De la escritura en el vacío de la distancia, sobre “La distancia entre tu nombre y el mío” de Kamelia Mardones

agosto 27, 2026
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Cómo vivir, me preguntó por carta alguien / 

a quien yo pensaba formular / la misma pregunta” 

Wislawa Szymborska 

La distancia entre tu nombre y el mío” –Editado por Los Libros De La Mujer Rota, 2025– de Kamelia Mardones es, entre otras cosas, una novela sobre la distancia y la escritura. Sobre el lugar de la escritura en el vacío de la distancia. Quizás por esto, la obra se estructura principalmente a partir de cartas, aunque también de esquirlas de memoria y ejercicios literarios. Las cartas escritas por Milena, la narradora, no siempre tienen un destino claro, su objetivo no siempre es llegar a algún sitio, son más bien insistencias. 

La historia se mueve en torno a Milena y lo que escribe, o lo que nos muestra de lo que escribe, a su tía también llamada Milena. Milena es una joven chilena que ha viajado a Buenos Aires a realizar una maestría en Letras. Milena es una chilena opositora del régimen militar, exiliada de su país durante casi treinta años. Milena es la tía de la que no se habla. La tía que mantiene a la familia unida en el secreto. La tía a la cual Milena le debe el nombre y otras cuantas cosas más. 

La rutina de la vida académica de Milena se quiebra en junio de 2017 cuando se entera que su  tía ha sido detenida en su retorno a Chile. Era esperable, dice la prensa, pues su condición legal era de “rebeldía”, apenas pusiera un pie en el país podría ser detenida y así fue. Desde ese acontecimiento, las cartas nos van mostrando las capas de implicancias que tiene esta detención. Ha sido detenida la tía que es susurro, la tía a la que ama sin conocer, la persona que ha ordenado con su secreto una compleja red de afectos que ahora las cartas pretenden devanar. 

Es tu verdad y llevas años pensándolo. Más de dos décadas pensándolo. Son tus anhelos, tus búsquedas. Eres tú quien asume las consecuencias de aquello que haces y dices. Tú eres la consecuencia de la decisión de una persona, tan parecida a ti, hace casi treinta años. ¿A quién le estoy hablando ahora, realmente? ¿Llegarás a leer esto? ¿Has dicho, sobre ti misma, “soy una persona arrepentida”?”

Las cartas de la narradora le cuentan a la tía Milena sobre su historia familiar, van bordando la memoria que también es la suya. Una historia familiar en la que la tía Milena ha tomado el lugar de la ausencia durante treinta años. Accedemos a esta historia familiar como lectores entrometidos: la muerte de su padre, el abuelo Samuel, un día de San Juan, un funeral en que vecinos de campo cantaron y tocaron la guitarra. Un día que, al menos a mí, me gusta imaginar soleado: “En el funeral del abuelo, tus hermanos dejaron el espacio que hubiese ocupado tu cuerpo. Hicieron una ronda, se tomaron de las manos. Pienso en el espacio vacío en la ronda de tus hermanos, en su insistencia en no dejar que te borren”.

Kamelia Mardones, autora de «La distancia entre tu nombre y el mío»

Las cartas van mostrando cómo avanza la situación en Chile, la tía se encuentra en la cárcel de alta seguridad de Santiago, a la que la han trasladado desde su detención en Puerto Varas. Su nombre en la clandestinidad era Pamela, cruza desde Bariloche siendo Pamela y llega a Chile siendo Milena. Milena Martinez, la mujer detenida que la prensa apunta en su vinculación con en el asesinato de Jaime Guzmán. Se encuentra tranquila en su celda, ha asistido a visitarla su hermano—  padre de Milena estudiante de Letras—  y también su hijo Tomás, a quien debió abandonar tras su etapa de clandestinidad fuera Chile. Entre la familia se echan a andar las gestiones para solucionar los problemas más inmediatos que han quedado en el camino. Entre los hermanos, Sandra, Felipe y Samuel, atienden las deudas, se preocupan de reubicar los perros, de desarmar la vida que tenía junto a sus hijos Valentina y Enrique en México, país donde residió durante sus años de exilio. Por su parte, Milena continúa asistiendo a sus clases aunque pueda parecer un desatino, dada la situación familiar. Tal como nos ha contado desde el comienzo, su decisión de irse a Buenos Aires estuvo motivada por su relación con la escritura: “Trabajé por corto tiempo haciendo clases en colegios, pero quise dejar el país para dedicar me a mi gran pasión: la escritura.

Es en el dolor de la distancia, en el no estar cerca cuando más se necesita, que las letras se confunden con la vida desnuda. Así nos enteramos de la rutina cotidiana en Buenos Aires de Milena, que transcurre entre la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en Puan y su sede en 25 de mayo, donde “escribo monografías, escribo y leo. Escribo y leo”. En las cartas podemos conocer los temas de las clases en la Facultad: sobre el deseo en Lacan, sobre las figuraciones del secreto en la guerra civil española o sobre Simmel que propone que el secreto puede funcionar como nexo social. Todo esto  al mismo tiempo que los sentidos están puestos en una cárcel al otro lado de la cordillera. Hambre de distancia que no se satisface con milanesas ni medialunas ¿Cómo se filosofa con hambre? 

Milena escribe. Está escribiendo un texto dramático al que llama “Voces lejanas” y al que, como lectores privilegiados, tenemos acceso en las páginas del libro. La obra que escribe trata de una mujer joven llamada Amaranta que intenta escribir algo autobiográfico sobre su tía legalmente rebelde que ha sido recientemente capturada.  Se abre el telón:  Dos personajes de frente, Amarante y Samuel, una mesa entre ambos cuerpos los separa. Están sentados en la misma mesa pero no. El personaje de Amaranta llama por teléfono a su padre, Samuel: “Pasa que desde que la Milena fue detenida por los pacos, comencé a escribir cartas que ahora me gustaría que fuesen algo más. Quizás una novela, algo “inspirado en”, no más. No es literal.

—Yo bien bien. Ya, pero pregúntame rápido que tengo que entrar a clases.”

Amaranta, o quizás Milena, se enfrenta al secreto a través de la escritura. Para su padre siempre ha sido un tema muy sensible. Hombre de su generación, juanherrerístico en el manejo de sus emociones, “duro e mollera”, con un corazón gigante pero taponeado. La muralla del silencio frente a la violencia del trauma. Dice poco, aunque más de lo que le hubiese gustado, cuenta lo de su desaparición después del asesinato de Jaime Guzmán, el año 1991, meses antes del nacimiento de nuestra narradora. Que supuestamente se había ido a trabajar como profesora al sur. Esa navidad no volvió más. Había dejado a su hijo chico Tomás, sin una madre para navidad. No se supo más de ella hasta en dos años, por la prensa. Las lágrimas de este padre solo se permiten correr cuando suena Santiago del Nuevo Extremo. En la voz de Luis Le-Bert que regaló cobijo a una generación rota, como en La mitad lejana: 

¿Cómo andan tu vida, tus horas, tu calle, tu lluvia, tus deudas eternas, tus cuotas? / Yo estoy bien, pero me urge saber cómo está mi espejo, mi reflejo, mi mitad lejana, la mitad de mi herencia, mi media mirada, la mitad que no encuentro, mi gota de agua.

La situación requiere manos para la gestión de la crisis. Milena, la escritora de la familia, deja de escribir y leer para ir a ayudar. Viaja a Santiago. Protocolos carcelarios, gendarmes, enrolamientos, barrotes y también libertad, la libertad del encuentro. La reunión familiar contrae la escritura, se desliza suave, jovial, esperanzadora. Ya no escribe tanto, debe ayudar a cuidar a su prima pequeña, Valentina, que ha venido de México, que acaba de conocer, pero que ama como una parte de su cuerpo. Ella dice tener un corazón de acero semi-inoxidable y Milena la admira, que es también una admiración hacia su tía que la crió con esa fortaleza. Desde que conoce personalmente a su tía el deseo de comprender solo aumenta. Comprender un nombre que es también el suyo, una distancia que es también la suya. Le pregunta de todo, porque Milena pregunta, quiere saber, necesita saber, necesita escribir. 

Quiero entenderlo todo. Entenderte toda y armarte, amarte en los diversos nombres que habitas, en aquellos que la ley cifró sobre tu cuerpo y aquellos con los cuales burlaste a la ley en la búsqueda de una otra Milena, quizás Pamela, la Milena otra, tu propia salida a la luz desde una puerta que ninguna llave abre, quizás otra, quizás tantas otras, que pueblan diferentes regiones sin lograr que las anteriores y posteriores desaparezcan”.

Las palabras de las cartas se deslizan por entre geografías: Buenos Aires, Santiago, Puerto Montt, México, Cuba. Incluso se deslizan entre nombres de destinatarios, Milena es la escritora de la familia y hace lo que mejor sabe hacer. Las cartas activan redes de afectos, le escribe a Yvette, la mejor amiga de su tía en México. Escribe las conversaciones que tiene con los miembros de la familia sobre el asunto. Las cartas administran afectos, no los crean. Los afectos han sido creados con anterioridad, forjados en el vínculo del dolor compartido. Familia que conoce de unirse en la desgracia. El secreto, tal como lo piensa Simmel, expande las posibilidades de la vida. 

Escribe cuando por fin tiene la posibilidad de ver a su tía. Escribe cuando la familia se encuentra y experimenta la libertad en una celda compartida. Resguarda la palabra de la memoria. Archiva el recuerdo con el lenguaje más simple, lo dice sin poesía, mal escrito, así como se enseña en un taller literario que no hay que hacerlo. Se queda corta ante la experiencia del encuentro. 

“Lo que pasó ayer fue muy importante para mí. Quizás uno de los días más importantes de mi vida. Quedo corta, no sé cómo decirlo más claro. Lo que pasó ayer fue importantísimo para mí. Verte junto a Sandra, mi papá. Junto a la abuela. Junto a tus hijos, Tomás y Valentina. No había imaginado cómo sería verte junto a mi abuela. Junto a tu mamá. Quizás sí, claro que lo había pensado. Pero era en Chiloé. En la playa. Comiendo ceviche escuchando Silvio. O lo que tú quisieras. Pero no imaginé verte junto a mi abuela. Y junto a Valentina. Todas juntas tras esas rejas. No lo imaginé y fue precioso.”

Los meses se suceden, el proceso se dilata en el tiempo, se siente el agotamiento en la escritura. Milena viaja a Puerto Montt a descansar. Ciudad ambigua, sur agreste, poco amable con el forastero. Llegó por primera vez a la ciudad después de la separación de sus padres, a vivir con su madre en la adolescencia. Pueblo amado y odiado, como suelen experimentarlo los espíritus sensibles del sur. Va a una fiesta y disfruta, pero llora. En Santiago el caso se prolonga de forma agónica, entre abogados, declaraciones y trámites. Milena sigue escribiendo, pero la distancia la quiebra y la escritura debe declararse culpable: 

“(…) no me basta con escribirte estas cartas y sentirte cercana a ratos porque no basta una cartita de mierda para sacarte de esa celda, no basta enviarte todo el amor que cabe en este cuerpo estriado, no basta pensarte porque no te libero, y mi felicidad no libera a nadie, mi felicidad y mi baile no es revolucionario, porque no sé por qué chucha debo estar bien, por qué chucha se debe estar contento, por qué tener que llorar a las 6 de la mañana después de haber estado toda la noche bailando, por qué chucha bailar, por qué chucha bailar con desconocidos que te enseñan nuevos pasos, por qué aprender a reír cuando tengo ganas de llorar (…)”

El lenguaje se va desgranando en la progresión del relato, se revuelca, vuelve sobre sí. Milena escribe también para un taller literario. “Voces lejanas”, el ejercicio de texto dramático que está escribiendo pone en escena la vida de la tía guerrillera. A través de un ejercicio imaginativo reconstruye la historia  de su tía, la de la familia y con esto, la de un pedazo de país. Como lo hace Nona Fernandez en La dimensión desconocida, alumbra esas zonas oscuras que necesitamos reconstruir para volver a mirarnos.

Milena es también profesora de talleres literarios. Aconseja a otros escritores sobre la importancia de tomar talleres, que considera una forma de “salvar un poco de tiempo de uno mismo, para una misma”.  Se escribe mientras se aprende y se enseña a escribir: “Buscamos entender los motivos del otro, sus motivos, deconstruir el lenguaje sobre nosotros mismos y volver renovados de ese ejercicio, volver donde mismo pero esta vez más fuerte, esta vez distinto. Esta vez narradores.

Milena, Amaranta, Milena, Kamelia no siempre sabemos quién escribe. Gesto contemporáneo el de confundir al lector, el de superponer el lenguaje por sobre los nombres, perfectamente intercambiables en el juego de la ficción. El arrojo de la escritura en la distancia permea el secreto compartido, lo estira para hacerlo propio. El secreto es de todos y es de nadie, así como lo es el lenguaje.  Pero a no dejarse engañar. 

Persigo en la oscuridad algo que se escapa de mis manos, persigo sombras buscando desde dónde provienen sus reflejos, intento participar del juego de la luz. Allí, posiblemente, otro truco ilusorio: poder poseer, así sea en una verdad ficcionalizada, cierta dosis de verdad. Pero ano dejarse engañar: Yo no soy Yo.”.


César Gómez, autor reseña

César Gómez (Osorno, 1991), es profesor de Filosofía, mediador de la lectura y escribidor sureño. Ha publicado en las antologías “Ejercicios para decir el sur” (2024) y “Ofrendas al agua” (2025). Junto al artista visual Raúl Oyarzo es autor del proyecto artesanal de poesía visual «Cabeza de papel» (2024).

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