Tres poetas mexicanas

CECILIA JUÁREZ (Toluca, 1980)
 
Hay heridas que no termino de comerme
 
heridas como lámparas gigantes
heridas como un tropel de elefantes marinos
heridas como espinas infinitas que vomitan a otras espinas
heridas que viven en el cuerpo y no se encuentran
heridas como aguates
heridas como los maremotos
heridas          
como las casas fantásticas llenas de fantasmas
heridas
que son tardes en las que el sol es un escualo frío
heridas antiguas como las líneas de la mano
heridas como los tajos que dividen los países
yo qué sé cómo están confeccionadas las banderas
yo qué sé acerca de lo bueno y de lo malo
mi humo llena los ojos de la criatura que soy
mi nombre es un lánguido relámpago
viví en los goznes del libro de la creación
en su conjunto de venablos fui pastor y
acudí al llamado de la flauta dulce
me lanzaron entre las llamas del agua a este mundo
Todo un destino glorioso y vivaz
será dado a quien me ame.
Pero no aún.
Hay heridas que no termino de comerme.
 
 
¿Los bonobos se preguntan si son iguales a otros bonobos?
 
Si se lo preguntan, ¿para qué se lo preguntan?
¿Qué es la redonda espesura de las rodillas temblando?
Eres algo, soy algo, habrá valido la pena encontrarnos,
hacernos desayuno calor hacernos nuevos.
La normalidad es la tabula rasa de las cocineras del mundo.
La normalidad es un hacha que empareja las ramas de los árboles siempre por la mala.
La normalidad es mi chicle
mi cuchillito de palo
es mi apéndice podrido
mi horca y mi satélite.
Esperas averiguar qué es lo que traigo entre manos.
Ten: es mi desesperación, lo más honesto que tengo para darte.
 
 
Cómo se verá mi cuerpo estallando contra el suelo
 
¿Cómo será el olvido de las aves?
¿Cómo se extienden las ramas de la lengua persa?
¿Qué ciudad hemos de tomar en nuestros sueños,
qué costa fatal y burbujeante?
¿Vamos a quedar tendidas como cuerpos en la guerra?
¿Vendrá hasta nosotras la mirra, vendrá la bergamota?
¿Cómo será partirse por la mitad en el silencio?
¿Qué tipo de ruido haremos al despedazarnos?
¿Algo parecido al crust, al punk, al death metal?
¿Será como romper el cascarón para ser ave?
¿Cómo sonará mi cuerpo estallando contra el suelo?
 
 
DRAUPADÍ DE MORA (Ciudad de México, 1984)
 
Poesía comprometida
 
de niña escribía
para mi madre para las tías
a mi hermana nunca le escribí nada
a papá tampoco
escribía a prisa entre el claxon y el café
sobre perros
tortugas muertas
cumpleaños de abuelas
¿se acordarían las viejas de esas
hojas con las letras voladas
a punto para la huida?
un día murió la más gorda de las perras
la más perra gris de todas
ese poema   al fin   nos incluía a todos 
deseaba que estuviésemos muertos
como ella
fue la única vez que escribí
poesía comprometida
 
 
Los amantes
 
no tienen los amantes posibilidad de escapar
no pueden los amantes recordar
el tiempo antes de ser amantes
no intentan los amantes resistirse a la fatalidad
de ser amantes
no desean sino lo innombrable
no hay para los amantes
irrevocable imborrable
no temen
no miran    
no vuelven     los amantes
no conocen
la hora ni el plazo ni la amenaza del día
no despiertan los amantes
no respiran
no son
los amantes
amantes de la vida
 
 
Fragmentos de obeliscos
 
un obelisco robado
la letra que apuntala el cielo
una letra dolorosa
también
muchas veces macha
violenta letra
entra y raja
duele el obelisco
duele su memoria rata
 
seguimos adelante
haciendo del tiempo un trago irrecuperable
pero me acuerdo
no te recupero ni te instalo en la punta
algunas veces duermo
bebo ron
y despierto con la cabeza gacha
en el sueño no toco la tierra
ni el vino sabe a vino
las manifestaciones se alejan
aparecen árboles enormes
le prendemos fuego al cuerpo de un muerto
los humanos se pierden como pedruscos
en algo parecido a un paisaje
entre la oreja y la almohada
 
hablamos con un grano frío
al ritmo del calor estival
las piernas ahora arqueadas
dejan de sostenernos
por los ojos pasan sonidos curvos
cuelga la carne libre bajo el brazo
poco justiciero
la poesía se hace mínima
su plaza
no exige tu presencia
pero igual vas
a tomar cocteles imaginarios
como todo lo tuyo
 
nada
como no tener nada
en la plaza rebusco monedas en los bolsillos
encuentro pelusa azul y blanca
cada cierto tiempo
erigen un obelisco
nadie sabe cómo los ponen de pie
nada
como no saber nada
borrar la marca de tu hombro
borrar la inscripción en piedra
ausentarnos de los obeliscos
donde no nos llama la noche
ni ese tiempo sin nombre
en lo más sordo del pie.
las luces pasan a la velocidad de las luces
pero mi ojo
se queda enganchado al asfalto
 
 
CLAUDIA SÁNCHEZ CADENA (Cuernavaca, 1985)
 
Ciudad de cal
 
Canta una ciudad de cal
incendiada entre flores blancas,
rosas y margaritas desnudas,
un rumor de aire enrarecido
se cuela entre nuestros pulmones.
 
Esta ciudad desconoce el color,
no es roja,
colibrí roto a mitad de la acera;
no es azul,
espora que flota entre la neblina.
 
Canta el luto blanco por las voces ultrajadas,
voces como péndulos en puentes y ciudades que ya no son ciudades,
perdidas en el blanco grisáceo del aire;
esta ciudad necesita cal para la peste de tantos muertos,
por eso se ha vuelto blanca,
vacía de todo esplendor,
mísera blancura que flota en el viento,
rumor de aire enrarecido que llena nuestros pulmones. 
 
 
Jazmín
Era el tiempo en que Dios estrenaba los verbos
y hacía, como jugando,
figurillas de barro con las manos.
Rosario Castellanos
 
Te imagino en casa, con el pan, el café,
con los gatos ronroneando en tu regazo,
con el aire aullando en tus ventanas,
tú, detrás de puertas que se azotan,
cosiendo telas y palabras bajo una lluvia de mayo,
como esas que se llevan todo de a poquito,
con ese sosiego que sólo tú conoces;
y estás cada día ante tu sombra sola,
y yo me quedo sin tu risa de octubre y tus flores de muerto,
 
porque cuando miré tus ojos
supe que te gustaban las flores de pericón,
tanto como a mí,
porque anuncian la llegada del otoño,
 
las quemazones en el campo y el Día de Muertos,
tú también naciste en otoño,
junto con los difuntos que se van,
te desprendiste de la falda de maíz de la tierra
y llegaste al mundo, 
y ahora nos quedaremos sin tu casa en lo alto de un edificio
que creías compartir con fantasmas;
de pronto en tu ausencia
tus palabras son vaticinio de días pesados:
“hacía falta la sombra,
han sido días muy calurosos,
de esos que te exprimen el agua”.
 
Te conjuro hablando a solas,
porque él, Francisco, se tiene que ir en un autobús,
como cada día, de madrugada,
a recorrer carreteras que tanto añoras,
y te quedas con la mañana en los párpados,
con el sueño pesado.
 
Amaneces con un canto de mirlos nublados,
con olor a llovizna,
con los ojos llenos de tierra
porque toda tú estás hecha de tierra,
te repartes un poco en cada sitio
al dejar tus pedazos, 
mujer de arena que se deshace
en la oscuridad de un lago profundo
y renace en la contemplación de la tarde.
 
Ahora es julio, o lo imagino,
y la lluvia se avecina,
todo se convierte en algo más húmedo
y las plantas nos devoran.
 
 
Cytotec
 
El último sonido en la pantalla
 
se fue hace mucho tiempo.
 
Una pastilla redonda y blanca sobre mi lengua:
 
“Es algo de cinco minutos”, dijo el doctor.
 
Cinco camas
 
cinco mujeres
           
cinco gritos
 
No estuviste ahí para guardar mi aliento.
 
Un coágulo sobre el sucio azulejo;
 
un círculo me quemaba la boca,
 
dolor y temblor en uñas y dientes.  
 
Hay otras formas de conocer el paraíso.
 
Seis semanas fueron suficientes
 
para que te soltaras de mí.
Martín Cinzano
martincinzano@mail.com