotros queramos que sea”.

Sus planteamientos son de una actualidad que pone de manifiesto las urgencias tan vitales de la autodeterminación de los pueblos, las luchas antifascistas, la necesidad de develar las vestiduras coloniales. En términos de Suzanne Césaire se trata de: la libertad. 

Pero agrega que no es cualquier libertad, sino una que “debe hacerse carne y para ello debe reflejarse y recrearse, incesantemente, en el verbo”.

El gran camuflaje: escrituras de disidencia (1941-1945), de Suzanne Césaire (Editorial USACH, Colección Amerindia, 2026).

Compartimos a continuación ambos textos.

El malestar de una civilización

Si vemos que aparece en nuestras leyendas y cuentos un ser sufriente, sensible y a veces burlón que es nuestro yo colectivo, buscamos en vano en la ordinaria producción literaria martiniqueña la expresión de este yo.

¿Por qué en el pasado hemos estado tan poco preocupados de expresar nuestra inquietud ancestral de manera directa?

La urgencia de este problema cultural solo se les escapa a quienes están determinados a taparse los ojos para no ser perturbados de su artificial quietud a cualquier precio, incluso a costa de la idiotez y de la muerte.

En lo que a nosotros respecta, sentimos que nuestra agitada época hará estallar aquí un fruto maduro, irresistiblemente llamado por el ardor solar a esparcir al viento sus fuerzas creativas; sentimos sobre esta tierra tranquila y soleada, la temible e ineluctable presión del destino que ensangrienta al mundo entero para darle, mañana, su nuevo rostro.

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Cuestionemos la vida de esta isla que es nuestra.

¿Qué vemos?

En primer lugar, la posición geográfica de esta parcela de tierra: tropical. Aquí están los Trópicos.

Aquí, donde hubo una adaptación de una población africana. Los negros importados tuvieron que luchar contra la intensa mortalidad desde los inicios de la esclavitud, contra las condiciones de trabajo más duras que había, contra la desnutrición crónica —realidad todavía existente—. Sin embargo, no se puede negar que sobre el suelo martiniqueño la raza de color produce hombres fuertes, resistentes, dóciles, y mujeres de una elegancia natural y de gran belleza.

Pero entonces, ¿no resulta sorprendente que este pueblo, este pueblo de auténticos martiniqueños, que a lo largo de los siglos se ha adaptado a este suelo, apenas esté comenzando a producir obras de arte auténticas? ¿Cómo es posible que, a lo largo de los siglos, no hayan sido reveladas supervivencias viables de estilos originales -por ejemplo, los que han florecido tan magníficamente sobre el suelo africano-? ¿Esculturas, telas ornamentadas, pinturas, poesía? Dejemos a los imbéciles que culpen a la raza y al supuesto instinto de pereza, robo y malicia.

Portada de la revista “Dialogue”, n.º 10-11-12 (abril-mayo-junio de 1957), con un dibujo de la artista de Martinica, Marie-Thérèse Julien Lung-Fou que representa su escultura *Tam-Tam* (c. 1936); © familia Lung-Fou.

Nosotros hablemos seriamente:

Si esta carencia de negros no se explica por el rigor del clima tropical, al cual estamos adaptados, ni menos aún por no sé cuál inferioridad, creemos nosotros que se explica así:

1º) Por las condiciones atroces de la brutal trasplantación sobre un suelo extranjero. Hemos olvidado demasiado rápido a los negreros y los sufrimientos de nuestros padres esclavos. Aquí el olvido es igual a cobardía.

2º) Por una sumisión indispensable, so pena del látigo y de la muerte, a un sistema de “civilización” y a un “estilo” incluso más extraño que la tierra tropical para los recién llegados.

3º) Finalmente, luego de la liberación del pueblo de color, por un error colectivo sobre nuestra verdadera naturaleza, un error nacido de esta idea arraigada en lo más profundo de la conciencia popular producto de siglos de sufrimiento: “Dado que la superioridad de los colonizadores les proviene de un cierto estilo de vida, nosotros solo conquistaremos la fuerza dominando, por nuestra parte, la técnica de ese ‘estilo’”.

Detengámonos a medir el alcance de este gigantesco error.

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¿Qué es el martiniqueño fundamental, íntima e inalterablemente? ¿Y cómo vive? Al responder estas preguntas, veremos aflorar una sorprendente contradicción entre su ser profundo —con sus deseos, sus impulsos, sus fuerzas inconscientes— y la vida vivida con sus necesidades, sus urgencias y su peso. Un fenómeno de importancia decisiva para el porvenir de este país.

¿Qué es el martiniqueño?

—El hombre-planta.

Tal como una planta, se abandona al ritmo de la vida universal. No hace esfuerzo por dominar la naturaleza. Un mediocre agricultor. Quizás. No me refiero a que haga crecer la planta; me refiero a que él crece y que él vive como una planta. ¿Su indolencia? Es la del vegetal. No digas “es perezoso”, di “vegeta”, y tendrás doblemente la razón. Su frase favorita: “Déjate llevar”. Entiendan que se deja llevar por la vida, dócil y ligero, sin respaldo, sin rebeldía —amistosamente, amorosamente—. Además, es tenaz como solo la planta saber serlo. Es independiente (de la independencia y autonomía de la planta). Se abandona a sí mismo, a las estaciones del año, a la luna, al día más o menos largo. A la cosecha. Y siempre y en todo lugar, en las más mínimas representaciones: la primacía de la planta, la planta pisada pero todavía viva; muerta, pero renaciente; la planta libre, silenciosa y altiva.

Abran los ojos… un niño está por nacer. ¿A qué dios encomendarlo? Al dios Árbol. El cocotero o el plátano, entre cuyas raíces se entierra la placenta.

Abran los orejas. Uno de los cuentos populares del folklore martiniqueño cuenta que la hierba que crece sobre la tumba es el cabello vivo de una muerta que protesta contra la muerte. Siempre es el mismo símbolo: la planta. El sentimiento vivo de una comunidad vida-muerte. En resumen, el sentimiento etíope de la vida.

El artista cubano Wifredo Lam, llegará a Martinica en 1941. Su paso será muy influyente en su concepción del arte y se verá reflejado en obras como: La jungla, 1942–1943, realizada con óleo y carboncillo sobre papel.

En consecuencia, el martiniqueño es típicamente etíope. En las profundidades de su conciencia, él es el hombre-planta, e identificándose con la planta, su deseo es entregarse al ritmo de la vida.

¿Es esta actitud suficiente para explicar su fracaso en el mundo? 

No. El martiniqueño ha fracasado porque, desconociendo su profunda naturaleza, intenta vivir una vida que no le es propia. Un gigantesco fenómeno de mentira colectiva, de “pseudomorfosis»1. Y el actual estado de la civilización en las Antillas nos revela las consecuencias de este error.

Represión, sufrimientos, esterilidad.

¿Cómo y por qué, en este pueblo que ayer era esclavo, ocurre este error fatal? Por el más natural de los procesos, por el juego del instinto de conservación.

Recordemos que lo que prohibió el régimen de la esclavitud fue, en primer lugar, la asimilación del negro al blanco. Algunas ordenanzas: la del 30 de abril de 1764 que prohibía a los negros y gentes de color el ejercicio de la medicina; la del 9 de mayo de 1765 que les prohíbe el oficio de asistente notarial; y la famosa ordenanza del 9 de febrero de 1779 que formalmente prohíbe a los negros usar ropa idéntica a la de los blancos y exige respeto y sumisión hacia “todos los bancos en general”, etc., etc.

Mencionemos también la ordenanza del 3 de enero de 1788 que obligaba a los hombres de color libres “a obtener permisos para trabajar en otros lugares que no fueran los campos de cultivo”. Se podrá entender que, a partir de esto, el objetivo esencial para el hombre de color se ha convertido en la asimilación. Y que, con una fuerza temible, opere en su mente la desastrosa confusión que establece que liberación es igual a asimilación.

El que al comienzo fuera un buen movimiento, el de 1848, donde la masa de negros liberados, en una brusca explosión del yo primitivo, renunció a cualquier trabajo regulado a pesar del peligro de hambruna. Pero los negros, domados por lo económico, no fueron más esclavos, sino asalariados, y se someterán de nuevo a la disciplina de la azada y del machete.

Y es en esta época que se establece de manera definitiva la represión del ancestral deseo de abandono.

Este es reemplazado, sobre todo en la clase media de color, por el extraño deseo de lucha.

De ahí el drama, sensible para los que analizan en profundidad el yo colectivo del pueblo martiniqueño: su inconsciente continúa siendo habitado por el deseo etíope de la renuncia de sí mismo. Pero su conciencia, o más bien su preconciencia, acepta el deseo camítico de lucha. Una carrera a la fortuna. A los diplomas. Al arribismo. Una lucha reducida a la medida de la burguesía. Una carrera a las singeries2. Una feria de vanidades.

Lo más grave es que el deseo de imitación, otrora vagamente consciente —ya que era una reacción de defensa contra una sociedad opresiva— ahora pasó al terreno de las temibles fuerzas secretas del inconsciente.

Ni un martiniqueño evolucionado va a querer reconocer que no hace más que imitar, pues su situación actual le parece tan natural, espontánea, nacida de sus más legítimas aspiraciones. Y, en todo caso, está siendo sincero, pues no SABE realmente que imita. Ignora su verdadera naturaleza, que no por eso deja de existir.

Del mismo modo, el histérico ignora que no hace más que imitar una enfermedad; pero el médico, que lo sabe, lo trata y lo libera de sus síntomas mórbidos.

Del mismo modo, el análisis nos muestra que el esfuerzo de adaptación a un estilo ajeno que se le exige al martiniqueño no es posible sin crear un estado de seudocivilización que se puede calificar de anormal, de terático3.

El problema actual es determinar si la actitud etíope que hemos descubierto como aquello que está en la esencia misma del sentimiento de la vida del martiniqueño puede ser el punto de partida de un estilo cultural viable y, por ende, grandioso.

Resulta estimulante imaginar sobre estas tierras tropicales, finalmente devueltas a su verdad interna, el acuerdo duradero y fecundo entre el hombre y el suelo. Bajo el signo de la planta.

Estamos aquí llamados para por fin conocernos a nosotros mismos, y ante nosotros están ya los esplendores y las esperanzas. El surrealismo nos ha dado una parte de nuestras oportunidades. Depende de nosotros encontrar las otras. En su luz.

Que se me escuche bien:

No se trata en ningún caso de un retorno hacia atrás, ni de la resurrección de un pasado africano que hemos aprendido para conocer y respetarlo. Al contrario, se trata de una movilización de todas las fuerzas vivas involucradas sobre esta tierra donde la raza es el resultado de la más continua mezcla; se trata de tomar conciencia del increíble cúmulo de energías diversas que hemos encerrado, hasta ahora, en nosotros mismos. Debemos ahora emplearlas en su plenitud, sin desviación ni falsificación. Qué lástima por los que nos creen soñadores.

Retrato fotográfio de Suzanne Césaire – Fotografía de autor desconocido, sin fecha.

La más conmovedora realidad es nuestra.

Vamos a actuar.

Esta tierra, la nuestra, solo puede ser lo que nosotros queramos que sea.

Tropiques, nº 5, abril de 1942

1943: el surrealismo y nosotros

El río de culebras que llamo mis venas,
el río de almenas que llamo mi sangre
el río de azagayas que los hombres llaman mi rostro
el río de pie alrededor del mundo
golpeará la roca artesiana de un centenar de estrellas del monzón.

Libertad, mi único pirata, agua del año nuevo mi única sed
amor, mi único sampán
verteremos nuestros dedos de risa y de calabaza
entre los congelados dientes de la Bella Durmiente.

Aimé Césaire, “Batucada”

Muchos creyeron que el Surrealismo estaba muerto. Muchos lo escribieron. Qué puerilidad. Hoy día, la actividad del surrealismo se extiende al mundo entero y permanece más vivo y audaz que nunca. André Breton puede observar con orgullo el período de entreguerras y afirmar que el modo de expresión creado por él hace más de veinte años está abriendo un “más allá” cada vez más vasto e inmenso.

Si el mundo entero está golpeado por la influencia de la poesía francesa, en el momento en el cual se arremete sobre Francia el más terrible desastre de su historia, es en parte porque la gran voz de André Breton no ha sido silenciada, es porque en todos lados —Nueva York, Brasil, México, Argentina, Cuba, Canadá, Argel— resuenan voces que no serían lo que son (en timbre y resonancia) sin el surrealismo. En realidad, tanto hoy como hace veinte años atrás, el Surrealismo puede reclamar la gloria de estar en el punto extremo del tenso arco, a punto de romperse, de la vida.

Entonces está presente el Surrealismo. Joven, ardiente, revolucionario. Ciertamente, en 1943, el surrealismo sigue siendo lo que siempre ha sido, una actividad que tiene por objeto explorar y expresar sistemáticamente las zonas prohibidas de la mente humana para neutralizarlas. Una actividad que busca desesperadamente darles a los hombres los medios para reducir las viejas antinomias que son “los verdaderos alambiques del sufrimiento”; una fuerza, la única, que nos permite recuperar “esa facultad única, original, de la cual el primitivo y el niño guardan rastro, que levanta la maldición de una barrera infranqueable entre el mundo interior y el mundo exterior”. Pero, como signo mismo de su vitalidad, el Surrealismo ha evolucionado. Una evolución, o mejor, un florecimiento. Cuando Breton creó el surrealismo, la tarea más urgente era liberar el espíritu de los grilletes de la absurda lógica y de la supuesta razón.

Pero cuando en 1943 la libertad misma se encuentra amenazada en todo el mundo, el surrealismo, que no ha cesado ni un solo instante de estar al servicio de la más grande emancipación del hombre, aspira a ser sintetizado en esta sola palabra mágica: libertad.

La causa surrealista, tanto en el arte como en la vida, es la causa misma de la libertad. Hoy más que nunca, reclamar abstractamente la libertad o celebrarla en términos convencionales, es hacerle un flaco favor. Para iluminar el mundo, la libertad debe hacerse carne y para ello debe reflejarse y recrearse, incesantemente, en el verbo.

Así habla Breton. La exigencia de la libertad. La necesidad de la total pureza: es este el lado Saint-Just de Breton, de ahí sus “no, gracias” duramente condenados por los amigos de la transigencia:

A esos que preguntan periódicamente por qué en el seno del movimiento surrealista se han producido tantas escisiones, por qué tan bruscas exclusiones han sido pronunciadas, creo poder responder con plena conciencia que ellos se han ido eliminando en el camino, esos que, de algún modo más o menos evidente, han deshonrado la libertad, siendo la libertad en el surrealismo venerada en su estado puro, es decir, preconizada en todas sus formas, y por supuesto había muchas formas de deshonrarla. En mi opinión, un ejemplo de haberla deshonrado ha sido volver, como algunos de los antiguos surrealistas, a las formas fijas poéticas, cuando se ha demostrado, en particular en la lengua francesa (y la influencia excepcional de la poesía francesa desde el Romanticismo autoriza a generalizar este punto de vista) que la calidad de la expresión lírica no se ha beneficiado de nada más que de la voluntad de liberarse de las reglas obsoletas. Rimbaud, Lautréamont, el Mallarmé del “Golpe de dados”, los más importantes simbolistas (Maeterlinck, Saint-Pol-Roux), el Apollinaire de los “poemas-conversaciones”. Y eso, en la misma época, también aplica como cierto para la pintura. En lugar de los nombres anteriores, bastaría inscribir los de Van Gogh, Seurat, Rousseau, Matisse, Picasso, Duchamp. También es mostrar que se ha deshonrado a la libertad, de una vez por todas, cuando se ha renunciado a expresarse personalmente y, por lo tanto, peligrosamente fuera, siempre, de los marcos estrictos a los cuales quiere constreñirle un “partido”, siendo este partido, a sus ojos, el de la libertad (pérdida del sentimiento de unicidad). Es incluso haberse colocado en el mismo caso que haber creído que uno sería siempre tan uno mismo que podría comprometerse impunemente con cualquiera (pérdida del sentimiento de la dependencia). La libertad es, al mismo tiempo, tan locamente deseable como frágil, lo que le da el derecho de ser celosa.

La intransigencia, pues, de la libertad, que es además la condición misma de su fecundidad. Y vemos a Breton, al término de sus observaciones más patéticas, no vacilar en comprometerse en las inmensas extensiones vírgenes que el surrealismo ha librado a la audacia humana. ¿Qué les pide Breton a las mentes más clarividentes de esta época? Nada menos que la valentía de embarcarse en una aventura sobre la cual aún no podemos saber si es que será mortal, pero de la que podemos esperar —y esto es lo esencial— la conquista total de la mente. “Una época como la que vivimos puede soportar, si tiene por finalidad desafiar todas las formas convencionales de pensar, cuya carencia es demasiado evidente, todas las salidas para viajes al estilo de los de Bergerac o Gulliver, y que cualquier posibilidad de llegar a alguna parte, después de ciertos desvíos incluso en una tierra más razonable que la que estamos dejando, no está excluida del viaje al que hoy invito”. El surrealismo está vivo, intensa y magníficamente, y ha encontrado y perfeccionado un método de conocimiento de mucha eficacia. El dinamismo del surrealismo. Y es este sentido del movimiento el que lo ha mantenido siempre a la vanguardia, infinitamente sensible a las perturbaciones de esta época del “azote del equilibrio”:

Por mal que le pese a algunos impacientes sepultureros —escribe Breton—, yo pretendo saber más que ellos sobre lo que podría significarle al surrealismo su fin: sería el nacimiento de un movimiento más emancipador. Un movimiento así, por la fuerza tan dinámica que mis mejores amigos y yo seguimos poniendo por encima de todo, tendríamos el honor de unirnos a él inmediatamente.

Esta es la actividad surrealista, una actividad total: la única que puede liberar al hombre revelándole su inconsciente, la que ayudará a liberar a los pueblos iluminando los mitos ciegos que los han conducido hasta aquí.

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Y ahora, un retorno sobre nosotros mismos.

Sabemos dónde estamos, aquí en Martinica. Nuestra tarea humana nos la indicó la vertiginosa flecha de la historia: una sociedad maculada en sus orígenes por el crimen, sostenida en el presente por la injusticia y la hipocresía, entregada a la mala conciencia acobardada por su futuro, debe moral, histórica y necesariamente desaparecer. Y entre las poderosas máquinas de guerra que el mundo moderno pone a nuestra disposición, “liditas y cheditas”4, nuestra audacia ha elegido el surrealismo que actualmente ofrece las más seguras posibilidades de éxito.

Fotografía de una parte de la instalación de la artista martiniqueña Valérie John, titulada “SECRET(S)… RÊVES DE PAYS… FABRIQUE À MÉMOIRE(S)… PALIMPSESTE…, 1998-2025”.

Hasta aquí ya se ha conseguido un resultado. En ningún momento de estos duros años de la dominación de Vichy la imagen de la libertad fue empañada completamente aquí, y eso se lo debemos al surrealismo. Nos alegra haber mantenido esta imagen en los ojos mismos de quienes creían haberla borrado para siempre. Cegados por la ignorancia, no la vieron reír a través de nuestras páginas, insolente, agresiva. Luego, cuando lo entendieron, fueron cobardes, temerosos, se avergonzaron.

Así que lejos de contradecir, atenuar o derivar nuestro sentimiento revolucionario de la vida, el surrealismo lo apuntaló. Alimenta una fuerza impaciente dentro de nosotros, sosteniendo sin cesar el masivo ejército de negaciones.

Y pienso también en el mañana.

Millones de manos negras, a través de los rabiosos cielos de la guerra mundial, levantarán su espanto. Liberado de un largo adormecimiento, el más desheredado de todos los pueblos se levantará en llanuras de cenizas.

Nuestro surrealismo, entonces, le entregará el pan de sus profundidades. Se tratará de trascender por fin las sórdidas antinomias actuales: blancos-negros, europeos-africanos, civilizados-salvajes: encontrando por fin el poder mágico de los mahoulis5, extraído de las fuentes mismas de la vida. Purificando las idioteces coloniales en la llama azul de las soldaduras autógenas. Redescubriendo nuestro valor metálico, nuestro filo de acero, nuestras extraordinarias comuniones.

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El surrealismo, la cuerda floja de nuestra esperanza.

Tropiques, n° 8-9, octubre de 1943

  1. El término “pseudomorfosis”, del griego pseudos (falso) y morphé (forma), fue empleado por Oswald Spengler en La decadencia de Occidente (1918-1922) para designar el proceso mediante el cual una cultura adopta las formas externas de otra, perdiendo así su desarrollo propio (N. del E.). ↩︎
  2. La singerie es un género de la pintura popularizado en el Rococó, en el cual se representan figuras de monos realizando acciones humanas (yendo a la escuela, escribiendo, pintando, en fiestas, etc.). Pero también fueron así llamados popularmente algunos laboratorios parisinos que estudiaban distintos tipos de primates capturados en las empresas coloniales francesas (N. del T.). ↩︎
  3. El término terático (tératique) también es empleado por Aimé Césaire en el Cahier d’un retour au pays natal (1939): “el bulbo terático de la noche, germinado de nuestras bajezas y nuestras renuncias”. Proviene del griego téras (τέρας), que significa “monstruo”, y fue introducido en 1832 por el zoólogo Isidore Geoffroy Saint-Hilaire en su Historia general y particular de las anomalías en la organización de los hombres y los animales, subtitulada Tratado de teratología (N. del T.). ↩︎
  4. Tipos de explosivos de guerra (N. del T.) ↩︎
  5. La palabra del original, mahoulis (“la puissance magique des mahoulis”), la conservamos. Según Lylian Kesteelot en su Histoire de la littérature negro-africaine, este concepto hace referencia a un mágico “faiseur de pluie”, o sea, una persona que hace llover (N. del T.) ↩︎
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