Valentina Marchant: “La escritura es mi refugio, y también mi tumba”

agosto 21, 2026
-

En medio de la preparación de su próximo libro, la poeta Valentina Marchant conversa sobre el proceso de su poemario El reverso del agua (Libros del Pez Espiral, 2023), publicado tras un periplo que incluyó talleres de escritura y la relocalización en España.

I: el refugio y la tumba

Encontrarse con un poemario como El Reverso del agua (Editorial Comba, 2022; Libros del Pez Espiral, 2023) en plena ola de calor europea parece un contrasentido. Un libro pasional, erótico, que podría aumentar aún más la temperatura cuando el sol pareciera quedarse fijo arriba, en el cielo.

Escrita por la poeta Valentina Marchant, su segunda obra es una inmersión en el deseo convertido en elemento esencial, donde el agua transita como ente de conexión, reflejado en las gotas desperdigadas en cada momento de pérdida. Un escape mental a una historia del cual solo quedan las palabras. Si hubiese que resumir la obra con algunos versos podríamos recurrir al siguiente: “El cuerpo de la escritura/ como único testigo del desastre”.

Cuando Marchant se sienta a recordar cómo llegó a escribir tras casi diez años de silencio desde su primera publicación (Tránsito Ciego en 2013), es generosa en sus respuestas, habla sin filtros sobre ese bloqueo que la alejó de su espacio más personal. “Yo no podía escribir, básicamente estaba bloqueada. Y eso me llevó en paralelo a irme cada vez más a la mierda”, reconoce, en un camino que eclipsó de cierta forma el lado artístico.

Tomó talleres con autoras fundamentales para intentar escribir de nuevo. Referentes como Alejandra del Río, Soledad Fariña o Nadia Prado, buscando espacios imposibles en medio de una clásica rutina laboral chilena que la llevó a enfermarse. Pero a pesar de los esfuerzos, no aparecían los poemas.

Cuando un vértigo la mantuvo en cama un largo período, la migración apareció como una opción de salida: “Vi este máster de creación literaria en Barcelona y fue la excusa perfecta para dejarlo todo y venirme. Y tuve razón, porque me vine… y eso fue lo que me hizo volver a escribir”.

Desde que tomó el avión desde su Santiago de Chile natal hasta Barcelona han pasado ocho años. Como todo sacrificio migrante, Marchant volvió a levantar una casa, volvió a conocer a los poetas, comenzó otra vida. Más allá de los métodos académicos que recomiendan en un máster, la poeta encontró el camino que la llevó a El reverso del agua.

“Para mí la escritura, la poesía, no es una cosa mental. Es una escritura que surge por supervivencia. Toda mi escritura siempre ha estado vinculada a mi vida. Yo no veo una separación entre arte y vida”, reconoce. Luego viene la técnica, pero el motor para la poeta es vital.

Por eso la escritura se volvió su refugio, y también su tumba. “Porque me refugia, pero a la vez me obliga a profundizar en cosas que en mi vida consciente no profundizaría tanto”. Es allí donde el dolor encuentra un significado, así como la pérdida, la ausencia o la imposibilidad.

“El cuerpo de la escritura como único testigo del desastre… la escritura es refugio, pero a la vez es una manera de dejar huella de ese desastre”, plantea. Aquí, Marchant cita a la uruguaya Cristina Peri Rossi, a quien le escuchó decir que la escritura es una forma de detener el tiempo, cristalizar el instante, resguardarlo en el espacio de la escritura.

II: romantizar el mundo

Publicado tanto en España como en Chile, El reverso del agua mantiene un pulso al trastocar realidad con ilusión, usando la figura del pez para acercarnos un episodio donde “a veces una boca se transforma en un río que me atraviesa”.

Al avanzar las páginas se puede leer: “Pensar en la frase que anoté en la pizarra: Hay que romantizar el mundo, así se recupera el sentido primitivo”. La frase es de Novalis, el poeta y filósofo alemán del romanticismo, que Valentina Marchant toma como un precepto. En su lectura, el romanticismo es uno de los primeros movimientos que unen el arte con la vida. “Para los románticos la realidad era muy tediosa, muy aburrida. Y lo que había que hacer era romantizarla”.

Romantizar implica, según la autora, vivir la vida desde un punto de vista estético, artístico. Fijarse en detalles que otros no podrían ver sino es con el lenguaje de la poesía, exaltar sentimientos, perseguir aventuras. En la obra hay un viaje en el que se busca encontrar algo, que no se sabe bien qué es, pero algo, mientras se nada a contra la corriente.

“El libro es como un viaje de una persona que persigue lo bello. Como decía Rilke: ‘todo ángel es terrible’. Y lo bello siempre es terrible”, admite. Cuando se está quieto, pareciese que lo que rodea aburre. Pero cuando se sale en busca de romantizar el mundo, Marchant esperaba que la poesía, de alguna manera, hiciera de su vida un poco más divertida, aunque sea doloroso lo que se encuentra.

“El deseo es partirse y partir. Más que el deseo erótico… es un deseo vitalista. Un deseo de vivir cosas, de vivir aventuras”, explica, acercándose a esa “conciencia de la finitud” donde el tiempo escasea, todo tiene fecha de caducidad y el agua avanza del río hacia el mar. Tal como remite un verso de la página 31: “Estaba herido de muerte y aun así, o quizás por eso, era hermoso”.

III: el Pez de Oro

Esta aventura también esconde un romance, uno de esos que lleva a los humanos a buscar lo que decía Peri Rossi, a tratar de condensar el instante antes que se escape. De todas las secciones, es el segundo apartado del libro, “El pez de oro”, el cual más preguntas deja. Es una sección donde el paisaje se desfigura, donde la ciudad se convierte en pecera y el deseo en una obsesión casi alquímica. Allí la escritura se tensa, se vuelve más oscura, más erótica, más incómoda.

La imagen del pez no fue una decisión de escritorio. Apareció porque el personaje que da inspiración a la obra siempre andaba con el libro homónimo del escritor peruano Gamaliel Churata bajo el brazo. Era su libro de cabecera. “Entonces por ahí apareció la imagen del pez, que fue muy productiva para poder contar esta historia de una manera más poética, más metafórica”, recuerda Marchant.

Porque la metáfora también es incómoda. La poeta lo admite sin rodeos: “Era un tema porque en el libro ella, la hablante, se somete un poco al Pez de Oro. No es una historia en donde la mujer se empodera… al contrario, se somete”. Y añade: “Esa era una de las cosas que me daban miedo del libro”.

Esa sumisión, sin embargo, no se presenta como derrota. Es una entrega voluntaria, casi ritual, que permite explorar el deseo en sus bordes más ambiguos. “Hay una historia de amor en el libro, un amor que no funciona”, explica. “Y también ahí está el deseo erótico, el explorar a partir del otro”.

En ese otro, en ese Pez de Oro, se refleja la hablante. Pero también se pierde. Y de esa pérdida nace la escritura. “No basta y por eso la prosodia”, escribe en la página 46. Y cuando se le pregunta qué significa esa palabra, Marchant piensa un poco y responde: “La prosodia es como el ruido, el ritmo. Es como decir: no puedo hacer más que escribir esto de mil maneras posibles. Como una especie de susurro, de reclamo”.

La prosodia puede no decir nada, precisa la poeta. Tiene que ver con la forma en que se dice algo, con las figuras retóricas, con el tono. Y en su experiencia vital, sabía que no quería vivir con eso. Ella sintió un mandato; por eso en un verso reclama “había que escribirlo, alguien tenía que escribirlo”. Poetizar la experiencia rozando la “floritura barroca”, un zumbido en su cabeza que de alguna manera la salva en momentos de pensamientos intrusivos, porque también “le da sentido a lo que viviste, si no es como que se pierde en el tiempo”.

IV: la poesía como lo oracular

El zumbido de la prosodia, ese mandato que Marchant sintió como una urgencia no se quedó en el poema. La escritura, para ella, es un cuerpo que respira, que anticipa, que llama. “La escritura poética es muy oracular”, dice. “Anticipa cosas que a veces uno, en el momento en que lo escribe, no está tan consciente”. Por eso, advierte, hay que tener cuidado. “Me lo han dicho poetas más viejos, más viejas: ‘Cuidado con lo que escribes porque de alguna manera uno está llamando a algo’. Ojalá que sean cosas buenas y no cosas malas”.

Ahora, Marchant trabaja en un libro inédito. Sabe que no es una poeta altamente productiva; no publica cada dos años y no juzga a quien lo hace. “Hay una cosa mortuoria en mi poesía, inevitable, oscura”, dice. “Una contracara oscura de las cosas y de las personas”. El nuevo libro, explica, es más reflexivo. “Una maduración de la voz”. Y también hay en él una exploración más explícita de su “yo mujer”. Pero el tema de fondo sigue siendo el mismo: la indagación en la profundidad de las cosas, el misterio que se esconde detrás de las personas, las experiencias.

“Es como el péndulo entre Eros y Tánatos que está en El reverso del agua”, explica. Pero mientras que el libro anterior es un viaje, este inédito es una reflexión. La voz ha madurado, pero los temas que la han marcado siguen ahí. El ímpetu de la escritura, insiste Marchant, está en la realidad. “Y por eso soy una poeta romántica. Creo en las correspondencias universales, creo que la poesía te muestra cosas que en ningún otro lugar pueden aparecer, porque solo aparecen en tanto acto poético”, sentencia.

ARTÍCULOS RELACIONADOS