La maternidad no está sobrevalorada: está mal sostenida

Cada cierto tiempo aparece alguien diciendo que la maternidad está sobrevalorada. Lo dicen escritoras agotadas, amigas que no quieren tener hijos, mujeres que sienten que desaparecieron después de convertirse en madres o personas que observan desde fuera esa mezcla de cansancio extremo y renuncia constante que parece acompañar a la crianza contemporánea.
Y, honestamente, a veces las entiendo. Basta con mirar alrededor.
Madres criando solas, aun estando en una relación de pareja. Madres trabajando como si no fueran madres. Madres respondiendo correos mientras hacen una tortilla francesa, sintiéndose culpables por usar pantallas con los niños mientras tanto. Madres que llegan agotadas a la noche y sienten que no han podido habitar ni un solo minuto de su propia vida. Madres que quieren escribir, pintar, leer o simplemente quedarse quietas diez minutos sin que nadie necesite algo de ellas.
Sin embargo, creo que el problema no es la maternidad. El problema es la forma en la que el mundo ha decidido sostenerla.
O, para ser más exacta, la forma en la que el sistema ha decidido no sostenerla.
Y es que el mundo necesita bebés, pero no quiere madres. Durante años nos vendieron una idea de emancipación femenina profundamente ligada a la productividad. Ser libres significaba poder trabajar igual que los hombres, producir igual que ellos, mantener el mismo ritmo, la misma disponibilidad y la misma ambición incluso después de tener hijos. Y aunque ese discurso nos abrió puertas necesarias, también dejó algo fuera: seguimos habitando cuerpos distintos y seguimos siendo, en la práctica, quienes sostienen la mayor parte de los cuidados.
Entonces aparece la trampa contemporánea: se espera de las madres que críen como si no trabajaran y trabajen como si no criaran.
Y en medio de todo eso, además, debemos estar agradecidas.
Hace poco veía Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa, y pensé que pocas películas habían mostrado tan bien la experiencia real de la maternidad reciente: no la maternidad épica ni la idealizada, sino esa sensación extraña de vulnerabilidad, cansancio y dependencia que aparece cuando una mujer pasa de cuidar a ser cuidada. La película entendía algo importante: criar nunca fue una tarea individual. Lo antinatural no es necesitar ayuda. Lo antinatural es que nos veamos forzadas a sostener la vida completamente solas mientras seguimos funcionando dentro de un sistema diseñado para personas sin cargas de cuidados.

Cinco Lobitos (2022)
Dir. Alauda Ruiz de Azúa
Por eso me incomoda tanto cuando la conversación en torno a la maternidad se queda atrapada entre dos extremos: la romantización absoluta o el arrepentimiento convertido en espectáculo. Entre la madre perfecta de Instagram y el discurso de “ojalá no hubiera tenido hijos” parece que no queda espacio para una experiencia más compleja, contradictoria y humana.
Y, sin embargo, la maternidad está llena de verdad.
No conozco ninguna experiencia que confronte tanto con el tiempo, el cuerpo, el miedo, el amor, la fragilidad y la muerte. Criar te obliga a mirar de frente cosas que el ritmo contemporáneo normalmente nos permite evitar: la dependencia, los límites físicos, la vulnerabilidad, el hecho de que necesitamos a otros para sobrevivir. Quizá por eso resulta tan incómoda culturalmente. Porque rompe la fantasía neoliberal de la autosuficiencia permanente.
Quizá por eso la maternidad resulta tan incómoda dentro del imaginario contemporáneo: porque introduce dependencia en una época obsesionada con la autosuficiencia. Vivimos en un sistema que glorifica la libertad individual, la optimización constante y la capacidad de elegir siempre. Tener hijos, en cambio, implica aceptar limitaciones. Hay días en los que no puedes irte, no puedes descansar, no puedes priorizarte ni improvisar quién quieres ser. Y eso choca frontalmente con una idea de éxito construida alrededor de la independencia absoluta.
Sin embargo, me pregunto si no habrá también algo profundamente humano en esa renuncia parcial al yo. Algo que nos recuerda que nadie se construye solo. Que la vulnerabilidad no debería ser un fallo del sistema, sino parte natural de la vida. Quizá por eso criar desordena tanto nuestras prioridades: porque obliga a desacelerar y mirar aquello que normalmente mantenemos fuera de foco. El tiempo. El cuidado. La fragilidad. La muerte.
En Los días sin sus noches escribí sobre esa sensación extraña de habitar simultáneamente el agotamiento y la plenitud. Sobre cómo una puede sentirse desbordada y profundamente viva al mismo tiempo. Creo que hay una parte de la experiencia materna que el lenguaje contemporáneo todavía no sabe explicar bien, porque hemos reducido casi toda conversación sobre maternidad a dos relatos opuestos: el sacrificio idealizado o el arrepentimiento brutal. Y entre ambos extremos quedan fuera las zonas grises, que son precisamente donde vivimos la mayoría.
Pienso en eso cada vez que escucho a alguien hablar de conciliación como si fuera una cuestión de agenda. Como si organizar horarios pudiera resolver el hecho de que criar transforma por completo la manera de estar en el mundo. No se trata solo de tiempo. Se trata de presencia mental, de energía, de identidad. De entender que, después de tener hijos, ya no vuelves exactamente al lugar anterior, aunque el mercado espere que lo hagas.
Hace unos meses escuché “Kyoto”, de Phoebe Bridgers, mientras doblaba ropa pequeña recién lavada. Hay una frase en la canción que dice: “I’m gonna kill you if you don’t beat me to it”. Pensé entonces en lo extraño que es vivir simultáneamente el agotamiento y el amor más feroz que una ha sentido nunca. Creo que muchas madres vivimos ahí: en ese lugar ambiguo donde convivirían perfectamente una canción triste, una crisis nerviosa y un niño enseñándote una piedra como si acabara de descubrir el universo. Por eso, cada vez me interesa menos preguntarme si la maternidad ha merecido o no la pena. La pregunta que no consigo quitarme de encima es otra: ¿Por qué tenemos que vivirla en condiciones tan hostiles?




