El tango infinito. Un diálogo imaginario con Horacio Ferrer

No sabría decirte a qué le debemos el tango. Digo «qué», porque podría ser un «dónde» o un «quién». El corto siglo XX, el siglo parvo, infame, el siglo del neón y de los anuncios for export dice que se lo debemos a Buenos Aires y a Gardel. Yo no sé. Me parece que con Buenos Aires la deuda es inversa, y es la ciudad la que le debe su vida a los compases de las calles Chile y Talcahuano (según la ortogénesis borgeana, claro). De Gardel no sabría qué decirte.
 
Supongo que sí, que hay mucho de nostalgia en la deuda, pero no me gusta la palabra… deuda. La nostalgia es otra cosa, es más caprichosa, más infantil, casi creativa.
 
El tango creó en su nostalgia un Buenos Aires que quizás nunca existió, un Buenos Aires fugaz, ilusorio y sin embargo absoluto, ahí donde todo el mundo entra en el barrio sur de Troilo y Manzi, porque todo el mundo tiene su barrio sur, con sus Troilos y Manzis. La deuda no es nuestra, Horacio, la deuda es de la realidad.
 
Eso sí, de terno y corbata, como Zitarrosa y Lenin, pero cerca de dársenas y estibadores, o de bares y talleres, de panaderías y sastrerías, de zapaterías y relojerías, cerca de costureras y suplementeros, de oficios y no trabajos. O al menos eso decidimos que sea el barrio sur, con sus Troilos y Manzis, los barrios donde la vida y el dolor, el amor y la amistad son artesanales.
 
Pero no todos los barrios tienen dársenas. Fíjate Horacio que Eileen Karmy y Cristian Molina recuerdan en Tango viajero una pieza que Gabriel Clausi compuso en 1946, y que coquetea en analogías con la celebración de lo inexistente que ensayaran un año antes Rodolfo Sciammaella y Carlos Petit, ese bello ejercicio imaginario y caprichoso de cien barrios más casuales que causales,
 
Quiero cantar a los cien barrios de Santiago,
Para ofrendarles mi amor y gratitud,
Recordando aquellas horas tan felices
Que pasé en aquellos tiempos no olvidados.
 
Dónde estarán aquellas lindas muchachitas
Del Año Veinte, de la Quinta Normal,
De la Plaza Chacabuco y de Brasil,
De Ñuñoa, Plaza Almagro y Bogotá
 
San Diego, Vivaceta, Independencia,
Estación Alameda y Portugal,
San Eugenio, Matadero y El Portal
Diez de Julio, Matta y Carrascal.
 
Y esos bailes en las noches de verano
En las fiestas del alegre carnaval,
Eran otros esos tiempos que pasaron
Y que nunca más Santiago ya verá.
 
Qué bien cantaba el Pepe Aguirre, Horacio. ¿Lo escuchaste alguna vez? El Santiago barrial y centenario de Clausi es el barrio de un sur infinito que no necesita vientos ni rosas cardinales, que está ahí, siempre ausente, inconcluso, tan cerca como se quiera de cualquier línea que haya escrito Nicomedes Guzmán. Un sur relativo al ritmo y al compás, y no al norte de alguna capital. Un sur donde los trenes se desmantelan y van a morir. Ese sur que es también el Miraflores y el Sopocachi paceños de Néstor Portocarrero,
 
Tierra mía, mi canción como un lamento
Ve en las noches de esta innata lejanía,
Y mis versos, el recuerdo hecho armonía
Sollozando por el monte lleva el viento.
 
Es tu cielo de un azul inmaculado
Son tus flores de un perfume sin igual,
Desde el lago Titicaca te han cantado
Mil sirenas con sus voces de cristal.
 
Sopocachi de mis sueños juveniles,
Quince abriles quién volviera hoy a tener,
Miraflores mi refugio dominguero
Sólo espero a tu regazo volver.
 
Y cantar mi serenata bajo tu luna de plata
Cerca del amanecer,
Y entre amigos y cerveza, disipar esta tristeza
Y una nueva vida hacer.
 
¿Un tango para una ciudad? No lo sé, es algo extraño. «No es del todo seguro, porque en asuntos de esta especie nada escapa nunca del todo a la sospecha y a la suposición, pero puede que el tango de Carlos Di Sarli, que él compuso para homenajear a la ciudad en la que había nacido, haya derramado al fin su tan indeseada fama sobre la propia Bahía Blanca, ciudad yeta hoy por hoy ya sin remedio… – Es que la realidad imita al arte». Eso se lo leí a Martín Kohan en Bahía blanca.
Horario Ferrer junto a Astor Piazzolla
Espeluznante, pero cierto. Demasiada responsabilidad. Hay un viejo chiste soviético según el cual cuando Lenin subía a los estrados, formales o improvisados, la realidad temblaba sabiendo que una vez más tendría que cambiar, como por causa de un efecto mimético inverso que ni los más célebres peripatéticos lograron descifrar. La deuda es de la realidad con tus libretos, Horacio, no al revés. La ciudad, el sur dijiste, es donde todos mueren de madrugada, guardando mansamente las cosas de vivir, con pequeñas poesías de adioses y de balas, en un compás sin cursivas, interminable, donde el penúltimo whisky queda sin beber. A Julia Zenko, a Rinaldi, a Baltar, qué bien les quedaba todo lo que escribiste, Ferrer. Mejor que a Raúl Lavié. A Elena Roger, y a Mina, la primera vez que cantó con Piazzolla el ’72, ¿lo recuerdas?
 
Quizás sólo sea una cuestión de gustos. Siempre preferí a Baltar también.
 
Al sur no sé si se llega, o si en realidad se lleva, se padece, se carga, indefectiblemente se ama. Es el sur universal de las pasiones irracionales de la artesanía cotidiana, no el sur global de las especialidades, del urbanismo y la sociología, que poco viene al caso. Y es que la diferencia es una cuestión de dimensiones, de conectividad (dicen). La distancia relativa metropolitana está en los flujos y canales, la del sur está en la simultaneidad infinita de las pasiones. De los que se quedan, y de los que yéndose vuelven, itacenses como Kavafis. También de los que quedándose no vuelven más. El sur está en todas partes, Horacio, en todo presente. Tan presente como todo futuro posible. Bachelard solía decir que la poética del espacio está en entregarse a palabras y experiencias vividas y soñadas, al momento de la posibilidad necesaria, como imágenes “que ya no pueden considerar con provecho las relaciones entre el pasado y el presente”, imágenes que producen “rupturas de significado, de sensación, de sentimentalidad”. En la nostalgia imaginaria del tango el espacio aparece como un preludio tan posterior al futuro como anterior al pasado, tan presente como ausente, espacio salido de síout of joint, hizo decir Shakespeare a Derrida–. Tú también lo dijiste, Ferrer,
 
[…] Le ladrarán a mi sombra los perritos vagabundos,
Con mi modesto equipaje llegaré del más allá
Y arrodillada en mi Río de la Plata lindo y sucio,
Me amasaré otro incansable corazón de barro y sal
Y vendrán tres lustrabotas, tres payasos y tres brujos,
Mis inmortales compinches gritándome! fuerza che!
Nacé, nacé, dale piba, metéle hermana que es duro […canta Zenko, por supuesto]
Pero muy bueno el oficio de morir y renacer.
Renaceré, renaceré, renaceré,
Y una gran voz extraterrestre me dará la fuerza antigua
Y dolorosa de la fe para volver, para creer, para luchar.
Tendré un clavel de otro planeta en el ojal,
Porque si nadie ha renacido, yo podré […]
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La clave está en la nostalgia de un espacio imaginado, ¿no te parece? A diferencia de los hijos del Jordán, el renacimiento del tango, de tus tangos, Ferrer, no lleva tras de sí la pureza de lo nuevo y la inocencia del bautismo; lleva tras de sí la insistencia del tiempo incomprensible a la sumatoria, la sucesión y la continuidad. Ahí está ese trocito, pequeño, de acaso tu mejor obra,
 
Siempre me digo
¡Dale María!
Cuando un misterio me viene trepando la voz,
Y canto un tango que nadie jamás cantó
Y sueño un sueño que nadie jamás soñó:
Porque el mañana es hoy
¡Con el ayer después, che!
 
En el antes forzado de las ficciones narrativas nos hiciste recordar a Vallejo. Me gusta pensar que lo hiciste por compromiso, pero también me gusta pensar que fue una de esas casualidades como el pase filtrado al vacío que no se sabe bien quién recoge o agradece. Ese vacío que se llena de reojo, intuitivo, como un grito,
 
La pequeña nació un día
que estaba borracho Dios:
por eso, en su voz,
dolían tres clavos zurdos…
¡Nacía con un insulto en la voz!
 
Tres clavos chuecos…
Un día que estaba mufado Dios.
 
Tres clavos negros…
Un día que estaba de estaño Dios.
 
Tendrás dos tangos por cruz, le dijiste a María en alguna línea. Tangos tan fuertes como los golpes del odio de Dios. Esto último lo dijo César Vallejo,
 
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
 
En el sur se nace los días que estuvo enfermo Dios, con un insulto en la voz contra el Dios de Lautréamont. Te imagino diciéndole a Breton que los disparos son al aire, al Dios del sur, no a la surrealista multitud. Arrojados como la última grela,
 
Con vino y pan del tango tristísimo que Arolas
callara junto al barro cansado de su frente,
le harán su misa rea los fuelles y las violas,
zapando a la sordina, tan misteriosamente.
 
[…]
 
Y un sordo carraspeo de esplín y de macanas,
tangueándole en el alma le quemará la voz,
y muda y de rodillas se venderá sin ganas,
sin vida, y por dos pesos, a la bondad de Dios.
 
¿Te acuerdas, lo que dijiste? Que hoy, a los poetas, a los pungas y a las locas nos saldría un cuervo blanco por la boca. Tan blanco como la blancura de tu bicicleta, ese otro tango que escribiste, que ofreciste, que regalaste, donde advertiste del ciclista infinito como el tiempo, como el espacio y el sur, que ni viene ni va, pero que miramos con amor su andar, sus caídas, su lentitud. El difícil trabajo de renacer, de la cotidianidad artesanal. ¿Lo recuerdas?
 
¿Cómo te olvidaste que no somos ángeles, sino hombres y mujeres? Lo mejor que escribí.
 
Quizás lo escribiste porque ese día también estaba borracho Dios. Bueno, qué más da, si de nuevo todo barrio sur nos pondremos a fundar, una y otra vez, en Santiago, en Berlín o en París, y también en el Maghreb.
Angelo Narváez
Angelo Narváez
angelo.narvaez.l@gmail.com