Lula Almeyda: “No tengo ninguna épica, todo lo contrario. Mi vida está plagada de casualidades, como la de todos”

septiembre 20, 2026
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Guionista, performer, creativa y funcionaria pública. Muchas almas artísticas viven en la autora de Pajarona, publicado por La Pollera como parte de su icónica colección Surcos del territorio, dedicada a las infancias en regiones. Situado en Rancagua de los ‘90 y albores del 2000, el libro recorre los años de formación en la provincia, que, a pesar de estar tan próxima al centro, a la gran capital, está poblada de vacíos.

“Hay que considerar que no hablo por toda la ciudad de Rancagua, porque mi experiencia es muy particular, es muy la burbuja de mi experiencia como ‘niñita Codelco’, que es un mundo pequeño, cerrado, que no tiene nada que ver con la realidad de otras personas que viven o vivieron en la ciudad”. 

Esta es una de las consideraciones que pone sobre la mesa la escritora y guionista Lula Almeyda al hablar de su más reciente publicación en solitario. Se trata de Pajarona, parte de la colección Surcos del Territorio de la editorial La Pollera. Ella, dice, habla «desde ahí”. 

Basado en sus recuerdos de infancia y visto desde la actualidad como un proceso de transformación, Pajarona es una revisión desde la mirada de una niña del incipiente sur de Chile, con una situación económica acomodada y con un serio problema de salud. También, un repaso por la historia de sus generaciones pasadas como una explicación a su propia existencia.

“Cuando comencé a pensar este libro, llamé a este ejercicio ‘arqueología familiar’, pues esperaba hurgar y encontrar reliquias, momentos, episodios antiguos, desgastados, llenos de polvo y de maldiciones, sucios, abandonados. Pero me doy cuenta que podría llamarle también minería. Minería de un pasado, minería de mi pasado, donde voy encontrando rocas inservibles, pero también joyas”, se lee al final de Pajarona.

Es por sobre todo, el relato de una niña libre y creativa con hartas horas de televisión en el cuerpo, encerrada en su casa por el frío, la lluvia y por vivir en una ciudad sin muchos panoramas, que, con los años, comienza a salir en su lugar hasta venir, como muchos, a estudiar a Santiago, donde lleva viviendo más que en la región de O’Higgins, tierra de “huasos y mucho alcohol”. 

De ese apego y escuela que fue el TV cable queda mucho en Lula, cuyas ocupaciones están ligadas a los productos culturales como los podcast, participando en uno dedicado a series y películas, No sabes nada; y en Bebesaurias, junto a sus colegas Paola Molina y Beibijosephine. De esta última experiencia emanó un libro previo: Bebesaurias. Guía definitiva para arruinar tu vida, publicado por Planeta. También, en la continuidad creativa como guionista, participó en la realización de las teleseries Amanda y Juegos de Poder. Hoy es parte del equipo creativo de UCHILETV, señal pública de TV para todo Chile. 

“¿Cuándo se deja realmente de ser pueblerina?”, se pregunta Lula en el libro y su respuesta es parte de esta conversación, que tiene una pista previa en sus propias páginas: “El pueblo chico se lleva por dentro”. 

***

-¿Qué concepto tenías de los intentos de hacer memoria antes del libro?

Llevo un diario de vida, y creo que eso es fundamental si quieres hablar de ti porque te ayuda a construir una voz que a su vez ayuda a narrar estos recuerdos que una tiene. Este es un diario que llevo hace mucho tiempo. No lo hago a mano, lo hago en el computador y en algún momento lo empecé a sistematizar. Soy muy ordenada con eso. Escribo seguido, una vez a la semana por lo menos. Además, he tomado esta práctica de registrar mi año, entonces hago un documento por cada uno. Soy muy ordenada en ir contándome a mí misma cómo ha ido mi semana, las cosas que se vienen, qué me tiene inquieta, qué temas me rondan.

Todo partió porque escribía una columna para mí misma. Era sobre algún tema que me estuviera rebotando en la cabeza cuando estaba durmiendo. Lo bajaba y escribía para que tuviera un orden y sentía que eso me ayudaba a mi salud mental. La práctica de escribir de mi propia experiencia o de mis recuerdo o cosas que me ocurren viene de ahí. Pero el ejercicio mismo que me proponen desde la editorial de hablar de mi lugar de origen, fue algo que planifiqué de manera ordenada porque soy guionista. 

Inicialmente entré a estudiar Escritura creativa, así que tengo una base de taller literario. Además, seguí tomando talleres aún cuando luego me fui a los guiones, entonces entiendo un poco el ejercicio. Lo planifiqué de manera ordenada también como una forma de desapegarse de la propia historia y de todos los sentimientos que iban inevitablemente a quedar al descubierto.

Hice esa primera bajada con un índice que después hablé con mi editora, y le propuse hacer esto considerando tres pilares: uno, la historia de mi ciudad o de la de los lugares que habité. Otro, de la historia de mi familia hacia atrás; y otro que tiene que ver con mi historia personal y mi percepción y mi yo de niña y adolescente. 

-¿Cómo fue el proceso de escritura?

Esos tres pilares se entrelazaron en un proceso de edición que fue bastante largo. Lo escribí rápido, en un año, y luego tomé como tres años en editarlo, porque ahí armamos, desarmamos, sacamos. Hubo cosas que quedaron completamente fuera. Hubo un ajuste de los textos. 

Cuando una hace las cosas cuesta mucho verlas con claridad. A mí me pasa eso. De hecho como guionista trabajo muy bien con textos ajenos, pero mientras más cerca estoy del material, más me cuesta evaluarlo, más me cuesta verle el error o creo que está todo mal o está todo bueno, entonces siento que para mí fue muy importante en el proceso de escritura  hacer este ejercicio de soltarlo un rato y volver a agarrarlo con las correcciones de alguien más.

-Y emocionalmente, ¿fue cansador, fue alentador?

Sí, yo creo que pasó por muchas cosas. En cuanto a las historias que eran familiares, esos relatos vivían en mi cabeza. Son las historias que te cuentan los papás, las abuelas, que eran parte de mi mitología familiar. Eso me acompañaba todo el tiempo y me encanta haber podido dejarlo por escrito. Siento que les hice un regalo. Pienso en mi abuelo que siempre quiso ser escritor, o pienso en mi abuela -sobre quien tengo por ahí algún análisis como aficionada a la psicología-, su personalidad a partir de todas las historias dramáticas de su infancia y que las cuento en el libro porque le di la importancia.

Cuando me empiezo a acercar generacionalmente a mí, cuando paso por mis papás, se pone más peliaguda la cosa, pero también era tipo “si me cuentas algo tantas veces no es un secreto”. Pongámoslo en un lugar, démosle un espacio, démosle una forma. En ese sentido, también hay que averiguar un poquito más, porque las historias familiares muchas veces están llenas de rencores o de cosas que no coinciden. 

Una vez que ya se trata de mí, de lo mío, vuelve a tratarse de todos los demás porque historia de mis papás es la mía. Todo está interconectado, y al final es mi perspectiva la que estoy dejando por escrito respecto a todas esas cosas y no queda otra que aceptarla. Me demoré tres años para soltar el libro porque estaba muerta de susto de que se convirtiese en un problema.

-¿Para ti o en relación a tu familia? 

En relación a mi familia, a mis padres. Nada de lo que hago -me refiero a mi trabajo como escritora ahora o performer- nunca lo he hecho pensando en que lo va a ver gente cercana. Más bien pensamos en el público como gente equis que me la encuentro cuando hacemos show, pero no es gente que conozca. Me da mucha cosita cuando me encuentro con alguien que me conoce y me dice “escucho tu podcast”. Me da vergüenza, porque es una parte de mí que no quería mostrarles necesariamente. Cuando una le cuenta un secreto a un extraño, es más fácil que contárselo a alguien cercano. 

El libro también lo estaba pensando así, porque lo venía haciendo y de repente vi que cuando lo publicara, por supuesto que lo iba a leer mi familia, mis amigos y la gente de Rancagua, ¡que vergüenza! 

-¿Qué particularidades tiene narrar desde ser niño, incluyendo, por supuesto, la edad y también la variable de género?

Ahí había que ser delicada. Podría haber sido un poco más cruda en algunas cosas, pero creo que cuidé a esa Lula niña, lo intenté. Insisto en esto de la disociación porque al estar haciendo el ejercicio de armar este libro, sabía que iba a tener una portada donde probablemente en la foto iba a salir yo. Esta niña estuvo presente en la escritura, entonces siento que la cuidé mucho intencionalmente. No quise contar cosas demasiado terribles. No quería tampoco dejar una sensación de pobrecita. Eso para mí fue muy importante, porque tuve un marcapasos -tengo aún un marcapasos- siendo muy chica y eso me marcó para el resto de mi vida.  En un momento decisivo de pre-adolescente, eso me marcó en la relación con mi cuerpo, en la relación que yo tenía con los adultos porque me miraban con cara pobrecita todo el tiempo, al menos en esa etapa. Después se olvidó y al día de hoy que pasó a ser algo tremendamente anecdótico de lo que me acuerdo solo cuando me tengo que operar. No quería dejar esa sensación de “pobre niñita privilegiada que le pasaron estas cosas”. Tuve que hacer un ejercicio de medirme con las palabras que usaba, con cómo contaba las cosas. 

La relación con mi mamá es muchísimo más compleja de lo que aparece en el libro, muchísimo más. Ha mejorado ahora porque soy una persona adulta y he tomado la decisión y he dado el paso, un ejercicio voluntario de decir  “no voy a tener rencor, no voy a continuar sosteniendo un rencor innecesariamente”; porque soy una aficionada a la psicología y creo entender ciertas cosas y estoy reconciliada con todo esto. 

Si algo ocurrió con el ejercicio de rememorar y de escribir el libro, tuvo que ver con eso, con todos estos recuerdos que tenía que casi me atormentan de mi infancia, me hacían sentir un rechazo muy grande a mi ciudad, a mi casa de infancia, a mis papás. Cuando ellos vienen a Santiago y yo los veo, es como que son visitas, son otros, pero cuando yo voy para allá y vuelvo a esa casa, como que la dinámica se retoma, entonces no me gusta tanto ir. Ante esto, en algún momento tomé la decisión de separar estas cosas. Al hacer toda esta revisión siento que hice las paces con todo eso y lo entiendo mejor y con más distancia, y hubo ahí un ejercicio medio psicomágico.

-Una entiende que los padres hicieron lo que hicieron con lo que tuvieron…

Claro, una entiende, y ahí también está la importancia de esta revisión hacia los abuelos, las abuelas, de decir bueno, cómo mis papás también terminaron siendo quienes son. Ahí está mi abuela, que era una persona muy particular. Ella tenía esa una personalidad muy potente, muy intensa, muy dominante. Era muy celosa de mi mamá que era hija única y obvio que le salió una cabra rarísima. Y esa es mi madre y yo entiendo todo eso. Por lo mismo creo que una vez que termino de escribirlo y al hacer el primer proceso de edición, termino tan reconciliada y hago un desmalezado de todas estas destellos que habían de rencor. 

-A propósito de esto, ¿cómo se lo tomó tu familia tras la lectura?

Se lo tomaron muy bien. Mis papás son muy distintos los dos. Mi papá es una persona muy cariñosa pero es callado, más guardadito, un chilenito de aquellos; y mi mamá es una señora que no tiene ningún filtro, muy intensa. A mí me daba mucho miedo la reacción de mi mamá y me daba miedo herirle los sentimientos a mi papá. 

Cuando era chica estaba la típica reacción de “qué lindo, literatura, qué tierno”, y no. O sea, la literatura está llena de lugares muy oscuros. Yo tengo más mi propia oscuridad y había algo con escribir un libro. Sin duda no podía ser demasiado oscura, porque igual iba a tener esta repercusión dentro de mí familia, que ya es inevitable, pero al ser guionista me manejo más o menos en los matices y entendía la importancia de que tuviesen algunas otras cosas.

Me daba miedo en el sentido de que vieran que a lo mejor cuando yo era chica no había sido tan feliz, o cosas así. Hay cosas que probablemente mis papás no sabían de mi vida personal más íntima, pero curiosamente se sintieron muy orgullosos. Mi papá feliz. Hoy me pregunta dónde puede comprar el libro en Rancagua porque un amigo suyo lo quiere. Y mi mamá, contra todo pronóstico, completamente halagada de aparecer en un libro. Le dio lo mismo que contara cosas que a ella sé que le dan vergüenza. 

¿Tuviste la tentación de entrar en la épica? Justo cuando estaba leyendo tu libro, encontré una cita de Mercedes Halfon sobre algo nada que ver pero me pareció adecuado. Dice así: “El recuerdo de la niñez es siempre a contrapelo, como si lo que somos ya lo hubiésemos sido de algún modo. El relato esconde la trampa de conocer el final de la historia y será una ocasión perfecta para la exageración”.

Siento que quizás como lo tengo tan cerca, no sé si hice algo de eso. Yo creo que no, creo que no tengo ninguna épica, todo lo contrario. Mi vida, al igual que la de todos, está plagada de casualidades que uno las relee, hace este ejercicio y te das cuenta que están todas interconectadas. 

Soy una persona que creció con mucho privilegio en lo económico, al menos, entonces no hay nada épico. Todo el tema de salud, que a lo mejor podría haber algo ahí, aprendí al toque que yo estaba bien. Lo supe al momento en que tras la operación salgo a la ventana a ver los fuegos artificiales y veo que está lleno de niños que están en condiciones realmente delicadas y que lo mío era raro no más, que es la historia de mi vida, algo raro nomás. Entonces cero épica, anti épica, y me gusta eso: desde esa rareza pero también ser muy normal.

-Eres guionista, creas historias o administras información para crear historias. ¿Qué lugar ocupa la imaginación en tu libro?

Algo curioso que no se me nota porque sé que me disfrazo y hago cosas raras, pero soy una persona más o menos tímida o vergonzosa. Hay una mezcla: soy extrovertida, pero soy un poco tímida. Entonces como para no bloquearme creativamente -porque me da vergüenza un poco todo y enfrentarse a la página en blanco muchas veces tiene que ver con la inseguridad de que esto va a estar mal o me lo van a criticar como salida- aprendí hace un buen tiempo a hacerlo así: yo boto, deposito en la página lo que creo más o menos que debería ser y después lo arreglo. La inspiración no te llega de la nada, aparece cuando estoy trabajando, sobre todo con los guiones, que es una mezcla entre que eres escritor pero también es una técnica.

Boté todo el libro de una y saqué todo lo que imaginaba y había propuesto en este índice. Escribía dos cuentos al mes -le digo cuentos a los capítulos- y lo iba mandando muy rápido, hasta que llegó un punto en que dije “oh, se me acabó todo”. Llegué a un lugar muy raro y creo que ahí tuve un espacio de tiempo para volver a enganchar con la historia y ponerle un poco de onda, porque igual como es no ficción, no me nacía ficcionar algo completamente.

Se entiende que igual en la no ficción hay mucho de ficción porque es interpretativo, entonces si una no sabe algo, lo inventa, de cierta manera. La forma de articular esa historia pasó obviamente por mi filtro, pero traté de no ficcionar nada. No tuve esa tentación. Creo que hago una separación muy grande entre ambas cosas, porque igual escribo ficción, no solo guiones.

-Hablemos de un imaginario más epocal, porque independiente del lugar donde creciste, hay un escenario que son los ‘90, los dos mil, la llegada del cable, MTV, y este apego al imaginario de lo extranjero, esa hegemonía que nosotros recibimos. ¿Que tan ridículo o lejano es hoy eso? ¿Fue un aprendizaje? Es algo que por lo menos yo valoro…

Yo igual. Qué interesante que lo preguntes tú siendo de Iquique, porque a lo mejor, no sé, pienso en la ZOFRI que en su época era una apertura al resto del mundo, y a mí me pasaba que viví en mi burbuja Codelco, El Teniente, donde había una onda gringa en el tipo de influencia. Mi papá toda la vida tratando de aprender inglés, esos VHS que venían con un libro, eran unas clases. Mi papá fascinado con la tecnología.

Rancagua era chico, tenía poca cosa, poco atributo. Era un lugar de mucha falta de espacios donde buscar algo interesante que no estuviese solo en la tele y en los diarios. De ahí quizás el amor por el TV cable, porque era una ventana al resto del mundo. No había nada más y en Rancagua de verdad es como ir a chupar el camino, y cuando eras chica, estar encerrada en la casa mientras llueve. Era muy fome. 

Una vez leía -no me acuerdo quién hacía la reflexión- que los millennials que vimos mucho TV cable tuvimos algo especial. Ocurría que cuando aparece el TV cable, hay muchos canales con una programación infinita que tenían que rellenar, entonces nosotros, a diferencia de los cabros de hoy, teníamos una programación que estaba permanentemente repitiendo toda la historia de la televisión para atrás. Nosotros veíamos monos animados que eran de los años 60, pero también veíamos los que eran de los años 90 y veíamos unos programas del año…  Yo veía La Hechizada, Mi bella genio, Los Picapiedras, Los Supersónicos. Todo eso nos hizo conocedores de la historia, al menos desde la cultura pop y más porque igual había de todo entremedio, habían películas y series más documentales.

Además, en mi casa no existía la disciplina. Nadie me dijo “anda estudiar”. Mi casa tenía dos pisos y el segundo piso era el reino de nosotros, de los hijos, y veíamos tele todo el día y nadie estaba haciendo las tareas. Yo puro veía tele, entonces aprendí mucho de la cultura gringa, me identificaba con ella un montón. Hoy la detesto pero la disfruté muchísimo su momento. Me encantan las series y terminé siendo guionista, que es algo muy gringo. Tengo todo eso dentro de mí. Lo pasé muy bien, pero que hoy lo veo con una mirada crítica. Afortunadamente.

-¿Cuál es el grado de afectividad con Rancagua? Ciudad, sobre la que, por lo demás, no he oído tanto de experiencias de apego…

A mí me pasa que voy ahora y todo lo que recuerdo ya no es como era. Quizás sí era bonito antes y ahora está todo plástico y rarísimo. 

Hace un tiempo fui de paseo al cementerio, al antiguo, donde están mis abuelos y mi bisabuelo. Está bonito y lo remodelaron tras el terremoto y quedó muy bonito. Por ahí cerca, en la Alameda, por alguna razón está lleno como de clínicas. Es muy raro y claramente no era así antes. Muy loco. Eso son las cosas con las que una se encuentra, como cuando acá echan abajo una casa para hacer un edificio feo. Lo cuento en el libro, que echaron abajo el Cine Rex que era precioso, tenía una galería abajo. Botaron todo y pusieron el edificio más feo que se les ocurrió. 

Ver todo ese cambio a mí me entristece mucho cada vez que voy, pero a la vez quiero mi ciudad porque igual está mi base.

¿Se deja de ser provinciana?

No, y creo que hay algo bueno en eso. Este año cumplí 22 años viviendo en Santiago y en Rancagua viví 16, porque llegué a los dos. Antes vivía en Coya, por lo tanto llevo viviendo más tiempo acá. Soy una santiaguina a mi parecer, me paseo por la ciudad, me camino todo, pero hay algo de la etapa formativa, en las cosas que una ahí aprende, que marcan tu personalidad, o sea, te marcan como la columna vertebral, y eso nunca una lo pierde y es divertido llevarlo a cuestas. 

Además, al ser de provincia nunca asumo que alguien es de Santiago. Siempre pregunto: “¿de dónde eres?”.  

Yo trabajo en un programa donde del canal donde van invitados que son mayores, y trato a todo el mundo de usted. No se me podría ocurrir tutear a Eduardo Gatti, no podría tutear a un viejo, una vieja. Jamás. Es una cosa que llevo conmigo, que siento que es muy rancaguina, muy pueblerina, muy de provincia. 

Me acuerdo que cuando llegué a Santiago me impacté: mis compañeros que eran de acá tuteaban a los profes y yo, aunque tuvieran 30 años, les decía tipo “oiga caballero, usted”. Entonces hay algo de esa cosa de ser pueblerina que a mí me parece cute que creo que está bueno mantenerla porque es una anti soberbia que me cae bien. Siento que hay una hospitalidad que uno trae consigo, una cosita que una anda trayendo en el bolsillo, una tarjetita que en algunas cosas igual te sirve.

-¿Qué más estás escribiendo ahora?

Tengo por lo menos dos proyectos a medio desarrollar. Uno es de cuentos de ficción que tengo listos, otros que están haciendo en primera versión, otros en ideas sueltas. Como soy guionista, una cosa que me es muy útil es que todo lo transformo en una pequeña sinopsis porque lo tengo integrado, entonces si se me ocurre una idea la anoto completa. Si anoto una frase se me va olvidar. 

Hay cuentos que los vengo arrastrando hace 12 años y todavía no los suelto, no lo deposito en la hoja. Están escribiéndose en otra capa de mi mente, y ahí hay varios que tengo pendientes. Algunos ya están escritos y más revisados. De hecho, publiqué hace poco uno en la revista La Lengua. Me gustaría hacer una pequeña compilación de esos cuentos y ver si a alguien le interesa.

Por otro lado, tengo un proyecto de algo de no ficción y que es más temático, que no voy a contar tanto porque es un poco raro de explicar. Eso me tiene motivada y me gusta la idea de pasarme de uno a otro.

 

AUTOR/A/ES
POR 
Francisca Palma
Nortina y hospiciana. Periodista, funcionaria pública y bordadora. Autora de Iquique Glorioso (Editorial Radio U. de Chile, 2016) e Iconoclastas (Navaja, 2024).
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