Apuntes para la teorización de una literatura neoliberal: Mi año de sexo y relajación de Romina Pistolas

Pareciera que los libros de influencers suelen ser evaluados desde perspectivas que enfatizan su dimensión mediática y valórica antes que los procedimientos literarios que los estructuran. Este análisis busca desplazar esa mirada para atender a las formas narrativas y culturales en diálogo con las coordenadas políticas del presente, entendiendo sus procedimientos formales como síntomas de las contradicciones históricas que la atraviesan.
Este tipo de advertencias pueden parecer algo obvias, pero se vuelven necesarias porque la crítica cultural en torno a las personalidades mediáticas del internet suele recibirse como una ofensa personal desde sus entornos y lectores. Porque, cuando el autor o autora, la voz narrativa y la marca personal tienden a unificarse, toda crítica —literaria, estética o cultural— corre el riesgo de ser leída como un cuestionamiento personal, lo que, cuando menos, merece ser problematizado. Las intenciones del autor, reales o supuestas, pertenecen a un terreno de evaluación moral que responde a otro tipo de discusión, de la cual, a mi juicio, la crítica literaria y cultural debería mantenerse distante.
Me interesa leer Mi año de sexo y relajación más allá de los aspectos meramente valóricos o de las preferencias estéticas individuales sobre la autora. La obra constituye un síntoma de época al expresar la erosión de los sistemas de socialización que estructuraban la identidad moderna y su reemplazo por una lógica de mercantilización en la cual la subjetividad solo resulta legible en tanto mercancía, adaptada a un signo constituido por medio de la función que adquiere por su valor de cambio. Así, esta transformación se manifiesta en uno de los rasgos más significativos del texto: la constante psicologización de la experiencia, perceptible desde el propio título y reiterada a lo largo de la narración, en el que la novela organiza la vida de la protagonista a partir del lenguaje terapeútico y autorreferencial.
Este desplazamiento constituye, para Mark Fisher, uno de los principales mecanismos de reproducción ideológica del neoliberalismo: una crisis histórica y política se traduce en un problema de gestión individual de la salud mental. La depresión, el agotamiento y la frustración dejan de aparecer como efectos de las condiciones materiales y se reinterpretan como conflictos privados que deben resolverse mediante el consumo, el placer inmediato, los estímulos exógenos o la permanente “priorización” del yo. De este modo, el malestar social es despolitizado y reconducido hacia formas de autorregulación compatibles con la racionalidad neoliberal, en un proceso donde la subjetividad misma se convierte en un nuevo espacio de valorización del capital y la retórica de la salud mental termina por funcionar como uno de sus principales dispositivos de legitimación. El economista marxista Ernest Mandel identificó esta tendencia del capitalismo de forma anticipatoria; vivimos en un momento histórico en que todos los aspectos de la vida social –pública y privada–, desde la esfera psíquica y emotiva hasta la salud, el cuidado y la educación se han mercantilizado. Así, esta tendencia toma especial relevancia en el aspecto literario, a partir del principio materialista de que la literatura es la expresión (inconsciente) de las contradicciones que se presentan en la realidad material.

En Mi año de sexo y relajación asistimos a una amplificación de esta lógica cultural. Romina Pistolas (la narradora que encarna el discurso diegético, no la autora) proyecta un régimen de vida en el que el sufrimiento, el placer y el éxito se convierten en bienes susceptibles de adquirir valor mediante su circulación y consumo. Desde la posición de narradora, la protagonista encuentra –a través de la mercantilización de sus impulsos y afectos– una salida íntima frente a una realidad material fracturada. Como ha mostrado Eva Illouz, el capitalismo contemporáneo convierte la experiencia emocional en un ámbito de inversión, gestión y consumo. El itinerario de autorrealización de la protagonista recuerda al de Comer, rezar, amar: las contradicciones derivadas de las condiciones sociales son desplazadas hacia el ámbito de la subjetividad individual, donde encuentran una falsa resolución en la búsqueda del perfeccionamiento personal y en la ilusión de controlar la vida individual.
Pero, a costa de esa autorrealización, las relaciones de las personas que la rodean son reificadas: cada afecto, relación y encuentro queda imbricado en una dinámica transaccional determinada por su valor de cambio. En una de las reflexiones hacia el final del libro, tras una ruptura amorosa, el “pololo” de la protagonista, desprovisto de nombre e identidad narrativa, expresa: “No creo que hayamos fracasado. Creo que nos dejamos mejor de lo que nos encontramos, y esa es una relación exitosa. Creo que triunfamos”. En otro pasaje, al referirse a Jota (el otro personaje masculino que funciona como una especie de amante o affaire) señala: “Ya han pasado dos meses desde que lo conozco, y por lo tanto ha pagado casi diez mil dólares, sin contar comidas y hoteles. Solo plata para mi bolsillo”. Los afectos, el sexo y el placer aparecen así mediados por la forma de mercancía; solo adquieren sentido en la medida en que resultan funcionales al plan de plenitud, autoconocimiento y realización personal.
No es una decisión meramente formal que los personajes sean despojados de una subjetividad compleja y autónoma; por el contrario, estos se definen por la función que cumplen dentro del itinerario de la protagonista. En distintos momentos del texto, este reduccionismo se materializa de forma explícita: la narradora llega incluso a cobrar en dólares a uno de los personajes para permitirle hablar con ella. En vez de recurso humorístico o excentricidad de la trama, la mercancía y la producción de un valor fungible y abstracto, desligado de las particularidades concretas de los sujetos y de sus relaciones, constituyen los principios estructurantes de la obra (son los mecanismos formales y temáticos que hacen posible su configuración). El texto termina por resolverse dentro de las lógicas de la autoayuda y el autocuidado, en las cuales el neoliberalismo parece ofrecer una salida mediante el reemplazo de la imaginación de alternativas mancomunadas por estrategias individuales de adaptación y aceptación, frente a la percepción de una incapacidad para incidir sobre la realidad.
El camino que siguió Romina con este libro fue precisamente consolidar su posición en esa esfera mediática de los influencers. Una generación que ha hecho de la venta de su propia imagen un estandarte personal y que ha incorporado a su repertorio discursivo causas como el orgullo LGBTQI+, los damnificados por desastres naturales, el medio ambiente, el deporte, la salud mental o la superación personal, aunque con frecuencia capitalizado como mercancía e integradas en campañas, colaboraciones o eventos patrocinados por marcas transnacionales: un signo vacío que el capitalismo captura y resignifica por medio de su transacción mercantil. En este contexto, el arte, los posicionamientos éticos, políticos, estéticos y el activismo dejan de funcionar únicamente como conciencia de la realidad, y pasan a incorporarse a las estrategias de valorización de la identidad pública. Así, una influencer puede recomendar un documental sobre un campo de concentración con la misma lógica con la que recomienda un perfume.

La autora es parte de esta generación de figuras del espectáculo que encarnan los horizontes subjetivos ofrecidos por el capitalismo y han consignado los espacios de fiesta como “trincheras políticas”, el gimnasio y el entrenamiento deportivo como “querer ser la mejor versión de ti mismo” y un conjunto de lugares comunes del autocuidado y la positividad: “no pain no gain”, “weona tú podí”, “manifiéstalo”, “main character energy”, “la mejor amiga de las girls”, “brilla weona, brilla” etc.. Una alternativa ofrecida frente a la crisis de las estructuras sociales y la dificultad de imaginar formas de transformación: la promesa de cambio se desplaza desde el mundo hacia la individualidad.
¿Por qué pareciera que la discusión pública equipara la crítica al texto a la persona real? Porque en este caso el propio dispositivo editorial potencia esa operación: los textos de Romina Pistolas construyen su valor a partir de un pacto de autenticidad que reduce o colapsa la distancia entre autora empírica, narradora y personaje. Esa dualidad entre activismo, consumo y autopromoción, esa paradoja entre el personaje estético y el personaje real, no constituye una anomalía, sino la característica primordial que el neoliberalismo integra a los aparatos críticos y estéticos dentro de sus propios circuitos mercantiles.

La promesa de acceso a una experiencia “real” desplaza la autonomía de la ficción y convierte la dimensión biográfica en el principal valor de la obra. Es también la tendencia a construir y exhibir una identidad cuidadosamente diseñada para el consumo de otros, algo que se vuelve evidente al hacer doomscrolling en Instagram y TikTok, plataformas donde el patrón es casi idéntico: un chico o una chica brat, con una vida que parece sacada de Jersey Shore, se siente mal y, en un acto errático, compra pasajes a otro país. Sale de fiesta constantemente y pareciera vivir en un capítulo de I Love L.A.. Su confidente es su amigo gay, quien solo actúa como un adyuvante de su empresa personal y tiene asignado un papel estereotipado, difícil de abstraer de fórmulas como: “Period, slay, amiga, tú podí”. Su subjetividad aparece representada en escenarios predecibles y estereotípicos, como cuando la protagonista dice: “Nada mejor que un gay en momentos en que necesitas odiar a los hombres”, mientras cuenta los dólares frente a la cámara y publica su vida en TikTok.
Tanto esta obra como Carmen o cómo me inicié en el negocio de bailar sin ropa, Hábitos atómicos, El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda, Padre rico, padre pobre, Elige o eligirán por ti de Sammis Reyes, los libros de Yuval Noah Harari, Romper el círculo y casi todos los textos escritos por influencers que hoy ocupan las vitrinas de los malls, participan de una misma formación estética y en una misma función social. Se trata de obras que, con registros y propósitos distintos, convierten el emprendimiento del yo, la optimización permanente y la monetización de la experiencia en principios narrativos y éticos. Más que simples productos editoriales exitosos, constituyen una de las expresiones culturales características del capitalismo neoliberal contemporáneo: textos que no solo representan esas formas de vida, sino que las reproducen e incorporan formalmente la lógica de que incluso la identidad, los afectos y la experiencia deben administrarse como un capital susceptible de valorización.
Romina Pistolas en otro medio afirmó: “Me cargan los snobs literarios, me gustaría que dejemos ese concepto de escribidora versus real literatura atrás. Me suena a gente mezquina con sus espacios, que deberíamos tratar de ampliar, no reducir”. Coincido con esta postura. En lugar de establecer fronteras rígidas sobre qué textos merecen ser considerados literatura, creo que estas obras pueden —y deben— leerse desde las herramientas de la crítica literaria. No porque carezcan de valor debido a su dimensión comercial, sino porque precisamente en esa dimensión reside su riqueza estética y porque, a partir de ella, forman parte del fenómeno cultural que expresan. Lo que propongo es nombrar a esta nueva tradición como “literatura neoliberal”.

Corolario: una definición de la literatura neoliberal
Se trata de un conjunto de producciones narrativas ficcionales y no ficcionales en las que la experiencia individual, la intimidad y la subjetividad se organizan bajo las mismas lógicas de circulación propias del capitalismo neoliberal. No son solo textos orientados al consumo masivo, sino obras cuya forma y contenido participan de una racionalidad mercantil, donde la identidad del autor, la figura del narrador y la construcción del personaje tienden a integrarse dentro de una misma economía de la exposición y la valorización del yo.
En esta literatura, la vida privada se convierte en materia narrativa y, simultáneamente, en objeto de consumo. El sufrimiento, la superación personal, el placer y la autenticidad aparecen como recursos intercambiables dentro de un mercado de experiencias. De este modo, más que representar una realidad externa al capitalismo, estos textos configuran formalmente una sensibilidad histórica en la que el individuo aparece como gestor permanente de sí mismo, obligado a convertir su propia subjetividad en un proyecto de inversión y valorización. En ese punto reside la paradoja de esta nueva literatura: nunca la intimidad había sido tan visible, pero tampoco nunca había estado tan completamente organizada por las reglas del mercado. Su forma –guardando proporcionalmente las distancias– puede establecer un paralelismo con el Bildungsroman y su función formativa en la constitución de los sujetos modernos vinculados al surgimiento de los Estados nacionales europeos durante el siglo XIX. Sin embargo, mientras la novela de formación clásica narraba la integración progresiva del individuo en un orden social en consolidación, estas nuevas narrativas íntimas representan la adaptación del sujeto a un orden neoliberal donde la gestión de sí mismo pareciera constituir su función social.
Mi lectura no implica un rechazo rotundo a estas expresiones culturales, sino más bien un interés genuino por comprenderlas, teorizarlas y analizar cuáles son los síntomas que allí operan (y, por qué no, también disfrutarlas). La agencia que pueden tener estos textos resulta especialmente poderosa cuando son leídos desde las claves pertinentes y a contrapelo de la recepción que es predecible por el mercado. ¿Existe aquí un impulso presente? ¿Una forma de evasión que, al mismo tiempo, se resiste al agotamiento que el neoliberalismo ha producido? Creo que sí.




