¡Caramba, Corina!

Este texto es parte de una serie de Mujeres Asesinas (en construcción). Si te interesa leer la primera parte, pincha aquí.

Seguimos por esta senda macabra, ahora más espectacularizados por nuevos crímenes monstruosos concebidos por las traicioneras entrañas femeninas. Que la resaca de cerveza, pisco y chicha no nos haga olvidar el alevoso crimen del profesor de computación de Valparaíso, y que las redes sociales sigan ardiendo con nuevas noticias del “bombón asesino” de Gualeguaychú, Argentina. Más leña para el fuego eterno del infierno, donde se queman las mujeres malas y se ampollan los incautos que bailaron felices la cueca de la Corina Rojas este fin de semana jolgorioso.

 

Vámonos a enero de 1916, y al crimen que inauguró la crónica roja femenina y el morbo del joven periodismo policial citadino. Por supuesto, no tenemos más información de la vida de nuestra asesina de hoy, Corina Rojas, que la que la prensa de la época quiso exponer, y que la retrató como un personaje definitivamente escandaloso: “Histérica aguda, tuvo, según los diarios, amantes desde niña”. Siendo adolescente se casó con David Díaz Muñoz, un agricultor de Coinco 35 años mayor, quien le ofreció una vida bucólica y cuatro hijos que no le fueron suficientes. Del campo se trasladaron al centro de Santiago, donde “uno tras otro desfilaron ante la ventana de la casa de Lord Cochrane 338 los amantes de Corina”. Fue descrita desde su supuesta “naturaleza ardiente e impulsiva, ávida de sensaciones fuertes y de goces intensos [que] la hacía mirar con horror la vida sin atractivos de Coinco”. Un útero en llamas, sin duda, y manipulador despiadado de quien sería, finalmente, su víctima.

 

Enamorada de un músico alemán, Jorge Sangts, Corina “enloqueció”. Sólo su elegancia y belleza la protegieron del desengaño del boliviano que se hacía pasar por europeo (su verdadero nombre era José Justino Gandarillas, registrado en Cochabamba), y fueron precisamente esas armas ―su fina estampa― las que la llevaron a concebir la apasionada idea de huir con su profesor de piano. Dispuesta a todo, consultó brujas populares para buscar el maleficio que diera muerte a su marido. Rosa Cisternas, médium, le dio un consejo más efectivo: el contacto de Alberto Duarte, el Saco e’ Luche, quien accedería al sicariato por un poco de dinero.

 

El asesinato de David Díaz aconteció el viernes 21 de enero, en el contexto de una fiesta que sirvió como coartada para los implicados. El Saco e’ Luche se escondió en sus aposentos, a la espera de la víctima. Dicen las malas lenguas que Duarte, a última hora, se arrepintió y que Corina lo convenció con un beso Iscariote. Aunque no podemos descartar que haya sido un invento de la prensa o de quienes hicieron publicaciones posteriores; las plumas y voces masculinas de ese entonces se regodearon contorneando con inquina los pormenores y los perfiles de quienes urdieron el crimen, con una alta cuota republicana de odio al pobre, a la mujer y al extranjero.

 

Para aportarle más injundia, la revista Corre Vuela comparó la cena en la casa de los Díaz Rojas como “un remedo exacto del brindis de Lucrecia de Borgia” (09/02/1916). Quienes recuerden el capítulo anterior, comprenderán el nexo que hay entre La Quintrala y Corina Rojas: la perversión femenina absoluta, que encuentra parangón en figuras concebidas hace siglos en el viejo continente.

 

La descripción que hace Aníbal Pinto, autor de El crimen de la calle Lord Cochrane, condensa de manera ejemplar las narraciones de ese verano de 1916. La caracterización que hace del Saco e’ Luche no puede ser más pintoresca, tanto por lo que dice como por lo que no: “es el tipo del roto chileno escéptico, holgazán, aventurero, a quien nada le importa nada, que, dado a la embriaguez y la vida suelta del populacho de las grandes ciudades, va descendiendo poco a poco hasta que cualquier día se ve envuelto en un hecho de sangre que lo lleva a la Cárcel”. Por otra parte, Rosa Cisternas, “la bruja” no es otra cosa que uno de los “productos miserables de la sociedad actual que, frutos de la superstición, el vicio y la ignorancia viven precisamente de eso mismo”. Vale decir que tanto Duarte como Cisternas, junto con Jorge Sangts y Corina Rojas, fueron procesados por este delito.
 
Por otro lado, se describe a Díaz Muñoz como un caballero de talante tranquilo, esposo cariñoso, alejado de escándalos. Esto último resulta contradictorio, pues las horas posteriores al crimen se señalaron por lo menos a dos personas que habían proferido amenazas de muerte en su contra: su cuñado de Coinco, Javier Lavi, y Valeriano Dinamarca, quien se encontraba preso en Temuco en ese momento. Pero, como dicen, no hay muerto malo.
 
Una vez descartada la participación de los hombres que asistieron a la cena, quienes fueron los primeros en ser interrogados, le tocó el turno a Corina. Prontamente fue conducida a la correccional de mujeres de la calle Lira para continuar con la investigación, que comenzó a tomar tintes oscuros a medida que llegaron antecedentes que la describían como una mujer ligera. Pronto, circularon acusaciones de supuesto adulterio, y testigos que la habían visto en calles y tranvías con un joven extranjero dirigiéndose al barrio de Providencia y Los Leones. Todo se oscureció con la aparición de cartas de amor entre la mujer y su profesor de piano, lo que motivó a que la policía interrogara a los implicados. En menos de una semana el cerco se cerró entorno a Corina.
 
De un crimen común a la espectacularización de un acontecimiento, sólo un escaño: la prensa. Los informes comenzaron el mismo día 22 con pequeñas notas que se repetían con el mismo titular día tras día. Más tarde fueron ampliándose a crónicas que incluían conversaciones de reporteros con cocheros, informantes de la policía y visitas al entorno de Rosa Cisternas (esa “traficante de la ignorancia popular y mujer infame” que suscitó gran morbo en los periodistas). Para cuando se publicó la confesión de Corina ante la policía, las páginas de El Mercurio de Santiago y el Diario Ilustrado ardían de un sensacionalismo triunfal, pues se situaban ellos mismos como agentes activos en la dilucidación del misterio.
 
Antes de terminar con el torbellino mediático (las apariciones cesaron en los periódicos el miércoles 9 de febrero), la prensa paulatinamente fue empatizando con la figura de “La Corina” (o “La Rojas”) en detrimento de la bruja, el gigoló y el sicario. A partir del 28 de enero, cuando se relata la confesión de la mujer en el careo frente a Sangts, tal como en un folletín, la mujer lujuriosa comienza a caer víctima de su pasión desbordada: “La Rojas dio a su amante una mirada de fuego y casi sollozando, como un signo de reproche para el hombre que no había sabido mantener el secreto contenido”. Luego, dirigiéndose al comisario: “yo le suplico un favor: ¡no condene a Sangts, que es inocente! Él no tiene culpa alguna”, consignó el Mercurio de Santiago. Ya para el sábado 29, los reporteros consiguieron hablar con Corina, que se encuentra en la correccional de mujeres ubicada en la calle Lira. Allí se define “una mujer digna, de espíritu profundamente cristiano” y tanto más, declarando no saber qué le sucedió al dejarse llevar por “esa bruja satánica” de la Cisternas.
 
Para el martes 1 de febrero, Sangts se incrimina y Rojas apoya esa versión. Según ésta desde hacía un tiempo que conversaban sobre desaparecer a Díaz, pues Sangts la había empujado a escoger entre él o su marido. El viernes de esa semana, el fiscal Clodomiro Soto pedía pena de muerte para Corina Rojas, presidio perpetuo para Duarte y 20 años de cárcel para Jorge Sangts y Rosa Cisternas.

Revista Corre Vuela, febrero 1916.

La mujer víctima de su irracionalidad: Corina se salva del fusilamiento
Revisando las declaraciones a la prensa de Corina Rojas, estas se iluminan con un nuevo foco con las palabras escritas por Josefina Ludmer, 71 años después. En su ensayo Las tretas del débil, Ludmer hizo una lectura crítica de la relación epistolar entre sor Juana Inés de la Cruz y Sor Filotea ―siendo la verdadera identidad de su remitente, el obispo de Puebla― que le permitió develar estrategias a las que recurre una mujer consciente de su lugar de subalternidad frente a las instituciones y la voz del otro. Ludmer distinguió tres elementos a los que echa mano sor Juana; saber, decir y no. En este juego, la pretendida ignorancia (“modestia afectada”) hace un doble juego de reconocimiento de la superioridad del otro, por una parte, y el uso del silencio como un espacio de resistencia al poder por otra.

 

En la nota del sábado 29 de enero de 1916 citada más arriba, Corina repite todo el tiempo: “no sé lo que me pasa”, “no sé cómo pude permitirlo”, “¿qué fue lo que me movió? No podría decírselos”. No sabe, no dice, no. Podría parecer apenas un recurso retórico, pero al parecer funcionó. A pesar del oscuro panorama para Corina Rojas, esta no pasó a la historia como la primera mujer ejecutada en Chile: fue indultada por el presidente Juan Luis Sanfuentes en 1918. La misma prensa, que aleonó a la opinión pública contra la mujer, luego buscó aplacar el veneno victimizando a Corina Rojas presa de sus propias pasiones (y culpando, de paso, a su mamá):
¿Hay razón para tanta crueldad? Es verdad que Corina fue un poco liviana de cascos; que se casó sin amor y que el amor se le despertó después, mediante las sugestiones de un Don Juan verboso como una cotorra y enamorado como un gato; pero ¿cuántas veces no ocurre lo mismo por culpa de este afán de las mamás de casar a sus hijas con un viejo rico, olvidando que el corazón es un tirano que no respeta edad ni condición?

 

Corina es mujer y mujer enamorada, doble motivo para no ejecutar en ella la pena capital. Hay que ser benévolos con los crímenes del amor.

 

(…)Las señoras de todo el país sienten en cambio compasión por la pobre mujer que sufre ya la horrible pena de haber visto en un instante desvanecidos sus sueños de amor y de ventura, de riqueza y de viajes y se encuentra de repente asesina alevosa, encarnecida por todos, encerrada en un calabozo y para toda la vida; y si no, fusilada en el patio de la Penitenciaría (Revista Corre Vuela, 9 de febrero de 1916) 1
Desde la correccional de Lira, la misma Corina no sabía responder por su propio arbitrio: “No me doy cuenta del estado de mi espíritu. Tal vez fui muy ambiciosa y amé demasiado”.

 

Tal vez fue por esos días en que la cueca de la Corina Rojas comenzó a correr en los círculos chinganeros; eran épocas en que los iletrados movían las noticias a través de décimas y coplas. De principio a fin, el texto de la cueca se define contrario a la sentencia de la mujer, sin especificar ninguna razón además de que es “una dama” (o sea, su sexo): “caramba no puede ser / que fusilen en Chile / ¡caramba a una mujer!”. Vale anotar que ese extracto aparece en clímax del zapateo, cual afirmación de ética sexista respecto a la justicia.

Tema de Los Chileneros titulado “La Corina” que aparece en el disco La cueca centrina (1967).

La prensa sensacionalista, expectante de la traición de Jorge Sangts en el careo con la policía, termina empatizando con la desdichada enamorada. Según el Diario Ilustrado, Sangts tenía una peligrosa doble personalidad que engatusaba a las mujeres:
A pesar de todo, en el proceso como un seductor de oficio que anda buscando viudas y mujeres casadas para quitarles el dinero y vivir a costa de ellas; aparece como individuo ruin, falso, cobarde, que, una vez tomado preso, arrastrase como un reptil, falta a sus compromisos, trama, miente, traiciona a sus cómplices y pierde a la mujer que se hizo criminal y pasó por todo para agradarlo.
Volviendo a Ludmer: al finalizar su ensayo, resuelve el rescate que hace Sor Juana del espacio cotidiano y privado femenino para hacer filosofía y ciencia, desde una zona despreciada por la cultura dominante. Si bien en este punto nos tenemos que alejar de la discusión erudita entre Filotea y Juana, la síntesis de las observaciones que hace Ludmer arrojan luz a la treta de la débil Corina: una vez que se ve descubierta, procesada y amenazada de muerte por la justicia, la prensa y la opinión pública de la época (fuertemente masculina), nuestra asesina trasluce la razón de su crimen por el descriterio de la pasión desbocada. Y los medios acusan el golpe: evidencian la existencia de una zona oscura, impenetrable, que son los pensamientos y lógicas que se albergan en el oculto mundo femenino.
La mujer y el crimen a principios del siglo XX
Un año después del crimen de la calle Lord Cochrane, la revista Corre Vuela publicó una editorial titulada “El sexo débil?”, firmada por Helmes (con fecha 07/03/1917). Recordaba el caso de Corina Rojas (a la que muda su nombre por el de “cierta desgraciada”) y le sumaba el de Aída en Valparaíso, de condiciones similares. Helmes se evidencia shockeado, pues constata que “hay manos de mujeres que no sólo se hicieron para acariciar al hombre y hacerle olvidar sus amarguras, sino para pagar asesinos, para blandir el puñal y para ahogar entre sus dedos histéricos al antiguo objeto de sus amores”. El asombro ante los hechos le genera a Helmes una cierta lucidez, que podríamos catalogar de progresista para 1917:
Hasta qué punto es admisible la general opinión de que la mujer pertenece al sexo débil? Dónde se encuentra esa pretendida debilidad?

 

La mujer juega con el hombre, lo engaña cuando quiere, lo domina a su capricho, y cuando en ella se despiertan instintos sanguinarios, sobrepuja en crueldad y en valor a muchos hombres. Es por tanto discutible esa debilidad del sexo y en casos como el que aquí acabo de relatar [Aída en Valparaíso], perfectamente exacto y auténtico, no puede ponerse en duda que hay también en la mujer abismos de rudeza y energía, que cuesta a veces suponer aún en criminales empedernidos y desalmados.
Si bien Helmes termina su texto reivindicando su esperanza en la ternura y amor constituyentes del sexo femenino, sintetiza para los lectores de la revista popular de ZigZag una lección que apenas comienza a decantar en la joven sociedad industrial chilena: “tanto por hechos como el aquí relatado, como por ese heroísmo de la mujer para sufrir el dolor y aceptar en muchos casos el sacrificio, debiera eliminársele a su sexo el calificativo de débil, que no es el que más le cuadra”.

 

Sin embargo, Helmes se alarmaba por casos que eran muy marginales. Carla Rivera, en su artículo “Mujeres Malas” para la revista de historia de la USACH, sintetiza las estadísticas de criminalidad diferenciadas por género de principios del siglo pasado: en las primeras tres décadas, los arrestos de mujeres representaron el 3% del total de la población encarcelada. Los delitos reiterados y comunes de la población femenina tenían relación con el hurto, estafas, injurias, lesiones y adulterios. Los delitos con sangre (homicidio e infanticidio) además de aborto y corrupción de menores, se hallaban en una proporción menor.

 

Así como hoy es la ley 20.000 la encargada de criminalizar las estrategias de supervivencia de mujeres pobres, según el estudio de Rivera a principios del siglo pasado el hurto era el delito femenino por excelencia, y se fue especializando en la medida que el consumo fue apropiándose del espacio urbano: lo que era primero una práctica puertas adentro (figurando las empleadas de servicio doméstico), luego fue al interior de tiendas comerciales. Los delitos que siguen en número, tenían como escenario los espacios restringidos de los conventillos o los lugares de juerga, donde las peleas de mujeres iban desde los golpes (lesiones) hasta las habladurías y calumnias. En este sentido, la delincuencia femenina se ubicaba en una esfera trivial, prácticamente risible e irrelevante.

 

Así y todo, cuando se daba lugar a un crimen “mayor”, la prensa lo espectacularizaba en sus páginas, a pesar de que fueran númericamente muy inferiores: Rivera cuantifica 20 mujeres apresadas en 1920 por el delito de aborto y 138 por abandono de hogar (paradójicamente, por esta última infracción, sólo 20 hombres fueron juzgados). En 15 años (entre 1915 y 1930), de 200 crímenes perpetrados por mujeres, más del 90% corresponden a delitos contra terceras personas movilizados sobre todo por bigamia y adulterio. Todos ubicados en la esfera de la visceralidad femenina incapaz de controlar las pasiones que dominan su cuerpo, y que terminan por materializarse como una afrenta a la subordinación patriarcal, y a la construcción de la tierna y amorosa mujer “normal” que le pertenece (en cuerpo, alma, pensamiento y deseo) a un solo hombre. La mujer que desafía esta estructura, contiene en sí el germen de la potencial criminal. Este mal ejemplo, aunque represente en términos numéricos un hecho marginal, simbólicamente es mucho más peligroso que la extendida delincuencia masculina, cuya violencia no pone en peligro la estructura valórica en la que se sostiene la sociedad capitalista industrial. La crónica roja femenina, en este sentido, tiene un rol importantísimo en el adoctrinamiento de una sociedad funcional, donde las mujeres son buenas, no engañan a sus maridos, no abortan a la mano de obra, y no salen de sus casas. La que se sale de la norma, se gana el titular en la crónica roja y un espacio en la memoria popular por décadas.
El primer largometraje chileno: censurado y perdido para siempre
Ni fue la primera mujer en ser fusilada, ni su historia se consagró en la filmografía chilena. La memoria de Corina Rojas resistió sólo en la cueca urbana, de las bravas que resistieron el imperialismo cultural en ciertos bastiones de la calle San Pablo, Yungay y Barrancas. Huelga rescatar un dato no menor: el crimen de la calle Lord Cochrane se filmó y exhibió como el primer largometraje chileno. Sin embargo, La baraja de la muerte (1916) fue censurada y hecha desaparecer.
 
Rastreando las figuras de las femme fatales en el cine, al parecer los pioneros fueron los daneses en las primeras décadas del siglo XX, cuando concibieron la figura de la vamp, mujer fría y seductora, cuya existencia provocaba desenlaces fatídicos. Poco después la versión ardiente y apasionada de las vampiresas latinas tendrían la firma del cine italiano. Según esta genealogía, no resultaría casual entonces que el primer filme argumental del cine chileno haya surgido de la cabeza de Salvador Giambastiani, italiano entusiasmado con el crimen de Corina Rojas. Con esta producción, Giambastiani se habría adelantado varias décadas a lo que hizo el cine negro hollywoodense de la postguerra, en que parte importante de su catálogo lo dedicó a mujeres perversas, dispuestas a todo (incluso al asesinato) para obtener sus objetos de ambición. Estas femmes poseen lo peor de la feminidad, utilizando sus atributos para traicionar y aniquilar, como lo hizo Eva con el primogénito del Creador. Pero además, detentan cualidades asociadas a lo masculino; la ambición, el cálculo frío, la libertad, el riesgo, el materialismo, el egoísmo… lo cual las hace peligrosas.
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La portada es un collage elaborado a partir de una ilustración aparecida en revista Sábado en agosto de 2016.

Notas:

  1. Esta cita fue obtenida del artículo “Mujeres malas. La representación del delito femenino en la prensa de principios de siglo XX”, por Carla Rivera Aravena, para la Revista de Historia Social y de las Mentalidades de la USACH.
Daniela Machtig
danimacht@gmail.com