Conversación con Valentina Lola Morales: Sellar con signos la materia

julio 23, 2026
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A través de un entramado de murales textiles de gran formato, instalaciones de soplado colectivo, poemas cerámicos y libros-objeto, la artista propone una reflexión en torno a las técnicas laboriosas, la resistencia al olvido y la densidad temporal del quehacer manual. La exposición estará disponible en Espacio218, ubicada en Compañía de Jesús 960, departamento 218, Santiago. El acceso es liberado hasta este sábado 25 de julio.

«Documentar lo vivido no es un ejercicio de absoluta fidelidad, sino un acto creativo y maleable donde el relato imaginado embellece y completa las carencias de la realidad actual».

Sylvia Molloy

La frase de Sylvia Molloy aparece como una puerta de entrada para comprender el trabajo de Valentina Lola Morales. Su obra no busca fijar el recuerdo con exactitud, sino volver sobre él, transformarlo y prolongarlo. En ese gesto, la memoria deja de ser un archivo para convertirse en una práctica sensorial, donde los objetos permiten volver a tocar aquello que inevitablemente se desvanece.

Durante la conversación, Valentina vuelve una y otra vez sobre una idea: la conciencia de que toda felicidad está atravesada por el tiempo. «Creo que las cosas felices y amadas se acaban. Todo es efímero; esa es la naturaleza de las cosas. Aunque uno no quiera, no puede impedir que cambien. Sin embargo, mediante el oficio artístico puedo prolongarlas todo lo que quiera. No detengo el tiempo, pero puedo habitarlo un poco más”, señala.

Esa posibilidad de habitar el tiempo aparece materializada en muchas de las piezas reunidas en Sellar con signos la materia. Los textos bordados hablan del amor y de cómo los afectos permanecen en el cuerpo incluso cuando aquello que los originó ya no existe. Mediante el bordado y la escritura, explica, aquello que ama vuelve a pasar físicamente por ella. «El acto repetitivo del bordado se transforma en una forma de recordar físicamente. Es una manera de saturar un instante de vida dentro de un objeto tangible, de extender el duelo, de permanecer junto a aquello que ya no está”, señala la artista.

La conversación deriva entonces hacia una palabra que atraviesa toda la muestra: el sigilo. Para Valentina, el sigilo funciona como un conjuro ligado a la escritura, un método donde una palabra deja de ser legible para transformarse en otra, se trata de volver irracional un concepto conocido, de permitir que el lenguaje se convierta en imagen.

Con el bordado ocurre algo similar. «La primera palabra ya es un dibujo y, al bordarla, inevitablemente aparece un reverso: una segunda versión de esa palabra, irreconocible, donde el hilo crea otro recorrido. Pienso que todos los textos bordados producen, casi sin querer, un sigilo. Esa otra cara contiene la posibilidad de traer al presente aquello que se escribe».

En ese punto resulta inevitable pensar sus obras como rituales. Ella misma reconoce que existe algo profundamente ritual en repetir un gesto miles de veces. Cada puntada, cada palabra y cada pliegue son una forma de insistencia. No porque el tiempo pueda detenerse, sino porque la repetición permite acompañarlo y permanecer junto a aquello que inevitablemente cambia.

Al recordar la muestra anterior, Cielo Encauzado, aparecen continuidades que revelan una misma búsqueda. Allí había cartas de tarot, oráculos, cartas del agua y objetos encontrados que funcionaban como plegarias. «Detrás de una de la sobras había una carta que encontré en la calle que era casi una oración: alguien le pedía al mundo que lo sorprendiera. Me interesaba intentar nombrar el mundo a partir de muy pocos elementos».

Hoy esa investigación continúa, aunque desplazada. Si antes el interés estaba puesto en inventar sistemas para leer el mundo, ahora emerge con mayor fuerza el deseo de conservar aquello que desaparece. Ambas muestras dialogan desde una misma sensibilidad: una nostalgia por el presente. No solo por aquello que ya pasó, sino también por aquello que todavía está ocurriendo y que sabemos que, inevitablemente, dejará de existir.

En esa búsqueda también aparece una idea de belleza cercana a lo sagrado. Más que ofrecer respuestas, las obras parecen abrir un espacio de contemplación donde el visitante puede detenerse y habitar otra temporalidad.

La poesía ocupa un lugar fundamental dentro de ese proceso. Valentina cuenta que lee y escribe constantemente y que, desde hace años, se pregunta cómo materializar la escritura, cómo hacer que exista incluso cuando ya no puede leerse literalmente. «Me interesa que el lenguaje funcione como una sensación antes que como una información. Que alguien pueda percibir que una obra dice algo sin necesidad de descifrar las palabras. La forma, el color, el soporte, el hilo y el dibujo terminan componiendo un único lenguaje».

Esta relación entre tiempo, memoria y repetición alcanza una de sus expresiones más intensas en Todas las veces. La obra está formada por mil miniaturas. Cada una representa una vez. Cada pieza es un globo de origami inflado con un soplo y luego sellado. Son mil respiraciones contenidas. Cada globo lleva un número y una pequeña intervención bordada, un nuevo sigilo. «Me interesa pensar que cada soplo corresponde a un instante vivido, todos esos momentos permanecen ahí, acumulados, las felicidades se parecen entre sí; también las tristezas. Ninguna ocurre exactamente igual, pero todas dejan una huella común. Cada número registra una posibilidad, una memoria y una respiración. La reiteración vuelve visible aquello que normalmente permanece oculto”.

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Exposición Sellar con signos la materia, de Valentina Lola Morales.

 Espacio218, Compañía de Jesús 960, departamento 218, Santiago.
Acceso liberado.

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