Genealogía de una crisis. Parte II.

Texto escrito por Cristián Cepeda-Oropesa, Ricardo Pérez-Abarca, Silvio Reyes-Rolla.
La segunda parte de la transición se caracteriza por la profundización del modelo, es decir, el paso de una economía de mercado a una sociedad de mercado. Los valores neoliberales se hacen hegemónicos en la sociedad. Culturalmente fuimos una sociedad que en su subjetividad reproducía y legitimaba formas de ser y hacer de las cosas como fenómenos mercantiles, lo que, por cierto, no estuvo exento de resistencias y algún malestar social. Aquí, parafraseando a José Bengoa, se fraguó otra dinámica de la democracia tutelada bajo la experticia tecnocrática profundizando la distancia entre lo político y social-civil.
 
La tercera parte se caracteriza por comprender la década posterior a 2010 donde una élite política «progresista» debe rearticularse por la derrota en la contienda de la administración del Estado. Esta consiste en una respuesta al agotamiento de una coalición que no posicionaba ningún relato que pudiera identificarse en los ciudadanos y no asir en su sustancialidad las demandas de la gente; comenzaba así una desafección entre sociedad civil-ciudadanía y clase política (PNUD, 1998). Un tercer elemento de esta etapa es la configuración de grupos políticos que nacen al alero de la organización estudiantil como espacio de politización y resistencia, fenómeno que reconfigura el campo de lo político, desarrollando una capacidad discursiva y peticionaria para darle fin al proceso de transición, el cual inexorablemente está vinculado al reemplazo de la constitución del 1980 (PNUD, 2015).
 
Durante la década de los noventa, los intelectuales orgánicos del sistema nos hicieron creer que existió una separación entre un cierto «pesimismo subjetivo» de crecientes capas de la población (capas que fueron «insertadas» al sistema a fines de la década de los ochenta y que vieron crecer su poderío simbólico desde los años noventa) frente a los «datos objetivos» del crecimiento y desarrollo humano de nuestra nación. Un ejemplo de ello es José Joaquín Brunner (1994) quien afirma que el individuo padece una triple crisis (de sentido, pertenencia y valores) que confecciona una desafección y apatía hacia la democracia en un contexto emocional donde se perdieron las ilusiones. Así, fue fácil cambiar al individuo por el consumidor, donde el «yo» se construye por los objetos, por la idea de la imagen-ser: se confunden los atributos del yo con el confort, con las posesiones. En consecuencia, se produce la fetichización del dinero como objeto de deseo (espíritu mercantil) en tanto medio de adquirir objetos. Es decir, hay una exacerbación de amor al dinero.
 
Esa lógica impuesta en los noventa (en el sentido de la triple crisis) provocó un malestar en tanto que se rompieron las estructuras morales tradicionales donde se afincaba el sentido de protección y confianza (familia, comunidad local), pasando estas a su mercantilización. Se destruyeron los factores que construyen sociedad (ahora son gestos del mercado). En síntesis, una reducción de las lógicas imperantes de lo social, hasta ese momento, ahora puestas en valor comercial. Tomás Moulian en su texto Chile Actual. Anatomía de un mito (1997) se pregunta por qué, pese a eso, no hay un inconformismo evidente que remeza la legitimidad del modelo. Para acercarnos a una respuesta a esa interrogante, nuestra mirada se dirige hacia los mecanismos de integración social, donde el mercado y el crédito jugaron un papel central para el disciplinamiento, el orden y el consenso.
 
Sin embargo, aquella ilusión se rompió: el velo de la ideología neoliberal explotó el 2011. Ya nadie podía defender/criticar al sistema desde la dualidad objetiva/subjetiva, ya no eran «ciertas capas de la sociedad» que no se sentían integradas al sistema −mas todos integrados a él− ya sea por el insoslayable costo de la vida o porque a otros les quemaban sus tiendas y sus pagarés. Todos habían sido integrados al sistema, algunos bajo cómodas cuotas a largo plazo, pero que cuyo interés hacía que sólo unos pocos pudieran disfrutar de su liquidez. Cuando hablamos de aquellos «unos pocos» que disfrutaban nos referimos al 1% de la población que se lleva el 30% del PIB, y cuando hablamos de «algunos» nos referimos a todo el 99% restante de la población que trabaja para que ese 1% pueda seguir otorgándoles créditos.
 
Fue así que, entre el 2001 y el 2019, la izquierda chilena, los intelectuales críticos del sistema y las movilizaciones sociales acumularon una serie de victorias relativas que trizaban la hegemonía naturalizada del sistema neoliberal (triunfante luego de la última gran derrota de éstos mismos a finales de los ochenta), periodo que para una más detallada aprehensión lo segmentaremos en seis subperiodos: a) 2001 al 2006. Nuevas formas de acción política: los colectivos como herramientas de la lucha de masas; b) 2007 al 2010. La frustración y articulación contra el consenso: aprendiendo de los errores; c) 2011. La impugnación al modelo; d) 2012 al 2014. Rearticulación de la elite: la secularización de la utopía; e) 2014 al 2017. El transformismo progresista; y f) Proceso constituyente-instituyente-destituyente: el nuevo pacto social-constitucional.
 
 A) 2001 a las 2006 Nuevas formas de acción política: Los colectivos como herramientas de la lucha de masas.
 
Este periodo es importante para nosotros dado que es el momento donde la hegemonía que tenían las juventudes políticas de la Concertación en el ámbito de lo estudiantil pierden su vinculación con las masas y su representación política, debido a su constante imbricación con los intereses del gobierno de turno que chocan con las demandas y situación material del estudiantado haciendo de lo social algo político. Frente aquello, los colectivos políticos a la izquierda de la Concertación pasan a ocupar el lugar de mediación de lo político, pero esta vez no existiendo una dualidad de «lo social» con «lo político», sino fundiéndose en una dinámica lo político-social.
 
Un ejemplo de estas nuevas organizaciones son los colectivos de la Nueva Izquierda, Movimiento Político Social Zurda, Izquierda Autónoma, Crear, Frente de Estudiantes Libertarios, etc. Quizás el mejor ejemplo de estos cambios es el que se dio en el mundo secundario que generacionalmente empezó en el 2000 y que tuvo su gestación durante el 2001 con el llamado «mochilazo» y el 2006 con la «revolución pingüina» en un primer momento, para alcanzar su madurez en el 2011.
 
«En el último congreso del 2000 se terminó la FESES y los asistentes propusieron formar una asamblea que tuviera contacto con las bases, que no sólo fuera el presidente del centro de alumnos a las reuniones, sino que la base escogiera a cualquier alumno. Es necesario formar el movimiento estudiantil secundario con quienes realmente lo sostienen: estudiantes comunes y corrientes, y consejos de curso” (Vocero ACES, 2001).
 
Podemos observar dos importantes características en esta cita: primero la ritualización del fin de un proceso, donde se dio por «terminada» la FESES, quien fuera el organismo de institucionalización política de los secundarios, creado en la década de los 70’s y que perduró de forma intermitente durante los 80`s y 90`s, treinta años de tradición política secundaria hegemonizada por los partidos políticos tradicionales (desde la JDC, pasando por las JJCC, JS, IC, JPPD). La idea de las «bases», si bien siempre ha sido una discusión recurrente en la izquierda, se habían entendido como una masa, que había que dirigirla bajo la lógica de «uno para todos». Por el contrario, la idea de que «es necesario formar el movimiento estudiantil secundario con quienes realmente lo sostienen: estudiantes comunes y corrientes», la lógica articuladora pasaba a desarrollarse de forma inversa, donde eran muchos los que se unían por un objetivo generando una fuerza de multitud de un «todos para uno», es decir, una organización mucho más abierta y horizontal, basada en esa concepción de singularidad y cooperación que da cuerpo al concepto que Micheal Hardt y Antonio Negri llaman “Multitud” (Hard & Negri, 2008).
 
B) 2007 al 2010. La frustración y articulación contra el consenso. Aprendiendo de los errores:
 
Sin embargo, estas nuevas organizaciones no supieron mantener la presión del movimiento, haciendo que la experiencia política de los gobiernos de la Concertación fuera capaz de neutralizarlo, mostrando en su mejor expresión la política de los consensos con la derecha conservadora, haciendo una condición de la democracia entenderse con ésta y el gran empresariado.
 
En el debate político de aquellos años, además, existió una ofensiva conservadora por parte de la derecha más dura (lo que no significó el quiebre del consenso político), lo que llevó que el discurso del eje progresista del gobierno tuviera mayor posicionamiento (en esos años hubo renuncias, nuevos movimientos y partidos políticos hacia la «izquierda»), haciendo que el movimiento social, principalmente estudiantil, adoptará el discurso de los sectores progresistas del gobierno (Navarro, Arrate); es decir, a la pérdida política de la conducción del movimiento, se sumó una pérdida en la capacidad de construir discursos que apelaran a la sociedad.
 
Es a finales de este periodo donde la Concertación, principalmente el PS, sufre una fuga de militantes históricos que, estando más o menos insertos en la administración directa de las políticas públicas, se cansaron de revertir internamente el viraje neoliberal que tomó el otrora partido de Salvado Allende. Esta podría ser considerada una primera señal del agotamiento sobre el inmovilismo pragmático e ideológico del PS y, eventualmente, de la Concertación.
 
C) 2011. La impugnación al modelo
 
El año 2011 fue un año para el «relámpago de la historia». Durante los dos semestres del año pareció que el derrumbe del sistema era inminente, muchos pensaron que la hegemonía del sistema neoliberal llegaba a su fin.
 
Incluso los niveles de desaprobación y rechazo al mundo empresarial alcanzaron sobre el 60%, altísimo dato para un país que durante todos los años 90’s amaba al empresariado; cuando se conoció el caso La Polar estos números se dispararon superando el 80%, a la par con la percepción de que los abusos y delitos cometidos por La Polar eran prácticas comunes en las demás casas comerciales (CADEM, 2011).
 
Otro dato importante durante dicho año fue que por primera vez desde la vuelta a la democracia el problema de la delincuencia fue superado por otra preocupación por parte de la ciudadanía, siendo el tema de la educación el que mayor atención suscitaba.
 
No a HidroAysén; Patagonia sin represas; Caso Farmacias (colusión); Caso La Polar; Hospital de Talca; Pedofilia en la Iglesia Católica; Corrupción en la Iglesia Evangélica; Violencia Estatal (estudiantes, pueblo mapuche, manifestantes en general); Protesta en Freirina; Protestas en Calama; Protestas en Magallanes. De alguna u otra manera empieza a adquirir cierta centralidad en la discusión política y social, ya sea por la masividad de las protestas o por la legitimidad de la misma, temas de orden ético-morales (el abuso económico y de confianza de una élite empresarial y valórica) y de patrones productivos a nivel local según los diversos territorios nacionales. Las demandas en torno a la educación logran que se focalice la discusión en el corazón ideológico del modelo: la mercantilización de servicios esenciales y sus consecuencias para las familias, como el endeudamiento, y el consecuente traspaso a otras áreas como el medio ambiente y la salud de la población.
 
Un concienzudo análisis del año lo podemos encontrar en el texto de Leandro Sanhueza Movimiento estudiantil: Crisis político-ideológica y legitimidad:
 
“Conflicto que abrirá el 2011, año que se caracterizará por la oleada de protestas que tendrá el país y que enfrentará la administración de derecha. En mayo sucederá otro hecho político importante en términos de acción colectiva. La aprobación del proyecto energético HidroAysen, con cinco centrales hidroeléctricas en la Patagonia, catalizó un fuerte descontento social con el gobierno de Piñera. Ochenta mil personas marcharon el 20 de mayo en la capital (según la policía 40 mil) y cincuenta mil el 21 de mayo (día en que el presidente entrega la cuenta anual al país, de lo que se ha avanzado y de los proyectos futuros) en Valparaíso, movilización que también se cruzaba con la estudiantil, y decenas de miles en 26 ciudades del país”.
 
A esto se agrega el replanteamiento de nuevas formas de protestar, matizándose en jornadas carnavalescas, actividades deportivas, performances, flashmobs, etc., así como también manteniendo lógicas tradicionales de la acción colectiva, como tomas de establecimientos educacionales, marchas y paros. Los cambios de las nuevas formas de protesta lograron concitar simpatía en la gente no movilizada y una mayor sintonización con las demandas del movimiento. La utopía, por tanto, vino de la mano de una generación que creció con la despolitización de su círculo familiar, el desapego al miedo que éste en ciertos momentos pudo manifestar como herencia cultural a la dominación por coerción ejercida por la dictadura, y que hoy en día se han ido posicionando como referentes políticos más allá del espacio estudiantil, poniendo en cuestión la dicotomía social-política.
 
Las movilizaciones masivas, sumadas a la perdida de legitimidad del sistema político y económico hicieron que los grupos dominantes sintieran una crisis de conducción y buscaran generar aperturas y cambios al sistema. Parecía así que asaltábamos el cielo con las manos, y que la clase dominante presentaba una notable pérdida en la capacidad de dirigir política e ideológicamente a la población; esta vez el sentido común se corría a la izquierda y el ciudadano neoliberal, como bien lo describió Moulian en 1997, empezaba a retroceder. En palabras de Antonio Gramsci esto se debe a que “al llegar a cierto punto de su vida histórica, los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales; es decir, los partidos tradicionales, en su determinada forma organizativa, con los hombres determinados que los constituyen, los representan y los dirigen, dejan de ser reconocidos como expresión propia de su clase o fracción de clase” (Gramsci, 2002).
 
D) 2012 al 2014. Rearticulación de la élite, la secularización de la utopía.
 
Sin embargo, esa situación de «pérdida de capacidad de dirigir» no era garante absoluta de una crisis mayor del sistema social capitalista, aunque hubiese algunos que apostaron en la crisis que se incubaba un cambio sustantivo en el llamado «modelo político-social» (Mayol, 2012). La voluntad de querer ver la caída del modelo no permitió estar preparados para una reorganización de las alianzas de las clases dominantes con nuevos sectores de la sociedad (cosa que en un primer momento sucedió con la llamada Nueva Mayoría y la incorporación del Partido Comunista de Chile al grupo político de consenso), que lograría volver a la hegemonía y su capacidad de dirección de la sociedad por parte de los sectores de la elite. A lo que Gramsci nos advierte:
 
“La crisis crea situaciones inmediatamente peligrosas, porque los diversos estratos de la población no poseen la misma capacidad de orientarse rápidamente y de organizarse con idéntico ritmo. La clase dirigente tradicional, que cuenta con numeroso personal adiestrado, cambia los hombres y los programas y se hace nuevamente del control que se le estaba escapando de las manos, y pueden hacer todo esto con mayor celeridad que las clases subalternas; hacen sacrificios si es preciso” (Gramsci, 2002).
 
Sin embargo, algo pasó en el camino, entre las expectativas y la realidad del «nuevo» ciclo político, de los «nuevos» nombres de los dirigentes políticos que al son de las reformas y de su nueva mayoría terminaron negociando y cediendo a sus expectativas con los mismos de siempre y de espaldas a la ciudadanía, renunciando al nuevo ciclo entregando la conducción a los portadores de la «estabilidad política», siendo estos los mismos de los años 90`s.
 
Siguiendo con el articulado del viejo poder noventero, vemos que quizás una de las peores articulaciones concertacionistas fue lo que la Fundación NODO XXI llamó “el circuito extra institucional del poder” (Cuaderno de Coyuntura Nº 2 de Nodo XXI), no siendo más que la influencia del capital en el seno de la élite política concertacionista (hoy Nueva Mayoría), y que son los nuevos «Luksic boys», fieles representantes de la doble militancia político-empresarial:
 
«Cuatro de los actuales ministros provienen de directorios del grupo [Luksic]: el Ministro de Hacienda, Alberto Arenas (PS), participó hasta hace poco en el directorio de Canal 13; el Ministro de Educación, Nicolás Eyzaguirre (PPD), también ex miembro del directorio de esa casa televisiva; la Ministra de Minería, Aurora Williams (PR), ocupó puestos de Gerencia en Empresa Sanitaria Aguas de Antofagasta y Antofagasta Terminal International; finalmente, el Ministro de Energía, Máximo Pacheco (PS), fue director del Banco de Chile, además de Falabella (Solari-Del Río) y de empresas vinculadas a Copec (Angelini). Esta situación de colonización ha encendido incluso alarmas en otros grupos empresariales que han quedado postergados en relación al acceso privilegiado que los Luksic alcanzan hoy en el Gobierno.
 
Paralelamente, se designó a la ex ministra de Defensa del primer gobierno de Bachelet y figura del PPD, Vivian Blanlot, en el directorio de Antofagasta PLC, la matriz minera del conglomerado, asegurándose así de enviar señales claras de alineamiento a la antigua Concertación. El blindaje de Quiñenco también incluyó el ingreso de la economista Andrea Tokman y del abogado de temas medioambientales Álvaro Sapag. Asimismo, ingresó al directorio de Canal 13 una representante de la DC-Gutenberg Martínez: su esposa y ex senadora, Soledad Alvear» (FUNDACIÓN NODO XXI, 2014).
*Este texto continuará en una tercera parte, y final.
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Instituto Patagónico de Estudios Culturales
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