¡Oh, el pistilo! Presentación de «Hay algo negruzco adentro de mi nombre» de Soledad Fariña

septiembre 06, 2026
-

El pasado miércoles 2 de septiembre se presentó en la librería La Quiltra el libro Hay algo negruzco adentro de mi nombre, de la poeta Soledad Fariña. El texto editado por Objeto Ancla recopila cinco relatos compuestos durante los años ochenta y que no habían encontrado lugar en publicaciones previas de Fariña. Reproducimos a contrinuación la lectura de Víctor Ibarra B., del equipo editorial de Objeto Ancla, en torno a estos cuentos sobre flores.

Quiero empezar por dar las gracias a quienes vinieron hoy y a Catherina por acceder a presentar el libro junto a mí, pero sobre todo a Soledad Fariña por confiarnos la publicación de este conjunto de prosas que adoptó un nombre recién en el proceso de edición: Hay algo negruzco adentro de mi nombre. Y aunque los que me conocen saben que soy un formalista, me voy a tomar la libertad de salir del texto y de entrar en la vida, pero solo para volver a él. Necesito hacer un rodeo para mostrar por qué leí del modo que leí, en qué sentido la propia Soledad me inició en un lenguaje para referirme a las flores.

Tomé mi primer taller literario el año 2008, hace casi veinte años, uff: una introducción a la poesía que impartió precisamente Soledad Fariña. Yo sabía bastante poco, y entonces sus palabras y lecturas forjaron un paisaje estable en mí. Recuerdo que leímos Electra en la niebla y Antígona de Mistral, y que Soledad nos habló hasta el cansancio de Safo. Estoy seguro de que revisamos la «Oda a Afrodita», pero no tengo la certeza; no dejó una huella como sí lo hicieron Electra y Antígona, aunque pertenecía al mismo universo mitológico. Un lamento amoroso y ya; qué se hace con eso, pensé. Redundar.

Tiempo después, en un contexto distinto, leí el fragmento 168. Nimio, exiguo. Casi sin sentido. Está compuesto por un solo verso: ὦ τὸν Ἄδωνιν (o ton Adonin), «¡oh, el Adonis!»[1]. De no haber tenido clases con Soledad, no me habría detenido en él. Estas palabras hacen referencia al mito de la muerte de Adonis según el cual, pese a la advertencia de Afrodita, el amante se va de caza y termina herido por un jabalí. Su primera reacción es un grito, «¡oh, el Adonis!», y baja la diosa luego hasta él, que sangra, y lo convierte en flor. Una imagen que me ha obsesionado por años. La consigno cuando escribo poesía, ficción, incluso teoría. Creo que escojo, de hecho, la teoría que me permite volver a esta forma métrica, llamada adoneo, que jamás hubiera conocido, que jamás me hubiera interesado de no ser por Soledad.

El adoneo es la forma que adopta el dolor cuando entra en el mundo y anticipa la metamorfosis del cuerpo en flor para evitar la muerte de un ser amado. Lo que muestra el verso sucinto de Safo es justamente esta intimidad necesaria entre la flor y la muerte.

Víctor Ibarra B., presentador del texto. Créditos: Sumiko Muray

Cuando editamos Hay algo negruzco adentro de mi nombre, pensé inevitablemente en Soledad como una lectora de Safo. Pero pensé a la vez que esta deformación cognitiva me la produjo ella. Y tomando distancia de este sesgo, quiero decir que el libro de Soledad muestra en efecto la vecindad entre las flores y la muerte, aunque sin lamento o con una interjección de placer, porque se enuncia desde la seducción.

Cinco son las flores que toman la palabra: Amapola, Adelfa, Amor Mío, Abrojo y Clavelina. Comparten un paisaje y juegan papeles complementarios en interacciones que ensayan un lenguaje explotado en boca de una niña, que no es niña, sino flor, sino acontecimiento de palabras que tropiezan el ritmo de la lectura para obligar la atención sobre la imagen. Cada una posee un carácter peculiar: la Amapola guarda algo negruzco adentro de su nombre y se lo cuenta a Romualdo; le acaricia con miedo la mano y le pregunta si él también tiene algo negruzco en el fondo de sus ojos (10).

La Adelfa por su parte está sola, lo ha estado por mucho porque ha crecido hasta separarse de los otros y se halla tan, «tan lejos del camino» (15). Una criatura aparece; la Adelfa «escuchó unos latidos, un quebrarse de ramas y un aliento resoplando a su lado», quiere que él se acerque, que pruebe su «dulzura acumulada en años» (16). La criatura la devora y al consumirla ella revela su secreto que lo deja jadeante, moribundo. El placer no siente culpa, en la escritura de Fariña, al arrasar con lo viviente en los procesos de generación y destrucción orgánica.

Catherina Campillay, presentadora del texto. Créditos: Sumiko Muray

El tercer cuento, protagonizado por el Amor Mío o Nardo Marino, muestra cómo este aprende un lenguaje de la marea que le permite descifrar el tiempo. Incluso lo guarda: en su afán de colección, hace de él una cosa, un objeto; a su lado, un ojo de cristal salado que porta «el enigma adherido» (22), un olvido del que el Nardo también es víctima y que lo convierte, para citar una expresión que utiliza Foucault para hablar de Marguerite Duras, en una memoria sin recuerdos.

El Abrojo en este libro compone la flor reflexiva. Juzga desde la altura la posición de los demás: «La traición, como la Adelfa, siempre nos inquieta, nos sorprende, nos toma por la espalda, la pregunta es ¿por qué?» (27). Le advierte al ser que devora los pétalos de la Adelfa del peligro al que se expone presa de su anhelo, una amenaza de muerte que aparece como objeto ante sus ojos y pone fuera del deseo al Abrojo. Puede verlo porque no está transido de él. ¿Qué es una flor?, «la flor es solo un momento (…) en su eterna caída» (27).

Nicolás Labarca, editor de Objeto Ancla. Créditos: Sumiko Muray

Y por último: la Clavelina, la más consciente de su ser para la muerte. Habita un macizo que no se ha hecho para ella, sino para los gladiolos y las achiras, pero se extiende junto con sus hermanas como un manto blanco, y coquetean con un Jardinero por medio de danzas y coreografías nocturnas que despliegan cuando él desciende su rosto hasta ellas. Anhelan lo alto, aunque saben que han de ser cortadas y recogidas hasta un jarro en el que se habrán salvado de secarse pegadas a la tierra, «¡qué muerte más ominosa!» (34). Hay un presupuesto en la lógica de la Clavelina: la muerte puede ser bella. Arrancada, la flor joven despide un aroma y desata una sonrisa. Esta promesa se destruye porque de la vasija que las contiene se evapora el agua, apretadas no pueden ejecutar su coreografía y el Jardinero está lejos. Abandonadas a la vigilancia de una figura tísica y pasmada, van desapareciendo lentamente. El olor a podredumbre anticipa su partida: en soledad, la última Clavelina ve apagarse las velas y espera en la fetidez que la desagüen. Y aún así se prepara para un último grito que será susurro en forma de pregunta para la figura de yeso: ¿escuchaste nuestro olor?

Mis flores favoritas de Fariña son las inmorales: la Amapola, la Adelfa y la Clavelina. En las tres, la muerte se sigue del deseo sin resistencia. La Amapola teme a Romualdo, pero se deja tocar; la Adelfa cumple su deseo al dejarse devorar intoxicando al ser la devora; la Clavelina anhela seducir a la estatua con su hedor al límite del deceso y la podredumbre. Son inmorales porque su comportamiento contraría la expectativa. Su lamento, su «¡oh, el Adonis!», no quiere preservar la vida de nadie. Se convierte en un adónico nuevo, un «¡oh, el pistilo!», en el que la consumación del deseo y la destrucción de lo vivo convocan al gran otro para hacerlo florecer.

Presentación Hay algo negruzo adentro de mi nombre, Librería La Quiltra. Créditos: Sumiko Muray

[1] Esta traducción es demasiado literal, normalmente se vierte por ¡oh, Adonis!, pero en nuestro español de Chile «¡oh, el Adonis!» sí hace la pega y logra reproducir con fidelidad el pie métrico del griego de Safo.

ARTÍCULOS RELACIONADOS