Ignacio Álvarez: “El fracaso es un lugar muy productivo para construir una masculinidad”

El escritor y académico acaba de publicar un volumen de cuentos titulado Realismo (Laurel); escrito “con una descreída fe en las posibilidades que tiene la palabra para nombrar la realidad”. Fracasos, obsesiones, humor y la literatura como tema de la literatura poblan estos relatos.
Un hombre obsesionado con los portaminas que crea un canal de Youtube y una comunidad en torno a estos utensilios; otro, un adolescente, con el mismo grado de implicancia con El señor de los anillos; otro algo más grande que se propone armar un diccionario de escritores noveles, y que lo logra; uno que concreta la novela de su vida tras el exilio; uno al que se le aparece una joven que fue su hija por un breve lapso de tiempo; otro, mayor, mucho mayor, que debe enterrar a un hijo lleno de errores.
Estos son parte de los personajes y tramas de los cuentos que conforman Realismo, nuevo libro del escritor y académico de la Universidad de Chile, Ignacio Álvarez, publicado este mes por Laurel. Un volumen que llega sin lanzamiento, sin presentación, cuenta Álvarez esquivando el acto público -el baby shower de la publicación- porque “me doy cuenta que soy muy malo en explicar qué es lo que escribo”. Algo esbozó en redes: “creo sinceramente que no es posible ninguna forma de realismo hoy en día, tengo la seguridad de que hace varios años todo lo que escribimos termina devorado por la ficción”, que se ve “combatida” narrativamente por las formas cotidianas en estas historias. Allí parece residir lo que en palabras de Álvarez es “una especie de verdad”.
La portada del libro, además, es el cuadro El desesperado de Gustave Courbet, un autorretrato en el que el pintor se representa con la ya referida actitud. Mismo juego, misma estrategia que aplica para contar estas historias atravesadas por el fracaso y las obsesiones, generando personajes de un extraño comportamiento, que, en sus palabras, “están algo desfasados”. O lo que según la lectura -a la rápida, advierte- de Grínor Rojo señala que “detrás de este método narrativo, tiendo a descubrir un sujeto que se persigue a sí mismo a través de su encuentro, de su hablar sobre e incluso de su contraste con unos ‘otros’”.
Marcado por un uso del lenguaje coloquial, evocativo de lo local y con ello próximo -misma forma que en su libro anterior, la novela El último neógrafo-, los cuentos se escriben, siguiendo con el robo explicativo a Grinor, en “una prosa que culebrea, que es amistosa, cercana, atractiva, llegadora, a veces celebratoria, en otras gruñona (y también autogruñona), que nos seduce y que por eso sostiene estupendamente nuestra lectura de unos textos casi desnudos de intriga, en los que no importa o importa poco lo que se cuenta”.
“En esto consiste el realismo de Realismo. O, mejor dicho, entre los muchos realismos que hay o ha habido en el planeta, este es el que Álvarez escoge”, sigue el académico y colega del profesor.
“Aprendí que todos los que escriben se vuelven un poco monstruos”, se lee en uno de los cuentos.
Ignacio Álvarez es doctor en Literatura y profesor del Departamento de Literatura de la Universidad de Chile. Ha publicado Novela y nación en el siglo XX chileno: Ficción literaria e identidad (2009), las ediciones críticas de la Obra completa de Baldomero Lillo (2008, en colaboración con Hugo Bello Maldonado) y de los Cuentos completos de Manuel Rojas (2021), y, en Laurel, El curso que hice al revés (2022) y la novela El último neógrafo (2024).
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-Algo que atraviesa todos los cuentos es el uso coloquial del lenguaje, “lo chileno”. ¿Cuán clave es este registro para el relato?
Es súper importante porque tiene que ver con el título y con la oralidad, con recoger lo que vivimos. Esta es mi convicción absoluta y lo he estudiado: es imposible que los textos literarios transmitan la realidad, entonces este libro intenta por todos los medios que eso ocurra, pero no puede ocurrir. Y una de las cosas que hace que se transmita esa sensación de que esto existió es la palabra. Además, es entretenido jugar con la palabra, entonces sí, ese es el esfuerzo.
-¿Hay alguna devolución que haya tenido por este registro?, ¿es valorado en su lectura?
No lo sé. No he escrito tanto tampoco y no sé, no he recibido un feedback, pero ese es un esfuerzo consciente, es algo que me interesa como un juego.
Por otro lado está también el descalce entre la lengua chilena y algunos escenarios internacionales, como Alemania, Venezuela, Colombia. Ahí me interesaba justamente el desafío de la memoria. Traté de jugar con un cuento que se llama Andamio con un registro más neutro, más latinoamericano, medio gabrielgarciamarqueano, pero es muy sutil. No sé si me resultó, pero creo que hay una tendencia literaria a cierto registro internacional neutro que no me gusta mucho.
-En ese campo del lenguaje hay otra clave que es el humor. ¿Cuán importante es para su escritura?
Trato de que sí sea y tiene que ver con el descalce, personas que están en contextos que no les corresponde, personas que no entienden el lugar en donde están y eso siempre da un poco de risa, pero también es muy triste.
También, hay una distancia que atraviesa todo el libro, que es el desfase entre el presente y el pasado, porque trato de hablar de un mundo anterior a Internet, que ya está súper perdido y que comienza a ser borrado por esa sensación súper inmediata. Una persona que es demasiado vieja y que ya no calza con ningún elemento del ciclo de la vida; y otro metido en El Señor de los Anillos en Chile, y eso me parece bacán, incluso lo disfruto. Me da risa y también me da pena.
-Esto dialoga con la idea del fracaso…
¡Totalmente!, y es una convicción vital. A mí me costó mucho poder escribir y publicar. Escribí una novela que la mandé montones y no le gustó a nadie y eso fue súper importante porque como no le gustó a nadie, yo dije: “se acabó esta cuestión”, y la ilusión de publicar y la ilusión del éxito se murió, pero las ganas de seguir escribiendo no, y como comencé escribir desde ahí, todo cambió y así me funciona, desde el fracaso. Además, desde mi edad también, cualquier éxito es pura ilusión, no existe, entonces eso te da un poco de libertad. Me parece que es el lugar fundamental de todo….
-Es el lugar de enunciación que prefiere…
Totalmente.
-En esa convicción conviven su vida de escritor y de investigador. ¿Cómo dialogan?
Son hemisferios separados, de verdad. Sé que en literatura debería estar más junto pero he pensado así. Me lo han preguntado un par de veces y siempre veo lo mismo. La verdad es que me funciona en la cabeza de forma distinta, no me sale demasiado pensar el ensayo crítico como literatura, pero yo sé que es por una cuestión neurótica mía, que prefiero no mirar mucho, mantener un espacio en el inconsciente y que la neurosis florezca. Pero igual se influyen, sin duda. Y uno de los aspectos evidentes también tiene que ver con que la mayoría de los personajes son hombres, y los cuentos son también revisiones de esos perfiles de masculinidad. Esto tiene todo que ver con el trabajo que se hizo para la colección Biblioteca Esencial de la Universidad de Chile, específicamente el libro de Manuel Rojas.
-¿Esta reflexión viene luego que pasa el tiempo en que se escribe el libro y uno se da cuenta de cosas?
Es una revisión, es una evaluación por lo menos para mí, y creo que para mucha gente de mi edad. Nosotros crecimos con un modo de ser hombre que fue completamente cuestionado en los últimos veinte años. Encuentro interesante revisar ese lugar, pero con honestidad, sin ninguna impostura, también mirando sus limitaciones.
-Sin sacar provecho.
Sí, sin hacer esas lecturas como “ahora que caché que es lo que correcto me subo a ese carro”. Y es un poco lo que Manuel Rojas dice, y es que el fracaso es un lugar muy productivo para construir una masculinidad, y eso a mí por lo menos me ha hecho sentido totalmente.
-Otro aspecto tiene que ver con las obsesiones de los personajes. Uno es fanático de los portaminas, otro de El Señor de los Anillos. ¿Qué motor se encuentra en ellas y cómo se abordan desde la literatura?
En esto me pasa lo mismo que con el fracaso, que ese tipo de preocupaciones medias excéntricas y obsesivas son espacios de libertad total y absoluta que permiten despegarte sin ningún tipo de cortapisa. De hecho, una de las gracias del narrador del cuento Real academia del élfico chamullado, es que se descubre sí mismo como un pelotudo. Yo creo que lo mismo le pasa al gallo de los portaminas…
Te voy a mostrar algo. [saca un estuche con portaminas y plumas, lápices diversos]
Esto tiene que ver con que quién puede controlar algo en el mundo. Es bien poquito, entonces este tipo de cosas te ofrecen un cierto control, dejar de lado tu pelotudez y afirmarte un poquito en algo.
-Encontrar un lugar en ese descalce…
Todos esos personajes muestran también su lado loco. Además, es algo tan chiquitito, es una forma de participar en el consumo suntuario, pero sin lujo. Son lápices, no es comprarse cosas como un reloj carísimo. Por supuesto que puedes comprarte un lápiz muy caro, pero la gracia está en las cosas chiquititas. Y sí, incurro en este tipo de cuestiones y creo que es una veta obsesiva pero también me ofrece un poquito de libertad. Para mí es una forma bien controlada de volverse loco, y no le hace daño a nadie a menos que metas demasiado las patas.
-Hablaba de esa separación casi hemisférica del registro más académico de la literatura propiamente tal, y la literatura es también tema en los cuentos que son, algunos, ejercicios metaliterarios que me parecen muy nutritivos y graciosos. No tengo ninguna pregunta, solo el enunciado: la literatura como tema de la literatura.
Eso tiene que ver con el realismo. Es a lo que me dedico, es lo que conozco, es mi realidad, entre comillas. De eso puedo escribir. En la práctica tiene que ver con el libro El curso que hice al revés, en un registro un poco más ensayístico. Allí traté de hablar de lo que hacía y eso es medio esotérico porque no es como otras cosas que muchos hacemos, como los trabajos de oficina, sino que también es mi vocación, es lo que me gusta, y en la práctica lo que hago harto es leer y escribir, entonces empiezan a aparecer cosas.
Me gustó harto, por ejemplo, pensar en un cuento bien largo que es El diccionario de autores chilenos nóveles. Ahí traté de pensar en distintos modos de cómo se escribe y tratar de ver que la escritura no es solo una, ni siquiera la que yo trataba de proponer, sino que se puede leer de otra forma.
Cuando trabajo como crítico, me interesa montones la política y en este libro traté de trabajarlo bien formalmente porque todo lo que estaba ahí, obviamente, es todo mi material íntimo y privado.
-Quienes narran ese descalce, los personajes de estos cuentos, tienen un posicionamiento…
Eso es algo super choro porque es algo propio del realismo. En el realismo, los narradores tienen algo que decir, no tienen una mirada neutra del mundo, y de hecho, filtran el mundo. Eso me interesaba: filtrarlo desde distintas perspectivas. No son tan distintas, pero algunas son diferentes. Está el filtro del fracaso, el filtro tardío de los años ‘90, el filtro de Chile…
-¿En qué medida propone revisar conceptualmente el realismo en función del presente, considerando que el libro se publica en un contexto como el actual?
La vuelta es que es imposible escribir realismo. La vuelta es que es una especie de chiste del fracaso. Estoy seguro que este libro fracasa tratando de mostrar la realidad, y ponerlo en el título hace super evidente ese fracaso y que aunque fracase, lo intente.
Eso es estrictamente verdadero. A mí lo que me hizo estudiar literatura fue El Señor de los Anillos, que no tiene nada de realista. Mi tesis de licenciatura fue una novela de caballería que tampoco tiene nada realismo, y lo que más me interesa en la vida no tiene que ver con el realismo. Estudié el realismo en un proyecto porque la gente que yo admiraba, como Jaime Concha y Yerko Moretic, la tradición de comunismo chileno, admiraban el realismo y yo encontraba que estos gallos eran secos, y ¿por qué les gustaba el realismo, siendo que era algo que ya había muerto? Las últimas formas del realismo en Chile murieron con José Miguel Varas, entonces esto era como… como…
–Como abrir un muerto…
Exacto. Por otra parte hay una conversación en donde siempre se habla de que la literatura chilena es súper realista y eso es mentira. El realismo se vio desafiado en la década del 30 y todos los escritores chilenos han dicho desde ahí en adelante, “yo combato el realismo”, “yo no soy realista”. Eso también era un chiste entre comillas. “A este libro lo vamos a llamar Realismo, cuando hace 100 años que no se escribe realismo o que se empezó a combatir el realismo”. Es un chiste medio leso, quizá.
-Estudió literatura por El señor de los anillos. Usted había estudiado medicina.
Sí.
-Pero harto tiempo….
Sí, me licencié en Medicina. Es un grado que dura cinco años y se tiene que hacer internado para ser médico cirujano. Yo tengo solo el grado académico.
Mi papá estaba un poco enojado.
–Un poquito.
Un poquito. Y me fui a estudiar literatura, y por eso también mi cabeza quedó así, media partida. Es muy neurótico, porque sé que acá trabajo con el afecto, pero trato de no pensarlo cuando lo estoy haciendo.
-¿Qué resabio queda de la medicina en este trabajo?
Trato de ser preciso, trato de ser consistente, trato de construir estructuras que contengan el afecto y trato de no mirar tanto eso al principio. Sé que es muy neurótico todo esto que diciendo, pero es como lo vivo [ríe].
-A propósito de esta separación de escrituras, ¿en qué momento escribe?
Algunos de estos cuentos fueron escritos durante la pandemia y algunos otros muy en la mañana, antes de que la casa se despierte, sobre todo porque ahora creo que es difícil estar solo, partiendo el teléfono, y ese momento permite cierta soledad.
-Hablemos un poco de otra publicación en la que trabajó, que tiene que ver con Grínor Rojo, que es Por una tradición crítica latinoamericana. ¿Desde qué lugar lo hicieron?
Creo que desde dos lugares: un lugar bien intelectual, que es el reconocimiento de la obra de Grínor como un aporte fundamental para los estudios latinoamericanos de los últimos 40 o 50 años; y también desde el afecto y bien desde el reconocimiento y del cariño por el profesor.
Grínor no fue director de tesis de todos nosotros, de algunos probablemente, pero tiene una vocación grande de compartir su conocimiento. Yo estaba haciendo mi doctorado en la Católica y lo fui a ver un día a una oficina chiquitita que tenía en la antigua facultad y me recibió generoso, me abrió su bibliografía y me pasó un manuscrito de un libro que estaba haciendo para que se lo criticara, y es tan infrecuente eso. Fue tan amable y abierto con gente de tantos lados que claro, hay un aspecto súper intelectual que es su aporte fundamental a los estudios latinoamericanos desde Chile, pero con una perspectiva bien global.
En el libro hay cuatro o cinco artículos que hablan acerca de Grínor desde académicos que están en Costa Rica, México, Argentina, entonces es una figura súper importante y encuentro que lamentablemente, aparte de la U. de Chile que le dio todas las distinciones que merece, no ha sido tan reconocido en otros lados.
-Falta el Premio Nacional.
Lo ha esquivado como ha podido y yo creo que no debería seguir esquivándolo.
–¿Cuáles son sus preocupaciones literarias? Por ahí supe que estaba pendiente de Hernán Díaz…
Hernan Díaz ha sido probablemente mi última….
-¿Obsesión?
Sí, totalmente. De hecho fue así que leí A lo lejos…. Es que tiene la gracia que él es argentino, se crió en Suecia en el exilio, volvió a Buenos Aires, se enamoró del inglés, estudió un magíster en Inglaterra y trabaja a Estados Unidos y escribe en inglés. Quiso, escribir sobre Estados Unidos, convertirse en gringo.
A mí me encantó A lo lejos, y en una entrevista que pude hacerle le pregunté sobre este texto, si que es un texto latinoamericano escrito en inglés y él me dijo “no, a mi me interesa Estados Unidos”, y eso me pareció un movimiento tan contrario a lo que uno estudia todo el rato, que es la afirmación latinoamericana, los problemas latinoamericanos. Eso lo encontré loquísimo, lo encontré un desfase mayor. También pensé que A lo lejos se trata de estar solo y de sufrir.
-¿Qué otros intereses lo rondan ahora?
Ahora me está interesando la forma del realismo mágico no latinoamericano, porque el asunto del realismo mágico es esa primera forma de novela moderna propiamente latinoamericana. La novela realista es una copia del modelo europeo, y la forma específica del realismo mágico, a medida que se inventaron Juan Rulfo y García Márquez, se exportó a otros países, como por ejemplo con Salman Rushdie en la India y su novela Los versos satánicos. Él es un escritor indio que se formó en Inglaterra, es un súper lector de García Márquez, le encantó y que empezó a escribir realismo mágico anglo indio.
Otro ejemplo es Mo Yan que escribe realismo mágico chino.
Estas son formas de inverosimilitud que se inventan en América Latina pero que se han esparcido por el mundo. También, hay una tradición de realismo mágico africano y eso me interesa y no sé muy bien por dónde me va a llevar.




