Consuelo Ferrer: “Creo que cualquier texto puede ser capaz de conjurar una persona o su esencia”

mayo 05, 2026
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Siembra de cristal es el nombre de la primera novela de la autora chillaneja. En sus páginas, publicadas por Ediciones Overol, se cruza el afecto y calor de un padre presente, cercano, protector y preocupado por las memorias del futuro, con su rol como trabajador de una empresa con una peculiar misión: producir azúcar para un país amargo como Chile. Vicente Ferrer vive en estas páginas que, como señala la autora, evidencian que “el amor también puede curtirte”.

Como parte de esta entrevista, Consuelo comparte su selección de su “Biblioteca del duelo”.

[Los retratos de Consuelo son de Alejandra Fuenzalida y las fotos del lanzamiento de Pablo Cádiz]

A ella la conocí en el trabajo. Esta es la dimensión que da sentido a un libro de duelo por la muerte del padre, evocado en los recuerdos de una hija: Vicente Ferrer Vaccaro. Él, a quien no conocí pero de quien he oído y leído durante años, protagoniza de una manera peculiar, desde un registro peculiar de no ficción, el libro Siembra de Cristal, publicado este año por Ediciones Overol.

Tras la muerte de su padre, Consuelo comenzó a escribir lo que en ese entonces llamó como bitácora. “Lo empecé, creo, diez días después de que se murió mi papá, y fue como esto es mucho, no me acuerdo el orden y se me van a olvidar detalles. Me quería acordar de lo que habían dicho los médicos, de todo”, cuenta.

Allí el registro era el del dolor, donde “lo más impactante fue el contacto con la muerte, con en el cuerpo de una persona que amas, muerto”. Pero ese momento inolvidable y su magnetismo dieron un vuelco y la forma de contar la experiencia de atravesar el duelo cambió rotundamente. Tras ganar el Fondo de Creación, los caminos cruzaron esta historia con Overol. 

“A Daniela y Andrés los conocí porque presenté el libro de una amiga que también hablaba sobre la muerte de su papá, y ellos me dijeron que les gustaba mucho cómo escribía, pero que la historia que les interesaba era la historia de mi papá en IANSA. Lo sabían porque había hecho una crónica para esta revista cuando la IANSA cumplió setenta años. Eso lo vi en la tele de casualidad y dije, ‘¿cómo la IANSA va a haber cumplido setenta años si mi papá se murió hace tres y trabajó sesenta y un años allí?’. Me metí a buscar el dato y caí en cuenta de que mi papá entró apenas la empresa abrió: en verdad estuvo en toda la historia”, relata. 

El vuelco vino entonces cuando los editores “dijeron que les interesaba esa historia, porque sentían que contaba una más grande que la de mi papá y que cabía perfecto en su catálogo. Lo pensé: esto sí me parece que es algo que leería en un libro y no en un google doc cuando estoy en mi pieza sola”.

Esa forma, además, coincidía con “mi etapa siguiente del duelo, que fue ya no centrarme tanto en la pérdida, sino en la memoria: qué es lo que quería que quedara y cómo quería que fuera recordado”.

Y esa forma ha estado vestida por los recuerdos pero también por los intercambios. Consuelo ha participado de talleres sobre el tema y posee una nutrida colección de libros que lo abordan: la denominada Biblioteca del duelo, de la que, como plus de esta conversación, podrás conocer una fina selección al final de esta entrevista. 

Por lo pronto, lo que viene: luego de un concurrido lanzamiento en Santiago el pasado 9 de abril, la autora volverá a su ciudad natal -aquella que no le ofreció librerías ni películas en su infancia- para presentar el libro. Un retorno desde la escritura que se concretará en un conversatorio entre la autora y la abogada Beatriz Llanos Berrocal, secretaria de Estudios de la Facultad de Derecho de la U. de San Sebastián en Concepción, el próximo sábado 16 de mayo en el Centro Cultural Hojalata (18 de septiembre #175) a las 18:00 horas. 

***

-Esta es una historia de familia, una historia personal, de un conjunto de personas que tiene una onda expansiva, podríamos decir, y porque está atravesada también por la Historia con mayúscula. ¿Cuál fue esa dosis que quisiste poner?

Creo que no fue un ejercicio automático decir “mi familia es parte de la Historia”. Al principio surgió una especie de pudor quizás de decir “cómo esta familia de este pueblo al sur de Santiago llamado Chillán”…

Me puse a leer e investigar, y el mismo dato de que mi papá había trabajado sesenta y uno de los sesenta años de IANSA, fue como “acá hay un hecho objetivo con el que puedo comenzar”; efectivamente, esta persona fue testigo de toda la trayectoria de una empresa, y, objetivamente, esta empresa fue acompañando los procesos nacionales que ocurrieron durante esa misma época. 

Yo había crecido escuchando a mis papás hablar de la dictadura, de los sindicatos,  de que a la empresa la habían privatizado, y creo que una de las cosas que más me costó fue superar la normalización de los relatos y entender qué era noticioso y qué era parte de mi vida privada, nomás.

También, a medida que hablaba con la gente como los compañeros de mi papá, o con personas muy aleatorias que me encontré, por ejemplo, el abuelo de una niña con quien coincidí en una fiesta, que conocían a mi papá. Ver la magnitud de cómo había muchas personas en diferentes lugares que me corroboraban la idea de que sus familias también habían sido marcadas por esto fue importante. 

Escribiendo, pensaba en el caso de mi hermano que trabaja en una empresa de petróleo, también pública, en ENAP, y decía: “bueno, lo que a mí me pasó con el azúcar, a la familia de mi hermano le va pasar con el petróleo”, y hay gente a la que le pasará con otras cosas…

-Siembra de petróleo…

…Y me ha pasado. Me escribió el otro día un niño que me dijo que el libro le recordaba mucho a su papá, que también, sin ir a la universidad, era experto en su pega, que toda su vida trabajó haciendo asfalto. Otra persona me contó lo mismo de su papá que trabajaba en Lucchetti, que ni siquiera era una empresa pública, pero tenía ese paradigma. Habían vivido en una villa de la empresa… Pude ver que esta sí es una experiencia, no sé si universal, pero en cierta medida colectiva. A lo mejor nunca voy a poder abarcar la totalidad de ese proceso social, pero sí puedo abarcar lo que conocí y tratar de complementarlo lo más posible.

-Uno de los múltiples perfiles del padre que encontramos en el libro tiene relación con lo que dijiste, que es el padre obrero, trabajador, ¿Cuán importante fue para ti, más allá de que trabajaba en la IANSA, perfilarlo por ahí?

No tuve tanta conciencia hasta que salió la primera reseña de El Desconcierto y decía “El rescate literario del Chile industrial”. Lo leí y fue como “oye, sí, en el fondo es lo que estaba haciendo”, pero no le había puesto el nombre. 

En la reseña, Gonzalo Schwenke mencionaba a mi papá como un obrero y me pareció muy interesante el fenómeno. Dentro de la empresa sí estaban muy jerarquizados esos puestos, y efectivamente había obreros, pero él no estaba dentro del grupo de los obreros, sino que era un escalafón más arriba, y es algo que mi mamá me mencionó, me hizo la diferencia de inmediato. 

De todas maneras me planteé la pregunta: “y si fuera un obrero, ¿cuál es el problema?”, porque esto mi papá lo vivió desde ese lugar, porque toda la gente estaba apatronada de la empresa. Igualmente no pierdo de vista que tampoco estoy contando la historia de una persona que fue jornalero hasta el último día de su vida. Mi papá se murió siendo jefe en base a su mérito y a su trabajo, pero me parecía muy bonito dibujar esta figura del trabajador, más allá de si es o no obrero o en qué escalafón, sino que esta persona que ve en el trabajo algo que me parece que hoy ya no se ve, porque no nos estamos relacionando de la misma manera con esta área.

También me interesaba mucho no romantizarlo, que no sonara a que el trabajo tenía que ser la vida y que era mejor cuando el trabajo era la vida. Estoy de acuerdo con mi mamá cuando le decía: “¿por qué estás tanto tiempo en la fábrica? No te van a hacer una estatua de azúcar. Nosotros somos tu familia y nos haces más falta acá”. Yo no soy de la escuela de mi papá, y traté de dejarlo explícito en el libro: duré ocho meses en mi primera pega, no sesenta y un años hasta que me morí. También entiendo que esa devoción por este tipo de empresas venía de una matriz diferente. Es un poco como cuando se habla de la educación pública, que antes la gente tenía más vocación pública. Me gusta entenderlo así: mi papá tenía, quizás, un apego ansioso con el trabajo, pero porque el trabajo también tenía una especie de apego ansioso con él.

-Si hablamos de cambios, personalmente hay un viaje, una trayectoria en torno al duelo. ¿Cómo ha sido ese camino?  

Intrincados caminos tiene el duelo. He pensado mucho en estos años; he tomado talleres de escritura al respecto. En uno de esos, el de Belén Fernández -que es el Club Triste, como le llamamos nosotros-, una vez nos hizo escribir diez máximas que nosotros pensáramos sobre el duelo, y la que yo tenía más clara, y que la sigo pensando, es que para mí la muerte es como un agujero negro, en el sentido espacial. No me acuerdo de cuál es la razón científica, pero en la práctica los agujeros negros van chupando todo, y siento que la muerte tiene un magnetismo muy grande. Es muy difícil mantener la proporcionalidad cuando tu vara de medida es la muerte. 

Siento que mientras una está más cerca de la muerte, es más difícil ver esa diferencia, es muy fácil ser absolutista, ser arrojado, no medir el riesgo, o al menos a mí me pasó eso. Ahí, dentro de este camino, surgió el tema del podcast, Club de Duelo, que lo hice con mi mejor amiga de la vida, Daniela Riquelme, que también estaba pasando por un duelo por su pareja, que murió por suicidio. 

Esto lo conversamos y había gente que pensaba lo contrario, que vivía una vida muy arrojada y luego de la muerte se pusieron cautos. Bueno, en el caso mío fue al revés, entonces tenía esa idea de que era un parámetro muy engañoso y era muy absorbente, que cualquier cosa que se acercara a la muerte era chupada por la muerte de inmediato. A medida que el tiempo fue pasando, eso fue haciéndose menos obsceno, por así decirlo, era más fácil ponderar, y eso fue permitiendo que aparecieran otras narrativas. Es lo que siento que me pasa con el libro Sobre el duelo de Chimimanda Ngozi Adichie, que lo escribió dos meses después de que murió su papá. Lo leí una vez y no pienso volver a él porque fue tan fuerte leerlo en esa oscuridad absoluta. Me acuerdo que terminé de leerlo cuando recién se había muerto mi papá, y dije “no quiero nunca sentir esto”. 

-A propósito de otros libros, quiero que hablemos de “la Biblioteca del duelo”. Me consta que este proceso ha sido acompañado de muchas personas, pero también de libros para saber sobre el tema, para encontrar otras versiones. ¿Cómo describirías este campo, esta Biblioteca del duelo que tienes? 

 

Hoy en día existe físicamente. Antes existía desperdigada entre los libros que tengo, pero existía también en un documento de word que cada cierto tiempo lo piden y lo mando. Al principio era solo título, luego era título y una especie de abstract, y ahora lo tengo ordenado por duelo del padre, duelo de la madre, duelo del hermano.

Ahora que me cambié de casa, dediqué un estante de mi biblioteca a mis libros del duelo y los ordené, los miré todos juntos y dije: “bueno, en realidad tengo hartos libros sobre el mismo tema”. Lo otro que pensé cuando los vi todos juntos fue: “me falta la mitad de los libros”, que sé dónde los tengo: los tengo prestados, porque es una biblioteca que circula mucho y que constantemente tengo que estar renovando, porque me veo en la tentación de regalar los libros y los vuelvo a comprar. Hay un libro que he regalado dos veces ya, de hablar con alguien y descubrir que lo necesita más que yo. 

-¿Cuál es ese libro?

Si la muerte te quita algo, devuélvelo, de Naja Marie Aidt

El nacimiento de la Biblioteca del duelo: si bien tenía libros de antes, no estaban aunados por esa idea. Me pasó que cuando mi papá se murió, me fui a Chillán por el funeral y cuando volví a Santiago me escribió Camila Gutiérrez, que había sido mi profesora en varios talleres, y me dijo que ella no sabía qué decirme, que esto le quedaba grande, y que había pensado regalarme un libro, y se había enfrentado a la pregunta de “le regalo algo que no tenga nada que ver, para distraerla, o le regalo algo que tenga todo que ver con esto”. Ella pensó que, por mi personalidad, seguramente yo iba a ser una persona que iba a querer entrar de lleno en vez de obviar, y me regaló una versión ilustrada preciosa de El año del pensamiento mágico de Joan Didion. Al mismo tiempo, mi amiga Fio me regaló su copia personal del mismo libro, que me la mandó por Uber porque estábamos en pandemia. Me mandó un mail precioso, a partir del cual estuvimos escribiéndonos sobre el duelo harto tiempo, diciéndome, entre otras cosas: “se me murió mi mamá pero en verdad me di cuenta de que no tengo nada útil que decirte, pero te regalo este libro que es importante para mí”. Ese libro me llegó en dos formatos, fundacionalmente. Era el primer libro de duelo que leía. Hoy tengo una apreciación distinta de él porque he leído más, pero en ese momento no podía creerlo, era como “sí soy, sí soy, sí soy”. Me sentí muy acompañada leyendo ese libro, y cuando terminé, empecé a buscar recomendaciones.

No soy la primera ni la última persona a la que le va a pasar esto, pero de muchas maneras, leer lo que otras personas habían vivido me salvó mentalmente. 

En ese minuto el duelo no era mi tema de conversación, como lo es hoy, que, de hecho, muchas de mis amistades están estructuradas por el duelo. Después me fueron regalando libros y fui pidiendo recomendaciones. El libro de la Belén, Ella estuvo entre nosotros, de hecho, me lo regaló mi amiga Ro, firmado por Belén. En la firma, Belén decía que a ella le parecía muy lindo que su amiga quisiera juntar a sus amigas huerfanitas. Nunca me había llamado a mí misma huérfana de ninguna manera, porque mi mamá está viva. Cuando lo leí me pareció que casi rayaba lo violento que alguien me nombrara así. Acto seguido me leí el libro, que también me cambió y que pasó a ocupar un lugar privilegiado en mi Biblioteca del duelo. 

Me doy cuenta de que desarrollé una relación afectiva con cada uno de esos libros: me acuerdo quién me lo regaló, si están firmados me acuerdo que lo están; me acuerdo cómo los compré, dónde…

-¿Qué lugar crees que ocupa tu libro en esa misma biblioteca?

Cuando recibí la primera copia, la metí en la Biblioteca del duelo. De hecho lo pensé, porque tengo ordenado por editoriales el resto de los libros, entonces tengo mi rinconcito de Overol, donde casi todos son de la misma altura y de los mismos colores. Lo puse y dije: “este no puedo no ponerlo allí”.

Ese después lo regalé, entonces no lo tengo en ninguna parte, porque todavía no tengo “mi” copia, no he decidido cuál va a ser mía, porque vivo regalándola. 

-Desde que te conocí, siempre supe que eras una persona que tenía entre sus características algo así como un “blindaje emocional”. ¿Cómo describirías ese legado más afectivo que te dejó tu papá?

Creo que es -a la vez- una bendición y un martirio, porque es una vara altísima con respecto al cuidado. 

Quiero ser muy clara con respecto a que hablo del papá que yo viví, que yo experimenté. Sé que mi mamá tuvo mucho que ver en la educación emocional de mi papá, como suele ocurrir con las parejas heterosexuales, y ella, en muchos sentidos, lo empujó a tomar un rol más activo en la crianza nuestra, cosa que para mí fue totalmente una realidad. Yo no viví ese proceso: solamente disfruté de las consecuencias. No puedo hablar por la experiencia de mis hermanos mayores, porque probablemente ellos lo vivieron de otra manera. Mi papá es viudo, mis hermanos mayores vivieron la muerte de su mamá cuando eran chicos, entonces se me hace difícil generalizar. 

Cuando nació mi hermana menor, yo tenía cuatro años y medio, y mis papás tomaron la decisión de que mi papá se tenía que hacer cargo de las minucias de mi crianza para que mi mamá se pudiera dedicar al bebé y yo no sintiera que me habían abandonado. Hubo un tiempo bastante largo en el que mi papá hacía todo conmigo: me vestía para ir al colegio, me peinaba con la torpeza que puede tener un papá peinando. Hay fotos de esa época en la que estamos en la tina los dos, y creo que eso explica en gran medida lo regalona que era de mi papá, porque él siempre fue muy cercano conmigo. Nos iba a dejar al colegio en la mañana, llegaba a la casa a hacer la once, todos nos sentábamos a tomar once con él. Había una cosa muy presente. 

Era una persona que nos conversaba mucho, pese a que no fuera tan comunicativo en el día a día. Tengo muchos recuerdos de conversaciones específicas en las que nos trataba de dejar enseñanzas en base a lo que él había aprendido, a sus propios ensayos y errores, entonces hay varias cosas que me heredaron, siempre en conjunción con mi mamá. 

Este libro trata de él, pero ellos fueron una pareja muy cincuenta y cincuenta, y hay una cosa muy bonita con respecto al concepto del amor y del cuidado. Siento que me ha puesto un estándar muy alto -a veces pienso casi irrealizable- con respecto a qué esperar de una pareja, porque mi papá era, al menos en la época que yo conocí, a toda prueba, no solo con mi mamá, sino con nosotras, de hacernos sentir muy queridas, muy regaloneadas. Se adelantaba a todas nuestras necesidades. También era un hombre muy noble, muy generoso, de llevar gente a la casa, que son cosas que me doy cuenta de que también tengo.  

Con esto, también creo que me preparó, que me curtió de muchas maneras. De repente dicen como “oye, es bueno tener una vida dura porque te curte”. Creo que el amor también te curte, de otra forma, y yo me siento preparada para las adversidades no porque haya superado adversidades, que también, sino porque antes de esas adversidades, de verdad fui blindada por mucho amor.

-Otra de las facetas que encontré en el libro y que me llamó la atención fue el papá archivero. Es un papá que construye un legado. ¿Cómo describirías eso?

Diría que es una de las cosas que normalicé y nunca me parecieron noticiosas hasta que, por un lado, empezó el ejercicio de escribir el libro y me di cuenta de que podía consultar fuentes, no solo históricas, como diarios, sino que podía consultar los archivos de mi propia familia. 

Crecí sabiendo que había álbumes familiares. Él tenía una narrativa con sus fotos, era su área, y yo, por supuesto, tengo el recuerdo de mi papá yendo y yo lo acompañaba a Kodak a revelar las fotos. Luego llegaba y las ordenaba, guardaba todos los negativos. Antes de tener esa cámara, que es la que se menciona en el libro, él sacaba diapositivas. Tenía un proyector donde nosotros, de vez en cuando, una vez cada invierno, las veíamos. 

Tengo el privilegio de que cuento con videos de mi infancia porque a mi papá le regalaron una cámara cuando cumplió cuarenta y cinco años en la IANSA, que tiene abajo una plaquita con su nombre. Al principio, esa cámara era como un bien preciado y solo la podía manipular mi papá. Luego, viendo los videos, que los digitalicé hace poco, me fui dando cuenta de que mi hermano al alcanzar cierta edad en la que él ya puede manipular la cámara, graba. Está la época en que mi papá le enseñó a usar el zoom a mi mamá. Más adelante, nosotras la empezamos a agarrar y ahí se desvirtúa todo, porque jugábamos a grabar programas y hacíamos reality show, videoclips, lo que fuera, grabábamos encima de grabaciones antiguas, porque no nos fijábamos. 

También sabía que mi papá escribía en las fotos, pero es algo que nunca me detuve a pensar hasta que escribí el texto de las fotos y de España y me lo pregunté: ¿por qué mi papá habrá tenido esa fijación de marcar todo? Y, bueno, la respuesta que me doy en el libro es que él pensaba que, por una cosa matemática de que él era mayor, no iba a tener la oportunidad de contarnos lo vivido el día de mañana. No sé si esa es la verdad, es la verdad que yo me cuento en el libro, pero pienso que pueden haber sido muchas cosas.

-Esta pregunta la anoté el día del lanzamiento. Quizás es super cliché, pero, ¿un libro puede contener una persona?

Creo que puede evocarla; creo que no puede ser exhaustivo en contener a alguien en cuanto a la gente es infinita. Quiero robarle la idea a Drexler, que cuando habla de la complejidad del ser humano dice que es como una serie de números naturales, que a medida que más lo acercas, aparecen más números, más números y nunca llegas a la exactitud. Yo creo que es así, que la gente es infinitamente compleja, y muchas veces nos pasa con mis hermanos que nos acordamos de alguna característica de mi papá que a lo mejor no nos gustaba tanto, y nos vuelve a dar… sobre todo cuando yo la reconozco en mis hermanos, como de “ay, estás igual que el papá”. 

A lo mejor eso es otro libro, o a lo mejor pertenece al ámbito íntimo de la vida, pero sí creo que un libro puede conjurar a alguien, o más que un libro, un relato. Pienso que cualquier texto puede ser capaz de conjurar una persona o su esencia. Eso no va a ser completo, pero puede ser fidedigno y puede ser suficiente para que la memoria de quien lo conoció lo complete, o para que la imaginación de quien no lo conoció termine de inventarlo. A lo mejor, eso es suficiente homenaje.

-¿Qué condiciones te hicieron escritora?

Creo que como a casi todos los escritores, fue la lectura. Antes que escritora, fui buena lectora. Encontré algo en los libros que me hizo sentido; encontré una posibilidad en los libros que me llenó, que me hizo sentir muchas cosas que otras actividades no me hacían sentir, que me encantó. 

He ido también armando mi relato en retrospectiva, corrigiéndolo: siempre fui catalogada como una niña muy floja. Mi familia decía que era como un “gatito de chalet”, que estaba siempre echada en el mismo lugar, que era mala para hacer deportes, que no me gustaba jugar. Siempre tuve ese recuerdo de mí misma, como una niña muy poco proactiva, y luego, hace no tanto tiempo dije: “pero todas las veces en que me dijeron eso, yo estaba leyendo”. Sí, estaba echada en un sillón, pero leyendo, estaba acostada hasta tarde, pero leyendo, o escribiendo, más de grande, y creo que fue un replanteamiento que tuve que hacer, de decir “oye, yo no era floja, yo encontraba mi actividad en otro tipo de acciones”. 

No sé todavía qué es lo que voy a escribir en el futuro, pero siempre he pensado que no sirvo mucho para escribir ficción, que no es mi fuerte, porque nunca he jugado del todo a inventar algo de cero. La época en que más escribí cuando chica, que era cuando escribía fanfics de Harry Potter, se me hacía muy cómodo que el universo estuviera creado, de relacionar los personajes, pero no inventar. 

Luego estudié periodismo, que era tomar la realidad y tratar de ordenarla de alguna manera. Siempre me gustó más el periodismo narrativo que el periodismo informativo, que era eso, encontrar una historia que me muero por ser la persona que la cuente. No digo que nunca vaya a escribir un cuento, he escrito algunos, pero creo que son mejores mis crónicas.

-¿Qué posicionamiento tienes sobre la no ficción, sobre la autoficción, ¿Cómo definirías el registro del libro? ¿Qué te acomoda más?

En una reseña que hizo Sofía Troncoso, la autora de Funerales, en Revista Larús, que me pareció muy linda y me sorprendió mucho, se preguntaba por el género del libro: ¿qué es?, ¿es crónica?, ¿es biografía?, ¿es autobiografía? Pienso que es un poco de todo eso, y la respuesta que Sofía se daba era “es un género inventado para el padre”, cosa que me pareció muy atingente, porque cuando me preguntan por esto, me cuesta explicar qué es. Más bien es algo que tiene la manera en que a mí me hizo sentido contarlo. 

Obviamente no estoy inventando la rueda. Más gente ha hecho cosas híbridas. No sé si exactamente de la misma forma, pero sé que me interesa su inclasificabilidad, me interesa que no sea un género rígido, porque con esto en particular, que es un tema muy difícil de abordar y muy complejo y muy lleno de matices, me parecía mejor que fuera flexible. 

Entiendo que haya gente que lo considerará un género menor. Sé también respecto a la recepción del libro que habrá gente que le parezca que es cualquier cosa y están en todo su derecho, pero espero que haya gente a la que sí les haga sentido y que, como me ha pasado,  me digan, “oye, me hizo pensar en mi abuelo que hacía asfalto”… Pero bueno, supongo que es temprano para saberlo. 

Hace poco, la escritora argentina Romina Paula me decía en una entrevista que antiguamente la autoficción estaba muy mal vista porque se asociaba a que las mujeres no teníamos creatividad, porque más que nada eran mujeres las que escribían autoficción y que la llamaban “literatura del yo”, hasta que los hombres empezaron a escribir autoficción y le pusieron así. La cito a ella porque no me consta que sea de esa manera, no lo he estudiado tanto, pero no me extrañaría que fuera de esa forma. 

Creo que hay una cosa muy bonita en tratar de contar de una manera innovadora. Para mí hay un valor en eso como lectora. Espero que gente que me lea le vea un valor.

-En esta idea de cómo uno se forja como escritora, hay una particularidad que es que eres una escritora es de región. ¿Cómo influye eso?

De muchas maneras, más de las que uno probablemente tiene en la cabeza.

Para mí era muy importante para publicar que el libro se lanzara en Chillán, que es algo que vamos a hacer el 16 de mayo. 

Mi acceso a la literatura siempre estuvo condicionado por el lugar en el que estuve, social y geográficamente. Mi mamá era una muy buena lectora dentro de sus posibilidades y su acceso fue de mucho libro clásico chileno de los que circulaban con los diarios, ese tipo de cosas. Nunca los grandes escritores de la literatura universal, no era esa la aproximación que tenía. A mi papá le gustaba mucho la poesía. De él heredé hartos poemas, pero no eran lectores “ilustrados”.

En Chillán, cuando crecí, no había ninguna librería de libros nuevos, digamos. No la había, nunca la hubo. Había una tienda de libros usados que se llamaba El Arca de Noé, donde íbamos a comprar los libros del colegio. Luego, cuando llegó el Jumbo, que debe haber sido tipo el año 2006, vendía libros de cadena, grandes libros. 

Esto era en general con el acceso a la cultura. O sea, no había cine cuando me fui de Chillán. Viajaba a Concepción a ver películas con mis primos. Hubo un cine alguna vez que se cayó con el terremoto, pero a ese llegaban las películas solamente dobladas al español, como si la gente en Chillán no supiera leer o no le interesara escuchar la película en su idioma original, entonces, había que ir a Conce.

Por supuesto que no había conciertos, no había obras de teatro. Me acuerdo de que la primera vez que yo fui al teatro de Chillán, que estaba a medio construir desde el terremoto de 1939, fue porque Roberto Bravo estuvo en una gira y pasó a Chillán con un concierto de Astor Piazzolla. Estaba en tercero básico y en el colegio me regalaron entradas y fui con mi mamá. Me acuerdo que nos dijeron que lleváramos cojín y frazada, porque te cagabas de frío en el teatro. Para mí fue una novedad alucinante este pianista tocando música en un teatro que estaba, de verdad, en obra gruesa, tanto que le compramos el CD y él me lo firmó. Hace poco fue a la rectoría de la U. de Chile, donde trabajo, y le conté de este recuerdo.

Eso fue el único acceso que yo tuve a la cultura en toda mi infancia, entonces, para mí era muy importante el vínculo con Chillán, volver a Chillán. Por ejemplo, de mi colegio me contactaron para que fuera a la premiación del concurso literario, y me pedí un día administrativo y voy a ir, porque me parece importante, porque yo participaba en esos concursos literarios en una ciudad que no tenía librería, y me parecía que no era un camino posible para una. Creo que me habría venido bien saber que se podía, y creo que basta con una persona que te diga: “lo que ves acá no es todo a lo que puedes acceder”, sin que sea malo lo que hay. O sea, yo no quiero que parezca que Chillán es un pueblo perdido y no tiene luces ni semáforos, porque no es así, sobre todo hoy en día, pero no fue la experiencia que tuve cuando crecí.

-¿Estás escribiendo algo nuevo?

Si bien siempre estoy escribiendo, en este minuto siento que no tengo la pulsión de escribir urgentemente. 

Hace poco me hice una amiga por carta, por mail, una argentina que se llama Martina, y ha sido un ejercicio muy alucinante de ir conociendo a una persona que no conocía en la vida real y con la que de repente descubrí que tenía una cantidad de similitudes ridículas, que es algo muy improbable, y que a ella le guste tanto como a mí escribir. De verdad anhelo el momento de la semana en el que ella me responde y yo puedo responderle. Me ha parecido muy fructífero ese ejercicio que está tomando mi lado escritural en este momento. 

El otro día, hablando con mi psicóloga, me decía una cosa que me pareció muy atingente, que era que los procesos creativos se parecían a las personas, que tienen la forma que tienen las personas. Llegábamos a la conclusión de que yo era esta persona que, en esencia, soy muy de atravesar las cosas de forma media desordenada, pero tengo que llegar a un punto en el que me organizo, y vimos que este libro había ocurrido de esa manera. Hablando con ella lo vi: probablemente no voy a saber en qué proyecto estoy hasta que llegue el punto en el que diga “llevo en este tema harto rato, ya he ido haciendo de a poquito cuestiones, a lo mejor es el momento de juntarlas y darle un orden y ver si da”.

 

Me gustaría ser justa siempre con las historias y no buscar algo para tener un libro. Medio que drené toda mi historia de vida en este, entonces si es el único, no me complica. Me imagino que no va ser el único, pero espero que el próximo me haga sentido en el mismo nivel de profundidad que me hizo eso.

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La selección de Consuelo desde su “Biblioteca del duelo”

1. Imprenteros de Lorena Vega y hnos. 

2. Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan

3. Ella estuvo entre nosotros de Belén Fernández

4. Diario de duelo de Roland Barthes

5. Memorias de una viuda de Joyce Carol Oates

6. Parte de la felicidad de Dolores Gil

7. El invencible verano de Liliana de Cristina Rivera Garza

8. Si la muerte te quita algo, devuélvelo de Naja Marie Aidt

9. Agosto de Romina Paula

10. Umami de Laia Jufresa

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