Un Teillier para nuestros tiempos:

julio 24, 2026
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sobre la poesía de Maximiliano Díaz

Un paneo en una habitación nos va mostrando las caras en verso y las posturas de estrofa de los participantes de un taller de poesía; la seriedad le gana a todo. El protagonista de la película Muertes y maravillas (2023) de Diego Soto llega al lugar pues ha escrito su primer poema. Luego de circular por su provincia tras la muerte de su amigo y encontrarse con el libro de Jorge Teillier que le da nombre a la película, busca comentarios a su escritura. Catherina Campillay, Analaura Núñez, Juan Manuel Silva Barandica y Maximiliano Díaz, como tallerista guía, le desmoronan los versos. Uno como espectador, a esa altura de los minutos de proyección, está comprometido con ese poema escrito bajo la sombra de un sauce. Pero los comenarios de los poemas que, tanto en la película como en la realidad, son de poetas publicados, descorazonan. Son inetendibles sus apreciaciones técnicas, proyectivas y parcas. No saben, no se dan cuenta de la honestidad total: este es un poema a un amigo muerto. Cuando le preguntan qué le gusta leer, él dice que sólo ha leído a Jorge Teillier. Maximiliano Díaz, quien invitó al cabro al taller, pues este le había escrito desde Machalí, logra ir más allá del planchado poético del taller, pero se le escapa «la maravilla» que el cabro ha presenciado, aunque se da cuenta de algo. 

Desde ahí, de aquel darse cuenta, aunque sea en una ficción de cine, leo a Maximiliano Díaz (Rancagua, 1994) como un sujeto —digamos, poeta— particular.  Dos versiones de un mismo poema, publicadas con un año de diferencia, ejemplifican lo anterior. «En las plantaciones de cobre» tiene su primera aparición en la antología Maraña. Panorama de poesía chilena joven (Alquimia, 2019). En ese libro se recogen tres poemas de Díaz, inéditos hasta ese momento, junto a «En las plantaciones…» figuran «Después de dormir» y «Los peces». Todos serán publicados un año después en el libro Quien amasa las olas (Overol, 2020).

En su versión 2019 así está sembrado el poema:

Se tiene que esperar algunos días antes de buscar

a los trabajadores abatidos por un derrumbe en una mina.

El terreno se vuelve

      inestable

y nadie quiere que se repita. 

                                            (p. 11)

                                      

En su versión 2020, la definitiva, los cambios son evidentes:

Se tiene que esperar algunas días

antes de buscar a los trabajadores

                                      abatidos por el derrumbe

                                                            de una mina.

El terreno se vuelve        inestable

y nadie quiere que se repita.

                                             (p.15)

        

                                     

En este dúo de inicios, las dos veces que el poema es publicado mantiene el orden de las palabras, cambiando solo un artículo. En 2019 «en una mina» y en 2020 «de una mina». Diferencia mínima, pero posible de leer con la minucia de la lírica, como sustancial. Lo que diferencia un «en» de un «de» es la generalización de la primera y lo definitivo que suena la segunda. De todas maneras, es una cosa de percepción. El cambio más evidente, más allá de una sola palabra, es la distribución de los versos. Pareciera que Díaz entendió mejor la sonoridad de su propia escritura cuando descubre los cortes abruptos que favorecen al oralidad. También está el hallazgo de los espacios en blanco que, para un tema tan lúgrube como es la situación de encierro de unos mineros tras el derrumbe «de una mina», convierten el poema en un laberinto inestable. En cualquier momento, sentimos cuando leemos, el poema se nos cae encima. 

El final de las dos versiones remarca el descubrimiento de las habilidades de Díaz.

En 2019 el poema se alarga:

Lo mejor será ignorar mis consejos

Si ni siquiera me acerco a ellos

ya maquillados a través del vidrio pulido

en cajones de madera.

(p. 12) 

Para 2020, se logra un remate más conciso que evita la imagen final y corta antes:

Aunque sería mejor

                                           ignorar mis consejos.

(p. 16)

La escritura de Díaz, desde allí, solo evoluciona en el entendimiento cristalino de sus materiales, silencios y espacios. En el resto de las páginas de Quien amasa las olas, reseñadas de manera precisa por el editor Nicolás Meneses, pueden resumirse en que «[las imágenes] Son tan nítidas y tan fugaces. Desaparecen de pronto, pero no es que no existan: siguen ahí, solo creemos que las dejamos atrás». Desde allí me afirmo, semilla del argumento, para afirmar que la escritura de Maximiliano Díaz, sin planificar del todo, es una continuación del proyecto de Jorge Teillier. 

En Bajo la bandera del ocio (Overol, 2023), su segundo libro, Díaz rehuye del conjunto de poemas para publicar solo uno, extenso, el que recorre todas las páginas sin interrupción, pero sí, con espacios para tomar aire. Nos devela Diaz en esta publicación su conexión con la película de Diego Soto, con ese mundo de relaciones de amistad masculina en provincia, de risotadas y lagrimones. Si en Muertes y maravillas hay una escena donde los amigos, volados como piojos, ven en la tele una presentación en vivo de Los Jaivas, lo que nos confirma la intimidad de sus relaciones; en Bajo la bandera del ocio es el rap y la vergüenza de tirar palabras en el patio del colegio lo que afianza la yunta de los cabros protagonistas. 

En el siguiente extracto de una sección se logra apreciar lo anterior:

Bryan daba el beat, se llevaba

las manos a la boca y —como

tu padre— soplaba un ritmo.

Intentaste rapear esa

vez: invierno abierto. Los búhos

escapaban del día     avenida

San Joaquín en dos mil ocho —¿o fue

nueve? —. Pero no pudiste. Se

te trabó la lengua. Las palabras

como el miedo, como la pena

querían salir de tu boca sin

permiso. Y no hallaron orden

ni momento. Te las guardaste en la garganta y

brazos cruzados de por medio

miraste. 

(p.19)

La escritora Emilia Machi le achunta medio a medio cuando describe el libro en su reseña para Librería imaginaria: 

«El poemario demuestra una continuidad infalible: la persona protagonista, ayer, calculaba en tiempo récord cómo distribuir las sílabas y pronunciarse en el beat preciso para ganar el respeto de los demás, mientras que hoy, decide contarte un relato en verso. Dos formas distintas, pero muy cercanas, de manipular las palabras».

El uso de la palabra por parte de Díaz está influida por esa experiencia formativa. Pudimos apreciar la evolución en su proceso, al editar un poema desde una antología hasta su libro propio; aquí, se hacen evidentes los elementos de estructura que el poeta afianza. Los cortes a los versos son abruptos y en una primera lectura superficial —confieso ese error—, pueden ser incomprensibles. Hay que entrar en el ritmo del libro para comprender las palabras truncadas, las emociones que se guardan y la amistad que se compromete con esas respiraciones. 

Aquí, si bien he intentado no ser personal, se infiltra a mi lectura la experiencia en su carácter cercano e incomprensible. Leo a Maximiliano como a un par de generación  —nacimos el mismo año y estamos incluidos en la misma antología— y desde allí sus mundos se me hacen muy reconocibles. La dinámica de amigos hombres, más encima de provincia, en Bajo la bandera del ocio, me cruzan tanto vital como poéticamente. Puedo llegar a afirmar, afírmate, que Maximiliano ha logrado hablar por un toda una franja de tiempo, logró encontrar en el conteo de sílabas y el corte de versos justo, la emoción de ser ese chico de provincia. En eso, también suma puntos, se pone los zapatos y el paletó de Jorge Teillier. 

Para su tercera publicación Díaz vuelve a los poemas en páginas solitarias. Un detalle editorial que se desprende de las contraportadas de sus tres títulos publicados por Overol es, parece un chiste para alargar palabras, la presencia del número exacto de poemas que contiene cada libro. De Quien amasa las olas se nos avisa son veinticinco, en Bajo la bandera del ocio no se puede numerar pero se aclara que allí hay solo un poema largo y en El día era nuevo para nosotros (Overol, 2025) figura la cifra de veintiséis poemas. 

Uno de esos es «Piquero» el que, por razones de argumento y por darme un gustito, transcribiré por completo a continuación:

Me tiré un piquero en las aguas

estancadas del copete. Los vasos

no caben en el cuerpo por eso

vertimos su contenido en nosotros.

La arena es la madre del vidrio y

la calor es la madre de la sed.

A veces, después de estar saciado quiero

besar a la muchacha del otro lado

del cumpleaños o echarme a dormir

bajo el primer durazno que encuentre

camino a casa.

Pero este año nuevo lo único

que hacemos es repetir viejas ceremonias.

A media tarde desperté y le dije

a mi madre que me dolía el corazón. Ella

me tiró una oreja y dijo

pon los pies en altura.

(p. 18)

A un amigo, Ignacio Segura, le pasé El día era nuevo para nosotros con la página marcada en este poema. Lee, le dije. Me preguntó, al terminar, la razón de mi insistencia en que leyera justo ese poema y antes de aclararle comentó, iluminado, que aquel era como uno de Jorge Teillier. Esa fue la confirmación de una idea que andaba rumiando hace rato. La escritura de Maximiliano Díaz no solo se me hacia cercana por referir a cuestiones de generación, sino que había un algo más. Su tratamiento de las cosas pasadas, la melancolía de provincia y los lugares que nunca volverán a ser los mismos. Atrapé el rayo en esa conversación con mi amigo, eran cuestiones totalmente láricas. Un lar moderno, con celulares y música estridente, pero donde persisten los viajes en buses interprovinciales, los amigos tímidos, los amigos muertos, los amores marchitos y esos suspiros que solo se dan bajo un árbol frutal. 

Esto es un acto de fe. Creo, con firmeza, que el proyecto poético de Maximiliano Díaz es un digno heredero de la escritura de Jorge Teillier. Tienen, sus poemas, lo sencillo y lo cercano de los versos del poeta de Lautaro. Este es un Teillier para nuestros tiempos, agudo en pillar la minucia de lo que provoca lágrimas y en develar el sabor del que brotan sonrisas. Maxi, ya con diminutivo y amistad, es el personaje que en una película logra darle espacio a un poeta nuevo, el que entiende que no todo se calcula. Hay voces que solo desean expresar una aparición, retener una imagen, un camino de tierra, gravilla o pavimento. Maxi sabe condensar el difícil arte de la poesía que es como un pan batido. Cuando lo único que se quiere decir es lo delicioso que es, todo lo lindo y triste que nos recuerda su aroma y la tranquilidad que nos deja el hambre saciada. 

Bajo la Bandera del ocio

Maximiliano Díaz

poesía

Overol (2023)

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